Justo al revés de lo que nos cuentan 

18 Jul 2014
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Fernando Luengo
Miembro del Círculo 3E de Podemos y de la asociación econoNuestra. Profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid 

Uno de los axiomas más celebrados y aireados de la economía convencional: el crecimiento de los salarios o su mantenimiento en un nivel elevado erosiona las capacidades de crecimiento de las economías, pues repercute negativamente sobre los beneficios de las empresas. La contracción o el insuficiente aumento de los márgenes empresariales debilitan la tasa de inversión, lo que incide negativamente sobre la productividad, todo lo cual se traduce finalmente en menos empleo y salarios más bajos (esta es la secuencia que refleja el diagrama).

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No nos lo creamos. Las políticas económicas aplicadas contra viento y marea por la troika y los gobiernos comunitarios, desde la implosión financiera y sobre todo en los últimos años, han partido de este diagnóstico, que también ha servido para justificar la estrategia de devaluación salarial para ganar competitividad en el mercado internacional.

Valen para un roto y un descosido; eran buenas en los tiempos de crisis, para recuperar la senda de crecimiento y reducir los niveles de desempleo, y lo son ahora, para consolidar la (supuesta) recuperación económica. Esto es lo que ocurre con los principios religiosos, cuando algunos principios económicos adquieren el estatus de dogma de fe: no envejecen, son atemporales, sobre todo cuando las referidas políticas resultan tan lucrativas para los poderosos.

No me detendré en presentar la abundante información cuantitativa y cualitativa que pone de manifiesto el estrepitoso fracaso de estas políticas; para la inmensa mayoría, no así para las élites. Sí, he dicho bien, “estrepitoso”, a pesar de que asome en el horizonte un incipiente crecimiento del Producto Interior Bruto. Tras esta fachada, se oculta -para quien no la quiera ver y para quien no tiene otra ocupación que disfrazar y manipular los datos, para quienes viven en el complaciente mundo de la propaganda y la retórica- una economía debilitada y una sociedad fracturada.

Volviendo al diagrama anterior, quiero enfatizar que, frente a la lógica de la corriente dominante en la economía, tan querida por el poder, presentada como evidente e irrefutable, cabe oponer otra lógica que da la vuelta al argumentario dominante (ver el siguiente diagrama).

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Esta otra lógica, cuestiona desde la raíz la dominante. Ha sido el punto de partida de la reflexión propuesta por aquellos economistas (no son pocos, ni recién llegados a la profesión) que intentan introducir más complejidad a los tradicionales (y conservadores) enfoques de oferta, los cuales no contemplan otra política que la del ajuste salarial permanente, ¡qué obsesión, cuánto fanatismo e ideología!

Estos economistas ponen en el centro de la reflexión y también de la actuación de los gobiernos y de los actores sociales la decencia y la democracia aplicada al ámbito de las relaciones laborales. Los salarios dignos, la negociación colectiva y el ejercicio de los derechos sindicales y ciudadanos dentro de las empresas son la clave –junto a la inversión y una gestión empresarial competente- para que aumente la productividad de las empresas. Este es el camino para movilizar y dinamizar los recursos disponibles y para que se utilicen de manera eficaz. Nada que ver, por supuesto, con la imparable degradación de las condiciones laborales, con el retroceso de los salarios, con la intensificación de los ritmos de trabajo, con el alargamiento de la jornada laboral, con la permanente “espada de Damocles” sobre los trabajadores para que acepten lo inaceptable, lo indecente; y tampoco tiene nada que ver con la gestión autoritaria –y, a menudo, poco profesional- de las empresas.

Finalmente, quiero insistir que uno de los nudos gordianos de la lógica dominante consiste en presuponer una conexión automática entre beneficios e inversión, como si aquéllos se materializasen, de manera inexorable, en una mejora de las capacidades productivas. Nada más lejos de la realidad. Existe una amplia evidencia sobre la desconexión, antes y también durante la crisis, entre las respectivas tasas de beneficio y de acumulación (lo que los economistas denominamos formación bruta de capital fijo). Algunos ejemplos de esta desconexión: beneficios que se mantienen líquidos a la espera de rentables oportunidades de inversión (no necesariamente productivas), inversiones en actividades financieras o beneficios que se destinan a pagar dividendos a los accionistas y a retribuir a los equipos directivos. Asunto importante, pues esta desconexión es uno de los factores que explican la crisis y se mantiene como una de las amenazas más importantes para un adecuado funcionamiento de la actividad económica.


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