Trabajo no es dignidad

07 Oct 2014
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Miguel García Duch
Investigador del Instituto Complutense de Estudios Internacionales y miembro de econoNuestra

La llamada revolución de 1848 acababa de concluir. En el convulso París de mediados del XIX se estaba a las puertas de lograr una de las primeras conquistas obreras generalizadas: la jornada laboral de 12 horas para mujeres, hombres… y niños. Deberíamos esperar algo más, hasta 1919, en el caso español hasta 1936, y al Gobierno de Léon Blum en el caso francés, para que la actual jornada laboral de 8 horas se fuera generalizando a golpe de huelgas sangrientamente reprimidas. Y después, nada.

La lucha por la reducción de la jornada de trabajo abarcó y configuró gran parte de la lucha del movimiento obrero hasta la segunda mitad del siglo XX. Desde la pionera regulación del trabajo infantil lograda por el cartismo inglés, hasta la generalización de la actual jornada de 40 horas semanales. Después, tras el fracaso del 68 y algunos tímidos intentos de implantar la jornada laboral de 35 horas, con la llegada de la ofensiva del mando neoliberal parece haberse hecho algo inamovible la jornada semanal de 40 horas, como modo de integración social. Hoy, en el siglo XXI, ya no “eres lo que comes” como reza el apotegma: hoy eres lo que trabajas.

El trabajo en jornadas de 8 horas es la base material para la sociedad plegada al tiempo, llamada a configurarse en tercios. El día se define así: un tercio para ocio, un tercio para dormir, un tercio para trabajar. Ese es el mantra de las sociedades occidentales.

Un buen empleo garantiza ser alguien en el mundo del anonimato individualizado: no solo proporciona renta con la que poder sobrevivir, también estatus. El desempleo de largo plazo, especialmente en la tradición protestante, es fuente de estigmatización social y culpa: si no trabajas es porque no sirves, eres inútil, o porque no te esfuerzas lo suficiente en encontrarlo, pasando a formar parte del cuerpo social de los vagos. Pobres e inútiles perezosos.

Hasta el otrora ocioso burgués, que encontraba en no trabajar un modo de ostentación, se ha transformado hoy en el hiperactivo financiero que permanentemente conectado se integra compulsivamente en un trabajo que nunca logra abandonar del todo. Pero el capitalismo no entiende de quietud, su lenguaje es el del constante movimiento, la semiótica del desarrollo continuo.

Desde que el capitalismo se imbricó con la forma histórica fabril y su mecanización asociada, está en guerra contra el trabajo asalariado que él mismo hizo nacer. Que las primeras formas sindicales estuvieran asociadas a la quema y destrucción de maquinaria que “robaba el trabajo” no es ningún tipo de casualidad histórica, es la forma más pura y primaria para visibilizar este conflicto inmanente. Cuanto mayores son nuestras capacidades técnicas para liberarnos de la escasez, más superfluo se muestra el pensar que trabajar 8 horas diarias es y será el modo en el que integrarse en la sociedad hasta el fin de los tiempos.

Al concluir el siglo XIX, las horas medias trabajadas en Estados Unidos superaban las 60 semanales, en 1970, a finales de la dorada época fordista, rondaban ya las 40 y hoy están por debajo de las 35. En Europa la tendencia es si cabe más extrema aún: en el año 2013 la jornada laboral media en países como Holanda y Alemania apenas superaba las 25 horas (OECD Employment Outlock); en el caso de este último país, las horas trabajadas totales han disminuido en los últimos 40 años casi una quinta parte y en el caso de la industria manufacturera son menos de la mitad (EUKLEMS).

Entendido así, el fenómeno de los minijobs cobra una nueva dimensión, no solo como intento de precarizar masivamente la fuerza de trabajo, sino como movimiento desesperado para intentar adaptarse a un nuevo marco crecientemente tecnificado y flexible, donde la integración generalizada en largas jornadas de trabajo y empleos fijos durante años tienen un peso relativo cada vez menor.

La dificultad para conseguir el casi olvidado pleno empleo en las condiciones tradicionales no es ningún tipo de castigo divino, más bien al contrario: es consecuencia de haber hecho las cosas maravillosamente bien en términos de desarrollo de la técnica.

