Ahora son BRICS, antes eran NPI

18 Ago 2014
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José Antonio Nieto
Profesor titular de Economía en la Universidad Complutense de Madrid, miembro de econoNuestra  

Como las modas, los acrónimos son propensos a cambiar su forma, sus modalidades de uso e incluso su propio contenido conceptual. Por ejemplo, hace años se hablaba de los Nuevos Países Industriales (NPI). Pero esas siglas dejaron de utilizarse. El mundo desarrollado se hundió en la desindustrialización acelerada y las actividades de servicios pasaron a ocupar un lugar primordial en la economía, tanto en Occidente como en los “nuevos países industriales” de Extremo Oriente. Los NPI dejaron de ser nuevos y se ganaron un sitio en la reducida lista de países desarrollados.

En los años 70 y 80 los NPI más pujantes eran Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur. Su crecimiento fue espectacular. Se convirtieron en potencias exportadoras y sus niveles de vida mejoraron paulatinamente, hasta el punto de que ese progreso llegó también a sus sectores educativos y científicos. Su éxito no se basó solo en el reducido nivel inicial de sus salarios, sino en la adecuada aplicación de avances tecnológicos y en la existencia de políticas estatales estratégicamente orientadas a impulsar los sectores clave de la economía. Sobre este último aspecto (el papel del Sector Público en los procesos de industrialización, incluidos los NPI asiáticos) la evidencia empírica es tan extensa como poco mencionada por la ortodoxia. Pero lo cierto es que los NPI contaron con Estados sólidamente implantado, y, a golpe de regulación legislativa, aunque sin renunciar al liberalismo comercial, sentaron las bases de unos sistemas productivos cada vez más basados en aprovechar el cambio técnico y cada vez menos dependientes de los bajos niveles salariales. Demostraron, en contra de lo que ahora sostienen los gobiernos la Europa periférica, que las ganancias de competitividad no pueden limitarse a reducir los costes laborales, entre otras razones porque siempre hay y habrá países con salarios más bajos.

Los cuatro dragones asiáticos son hoy países o territorios de alto nivel de desarrollo. Tras ellos hay varias listas de nuevos países industrializados, también llamados a veces potencias emergentes (o BRICS). Y eso, pese a que no es nada fácil dar el salto desde país subdesarrollado a desarrollado. En ocasiones ese salto lleva décadas, como sucedió en España y Portugal. Otras veces los procesos de desarrollo alternan avances y retrocesos, sin que se sepa muy bien qué tendencia predominará en cada momento (véase, por ejemplo, lo ocurrido en ciertos periodos en México, Brasil, Argentina y otras naciones latinoamericanas, en especial si se analizan indicadores sociales y no solo macroeconómicos). Incluso, algunos países pueden “no levantar cabeza” o “ir para atrás como los cangrejos”. Al menos eso es lo que se deduce cuando además de las variables clásicas contenidas en el PIB tomamos en consideración la distribución de la renta, la pobreza, el bienestar, la sostenibilidad, la igualdad o la solidez de sus instituciones.

Esas mediciones ni son fáciles ni son siempre fiables. Hasta hace algunas décadas el vínculo entre desarrollo e industrialización parecía nítido. Ahora hay países con niveles oficiales de desarrollo muy elevados, como algunas naciones árabes o algunos paraísos fiscales, aunque no hayan transitado los caminos clásicos de la industrialización e incluso presenten índices muy bajos de desarrollo humano. Y al contrario: hay muchos territorios antes industriales y ahora empobrecidos. Todo ello forma parte de los “misterios y contradicciones” de las estadísticas oficiales, achacables obviamente al insuficiente conocimiento y caracterización de los propios fenómenos que se intentan medir (o valorar, porque no todo es perfectamente cuantificable ni susceptible de compararse con patrones siempre fieles a la ortodoxia).

En cualquier caso, la mayoría de los habitantes del Planeta se enfrentan a enormes dificultades para subsistir. Y el número de los que viven en condiciones de extrema pobreza sigue creciendo, al tiempo que aumenta la riqueza de una minoría cada vez más rica y minoritaria (quizá menos del 1% de la población mundial). La brecha de la desigualdad se ensancha en términos planetarios y dentro de la mayoría de las naciones. Pero, ¿qué sucede en los países que intentan avanzar hacia mayores niveles de desarrollo? ¿Cómo evolucionan en esos casos la riqueza y la distribución de la renta en el corto y largo plazo? ¿El crecimiento económico acelerado reduce la pobreza absoluta, o aumenta las desigualdades relativas (como sería lógico pensar desde la lógica del crecimiento capitalista desigual)?

Aunque los países que escapan del subdesarrollo siguen siendo una minoría, ¿presentan hoy día pautas de comportamiento distintas a las que han sido más habituales hasta ahora? Si nos centramos en el año 2014 podemos hablar de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (los BRICS), como líderes de una nueva oleada de naciones que avanzan hacia el desarrollo, aunque en condiciones ciertamente diversas. Por ello, ¿podemos generalizar cuando hablamos de esos países, que juntos reúnen al 40% de la población del Planeta y son el origen de una cuarta parte del PIB mundial? Está claro que tienen rasgos comunes, como su elevado crecimiento y sus marcadas desigualdades sociales. Pero las diferencias entre ellos son evidentes.

