Todo era Marbella

22 Sep 2014
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Beatriz Gimeno
Escritora y comentarista política

Cuando en los años 90 Jesús Gil llegó a la alcaldía de Marbella y hacía política metido en una bañera con unas chicas en bikini, aquello parecía un episodio de una saga de gangsters. Y vaya si lo fue. Al alcalde de la bañera le siguió Julián Muñoz con el pantalón por las axilas, un secretario de ayuntamiento con un Van Gogh en el cuarto de baño y varias folclóricas. Durante años seguimos sus andanzas, sus líos, sus amoríos y, al final, les vimos entrar a (casi) todos ellos en la cárcel.  Era evidente que en Marbella todo estaba podrido y era evidente que todos aquellos personajes que durante años nos entretuvieron por los programas de televisión eran, en realidad, delincuentes. Aun así, los veíamos como algo exótico, lejano, algo que tenía que ver con una España de pandereta en retirada o con el carácter de Jesús Gil, un mafioso sin complejos. Lo que no sabíamos es que, en realidad, aquello no era una España en retirada, sino una avanzadilla de lo que venía. No es que Marbella no fuera España, es que toda España era Marbella.

Esto que algunos llaman “el sistema” y otros “el  “régimen”, está tan agujereado como un pollo deshuesado o un edificio sin vigas y sujeto por andamios. La carcasa resiste pero por dentro no tiene nada, está hueco y amenaza con derrumbarse. Comenzamos diciendo que los políticos eran corruptos y se nos dijo que eso era populismo, que hay muchos muy honrados. Puede que sí, seguramente que sí, pero todos han participado de la corrupción, del silencio culpable o, en último caso, de la falta de voluntad de regeneración real. La carcasa institucional está tan podrida y agujereada que  tiene que explotar. Y está explotando, no otra cosa es el vuelco electoral. Aun ahora hay quien no lo entiende y sigue a sus cosas, como si nada. Y como si nada es haciendo lo mismo de antes, es decir, asegurar que se van a tomar medidas para tomar medidas en el sentido contrario o para no tomar ninguna. Lo que ahora se ha puesto de moda es gritar ante un auditorio de fieles la siguiente frase: “¡¡¡Quien la hace la paga!!” (Esto lo han dicho desde Mª Dolores de Cospedal hasta  Susana Díaz, siempre muy alto y de manera muy enfática).

Pero como la verdad es que nadie la paga (o casi nadie) no deja de crecer la profunda sima que existe –y ya no tiene remedio– entre la ciudadanía y la clase política. La verdad es que estos partidos no pueden regenerarse de ninguna manera, tienen demasiadas deudas pendientes, hay demasiados favores que se deben, hay una red clientelar y de silencios que si se corta a las bravas haría que todo el edificio cayera. Es posible –y deseable– que caiga en las urnas. Nuestras instituciones y nuestra clase política están tan podridas que la noticia de que un Presidente de la Generalitat recibía a los constructores y les cobraba una comisión por las obras públicas causa una conmoción… pero menos. A los pocos días la noticia ya no ocupa las primeras páginas de los diarios y en poco tiempo ya no sabemos si estamos leyendo de Jordi Pujol o de Julián Muñoz, tan parecido es el modus operandi: cobro de comisiones, bolsas de basura negras llenas de billetes, amantes y ex amantes etc. No sé si otro país resistiría este nivel de corrupción que Felipe González, modelo de Pedro Sánchez, no cree que sea corrupción. No sabemos si porque para González este modo de actuar es tan corriente y lo conoce tan bien que lo ve normal. En realidad, normal deben verlo los que lo sabían y callaron, es decir, todos.

Los partidos no pueden regenerarse; simplemente no pueden. Para poder regenerarse de verdad, tendrían que expulsar a cientos, quizá miles de cargos públicos de sus filas, de alcaldes y alcaldesas, concejales/as, consejeros/as e incluso Presidentes de Comunidad. Los ERE, la Gürtel, Navarra, Valencia, Alicante, Bárcenas, Cataluña, Galicia, ahora también Aragón… Yo me callo aquí y tú no me molestas allí. Más que de la casta yo hablaría de la mafia. Los partidos son la mafia y como tal se han comportado en estos años, adueñándose de los huesos del Estado, de las vigas del edificio institucional, hasta dejarlo vacío.

Hay una cuestión básica sobre la que se levanta todo el sistema y que está tan asumida que pocas veces se cuestiona ni desde los medios ni desde los propios partidos. No es normal, no es políticamente decente, que los políticos se conviertan en millonarios. Un político millonario es sospechoso, sí,  y debería impedirse que tal cosa pudiera darse. Sólo hay dos maneras de hacerse millonario en política: o bien robando, o bien convirtiéndose en empleado de los poderes financieros o empresariales y haciendo las políticas que estos exigen; es decir, robando dinero o hurtando la democracia a la ciudadanía. Los políticos se supone que son representantes transitorios de la ciudadanía, deben asumir su cargo un tiempo, tener un sueldo digno y adecuado a su cargo, y marcharse de nuevo a sus anteriores ocupaciones. Mientras la política siga convertida en un pasadizo rápido a la riqueza personal, no podrá regenerarse nada,  porque todos se cubren.

Pensábamos que Marbella era una excepción y que Jesús Gil y Julián Muñoz eran unos ladrones de medio pelo. Ahora sabemos que lo único que les diferenciaba de los grandes ladrones es que eran unos horteras. Por lo demás… más o menos lo mismo. Todo era Marbella, aunque en los 90 no lo sabíamos. Ahora sí.


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