En Alemania, uno de los países locomotora de este proceso, la constante disminución de las horas trabajadas ha ido acompañada de una productividad por trabajador multiplicada por tres. Hoy con muchas menos horas trabajadas el producto interior bruto real alemán se ha más que duplicado holgadamente respecto a 1970 (EUKLEMS). El problema radica en que este desarrollo técnico no ha sido neutral y centrado en las necesidades humanas y del planeta, ha sido un desarrollo instrumental a la única lógica que conoce el capital: la dinámica de la rentabilidad y el beneficio.

En este marco, el joven alemán que tiene “suerte” queda condenado a la precariedad, y el joven del sur de Europa que no la tiene está destinado con más de un 50% de probabilidad al desempleo. El caso del Estado español es sintomático. Ni con la mayor burbuja que hayamos conocido y una economía recalentada al extremo se logró bajar del 8-9% de desempleo. En los últimos 30 años, salvo en 2006 y 2007, las tasas de desempleo han sido siempre superiores a los dos dígitos. Hoy un cuarto de la población activa se enfrenta a esta realidad. Plantearse que existe capacidad material de integrar laboralmente en un plazo razonable a ese cuarto de la población activa es desgraciadamente ilusorio.

Ciertamente, hay sectores como el trabajo social o todo aquello relacionado con la economía de los cuidados con un amplio potencial de crecimiento, pero en un contexto de masiva polarización social, el desarrollo y acceso a muchos de estos servicios estarán determinados, porque solo una pequeña minoría tendrá capacidad de poder pagárselo. Se invierte donde es rentable no donde es socialmente necesario.

En cualquier caso, es inviable que estos sectores puedan absorber la constante expulsión de fuerza de trabajo provocada por la automatización de las cadenas de producción y la aplicación de las nuevas tecnologías, que sin darnos cuenta, prefiguran supermercados sin cajeras y cajeros tan rápido como la línea que separa a teléfonos y ordenadores adelgaza. Y aun en el caso de poder abordarse un crecimiento extensivo de carácter masivo, difícilmente sería aceptable desde un punto de vista ecológico.

El problema ya no trata fundamentalmente de una cuestión de crecimiento. En una sociedad como la española machacada por la crisis, el valor añadido por trabajador supera los 54.000 euros anuales (IPYME). No se trata de una cuestión exclusivamente de crecimiento, sino fundamentalmente de reparto. Y entre las cosas a repartir, un lugar central debe ocuparlo el trabajo. Alguien nada sospechoso de sindicalismo revolucionario como J.M Keynes predijo que en los albores del siglo XXI la jornada laboral no superaría las 3 horas.

Inicialmente, podría  intentarse recuperar la consigna de las 35 o las 32 horas como medida de urgencia, pero si además queremos abordar la problemática ecológica y de los desplazamientos en el medio urbano, existe una propuesta con tanto potencial como olvido: la jornada laboral de cuatro días. Sus consecuencias sobre la tasa de desempleo y  las retenciones diarias de vehículos y emisiones de CO2 se describen por sí mismas.

¿Y los salarios? Es difícil sostener que este proceso pudiera hacerse sin disminución salarial alguna, pero es sesgado debatir esta medida de un modo aislado cuando lo que se tambalea es el modelo en su conjunto. Lo que comienza a cuestionarse no son elementos particulares. No es un engranaje del mecanismo, sino el cuestionamiento del marco de relaciones laborales al completo.

Hoy, lo que está en debate no es si el caduco marco de regulación keynesiano continúa vigente, sino si el nuevo marco flexible en ciernes puede tener algún viso de progresividad y de dignidad frente al fin de la historia —de la historia de los derechos sociales— propuesto por el neoliberalismo. A grandes rasgos, el debate de la reducción de la jornada laboral es similar al de la renta básica: ambos lo tienen todo de político y muy poco de técnico.

En la historia siempre se han planteado como imposibles las conquistas sociales: se dijo que eliminar el trabajo infantil supondría el fin de la industria. Se dijo que las 8 horas estaban contra el sentido común. Lo que no se dijo es que el sentido común no es neutral, sino en constante pugna y lo que está en juego es la potencial configuración del mundo que viene. Algo que comprendieron a tiros los operarios italianos de los 70 y que parecíamos haber olvidado: la precariedad es la cara menos amable de no haber liberado la técnica de su negatividad, de su instrumentalidad capitalista.

Ellos perdieron. Nosotros, quizás antes de plantearnos cambiarlo todo, sencillamente debamos demostrar que aún seguimos aquí, poniendo a la vida, y no al trabajo, en el centro.


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