Los pilares podridos del ‘orden’ mundial  

08 Ago 2014
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José Antonio Nieto Solís
Profesor titular de Economía Aplicada en la UCM, miembro de econoNuestra 

Hace años, cuando estudiaba economía, me decían que el orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial se basaba en el buen funcionamiento del sistema de las Naciones Unidas, con el Consejo de Seguridad de la ONU a la cabeza, y en el papel específico atribuido al Fondo Monetario Internacional (FMI) y al grupo del Banco Mundial (BM). Ya entonces buena parte de los profesores que tuve, y de los autores que leía, se mostraban críticos o muy críticos con esa visión de orden mundial. Y el tiempo, lamentablemente, se obstina en darles la razón. Con la diferencia de que con el paso del tiempo los pilares del orden mundial están cada vez más podridos. Y con la diferencia también de que el ámbito internacional (o globalización) ejerce cada vez más presión sobre nuestra forma de vida, hasta el punto de que podemos intentar cambiar nuestra cotidianeidad política, pero el esfuerzo corre un riesgo muy serio de convertirse en inútil si el orden internacional vigente continúa siendo el mismo.

A todas horas —también en el verano pretendidamente apacible del hemisferio norte— sucede algo que invita a reflexionar muy seriamente sobre la necesidad de reformar en profundidad el sistema de la Naciones Unidas, sin descartar si fuera posible (aunque no sea fácil) su sustitución por otro sistema menos desordenado, asimétrico e injusto que el actual. ¿Hasta qué punto es útil el sistema de la ONU si no puede ayudar a poner fin al genocidio en Palestina? ¿Qué sentido tiene que cinco superpotencias mundiales tengan derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, salvo autosatisfacer sus privilegios y mantener un orden mundial en el que los Estados Unidos siguen imponiendo su hegemonía monetaria, política y mediática?

¿Por qué los fondos buitre están llevando a Argentina, una vez más, a una situación aparente de suspensión de pagos, técnicamente calificable como tal por la ortodoxia financiera, aunque en sentido estricto no se corresponda con una clásica situación de impago de la deuda exterior? ¿Por qué el FMI y el BM no toman cartas en el tema de la redefinición y gestión de la deuda exterior, cumpliendo realmente sus respectivas misiones de centrarse en ayudar a los países con problemas de liquidez internacional y en canalizar recursos para proyectos de desarrollo económico y social? ¿Cómo se puede hablar de orden internacional para referirse a un sistema donde prevalecen los intereses privados de los fondos de inversión sobre los intereses colectivos de millones de personas que han de supeditar su forma de vida a los mecanismos fijados para gestionar y reproducir ad infinitum la deuda exterior de los países?

¿Por qué permitimos que la deuda privada se convierta en deuda pública, y ésta a su vez sirva de pretexto para recortar las políticas sociales, alegando que la austeridad mal entendida es necesaria para reducir el déficit público y recuperar una supuesta senda de crecimiento, que aunque no permita crear empleo digno, ni mejorar la distribución de la riqueza, sirva al menos para recuperar las tasas de acumulación de algunos sectores (precisamente los sectores más privilegiados, con las finanzas a la cabeza)? ¿Sucederá algo parecido en España si los fondos buitre se ceban con la deuda exterior, aunque nuestro Gobierno haya sido un alumno ejemplar en la aplicación de los programas de ajuste que dicta la ortodoxia? ¿Acabaremos aún más empobrecidos por la presión exterior, como si la corrupción interna no fuera ya suficiente? ¿Crecerá el número de países víctimas de unos modelos de crecimiento desigual, insostenibles y supeditados al capital financiero-global, incluso en sus formas intrínsecas de organización política pretendidamente democráticas?

El siglo XXI nació con inequívocos síntomas de desorden mundial: guerras locales impunemente consentidas, hegemonía creciente del capital financiero, y descuido interesado de los problemas del desarrollo económico y social en la mayoría de los países, desarrollados o no. El posliberalismo reinante está contribuyendo a debilitar el margen de actuación de los estados nacionales, sin ayudar a construir paralelamente un sistema de relaciones internacionales que facilite la estabilidad, la eficacia y la equidad en el mundo. Incluso las islas de bienestar, como la Unión Europea, se están hundiendo ante el aumento del nivel de las aguas de la desigualdad y la injusticia en el mundo. ¿Podemos afrontar cambios económicos, sociales y políticos en el ámbito local, olvidando el entorno internacional? ¿Podemos seguir ignorando este modelo de globalización en el que parece que sobramos la mayoría de las personas, porque el bienestar de los seres humanos ya no merece ser un objetivo fundamental ni de las Naciones Unidas, ni de casi nadie, salvo en la retórica de las declaraciones programáticas?

Es difícil imaginarlo, pero ¿hay movimientos sociales capaces de liderar propuestas encaminadas a sentar las bases de un orden internacional distinto? ¿O sería preferible dejar que las termitas del capitalismo en su versión financiera-global carcoman por completo los pilares del actual orden mundial, aunque el hipotético derrumbe ponga en peligro nuestro propio entorno físico, además de los sistemas económicos, la democracia formal y la ansiada pero frustrada felicidad de las personas en tantos lugares del mundo?


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