Finalmente, en materia de relaciones exteriores los BRICS esgrimen otra característica común: parece que están echándole un “pulso” al orden internacional vigente, no solo porque reclaman más protagonismo mundial, sino porque han propuesto la creación de nuevas instituciones multilaterales que podrían suplir parcialmente a las que ya existen bajo el mandato de la ONU. Aunque más bien da la sensación de que ese pulso solo busca cambiar algunos aspectos del orden global, sin modificar sus pilares fundamentales: unos pilares que en sus dimensiones militar, política, monetaria, comercial, cultural y mediática siguen manteniendo en la cúspide imperial del sistema internacional a los Estados Unidos de Norteamérica.

De modo que el debate (más mediático que real) sobre el papel de los BRICS parece apoyarse en dos realidades completamente distintas. Por una parte, en el hecho de que los BRICS se están afianzando como súper potencias “naturales” en sus respectivas áreas de influencia. Por la otra, en la constatación de que el actual orden mundial goza de una estabilidad apenas cuestionada, pese a las más que notables deficiencias que presenta. Quizá la conjunción de esas dos realidades es lo que lleva a numerosos especialistas a preguntarse si los BRICS son una “alternativa” al actual orden internacional, algo que resulta casi obligado si se tienen en cuenta los acuerdos de cooperación en materia financiera y de desarrollo económico suscritos por los gobiernos de esas cinco naciones, el pasado mes de julio en Brasil.

Sin ánimo de zanjar cuestiones de tanta amplitud y complejidad, puede ser útil empezar a avanzar desde tres perspectivas analíticas complementarias. La primera, centrada en las relaciones internacionales. La segunda, relativa al tipo de crecimiento económico de los BRICS. La tercera, relacionada con el papel del Estado y de sus políticas en el desarrollo socioeconómico.

Primera: ¿Qué papel pueden desempeñar los nuevos organismos internacionales propuestos por los BRICS con la idea de suplir, al menos parcialmente, al FMI y al Banco Mundial? Quizá algún día esas nuevas instituciones funcionen mejor que los actuales organismos internacionales. Pero, a priori, todo parece indicar que las propuestas de los BRICS consisten más bien en un simple cambio de piezas (un “quítate tú, para ponerme yo”). Más aún si tenemos en cuenta que China y Rusia ya tienen un papel protagonista en el actual orden mundial (como miembros con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU), y que esos dos países, junto con India, son potencias nucleares, lo que no debe perderse de vista en un mundo en el que las guerras no cesan, sino que se autoalimentan y extienden (aunque revista la forma de contiendas locales).

Por lo tanto, habrá que mirar con lupa el contenido de las propuestas de los BRICS para intentar apreciar si realmente pueden suponer algún cambio sustantivo en el orden internacional, más allá de satisfacer su lógica pretensión de ganar más peso en el sistema económico y político mundial.

Segunda: ¿Qué modelos de crecimiento y de desarrollo económico y social siguen los BRICS? ¿Respetan el medio ambiente (no pensemos solo en China)? ¿Favorecen la igualdad y luchan contra la discriminación (no pensemos solo en Rusia)? ¿Ha mejorado la situación de los trabajadores (no pensemos solo en la India) o de las mujeres (en tanto lugares del mundo)? ¿Luchan los gobiernos de esos países por unas relaciones comerciales y financieras más equitativas? ¿Se han registrado progresos en materia de fiscalidad, distribución de la renta y bienestar en todos esos territorios?

Hay más preguntas que pueden plantearse, pero ninguna de las respuestas posibles permite vislumbrar que estas nuevas potencias emergentes (antes NPI, ahora BRICS) estén en condiciones de ofrecer alternativas dignas a sus ciudadanos, o a los de otras naciones dispuestas a seguir su “ejemplo”. Además, ¿de qué ejemplo estamos hablando cuando se alude a los BRICS? ¿De China y su apertura económica selectiva (sin apertura política), con una población entregada al trabajo y un modelo mundial poscolonial? ¿De Rusia y su rol de superpotencia (le guste o no a la OTAN)? ¿O es preferible buscar otras siglas capaces de aglutinar objetivos realmente transformadores de la realidad que no rodea? De una realidad susceptible de ser analizada desde el punto de vista del desarrollo económico y social, pero también desde la perspectiva del funcionamiento del sistema de relaciones internacionales.

Tercera: ¿Qué papel juega el Estado en los BRICS (y en las naciones que intentan mejorar sus niveles de desarrollo)? ¿Actúa como impulso del desarrollo, como rémora, o depende de con qué criterio se valore y de qué circunstancias concurran? ¿Por qué la ortodoxia académica y fáctica niega, ahora con más énfasis aún, que las políticas públicas (incluidas las fiscales) desempeñan una tarea esencial en los avances y retrocesos de los procesos de desarrollo? ¿Qué hubiera sido de Brasil, por ejemplo, sin sus sucesivos planes gubernamentales para estimular la industrialización, intentando hacerla compatible con el apetito de las multinacionales? ¿Podría China estar a punto de convertirse en la primera potencia económica del mundo si “solo” las fuerzas “invisibles” del libre mercado guiasen su crecimiento?

Si nos remontamos en la historia la respuesta es aún más clara: los países hoy desarrollados contaron con gobiernos e instituciones sólidamente implantados, capaces de aplicar políticas públicas para estimular su desarrollo económico y social. Capaces, por supuesto, de conjugar a su conveniencia proteccionismo y liberalismo. Capaces también de facilitar el logro de pactos sociales, en lugar de vanagloriarse de efímeras ganancias de competitividad basadas en recortar los salarios y la dignidad. Por eso hay que preguntarse también sobre la naturaleza de las políticas públicas en cada uno de los BRICS, en lugar de seguir la moda anglosajona de unificarlo todo bajo unas mismas siglas, como si fueran claves bursátiles o milagros estadísticos, en lugar de realidades sociales complejas y cambiantes.


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