La economía: última trinchera del régimen

22 oct 2014
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Miguel García Duch
Investigador del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (UCM) y miembro de econoNuestra

Te lo repite el banco, el Gobierno, la televisión y hasta el partido de la oposición, desde Europa a Estados Unidos. En algo están todos de acuerdo: en economía, las cosas no se pueden cambiar.

Los mercados financieros desatarán las siete plagas bolivarianas y los precios subirán más que en Venezuela, mientras los millones huyen en dirección a Luxemburgo. Pensar en justicia social o dignidad es bonito pero imposible. Inviable es todo aquello que se enfrenta a las “leyes de la economía”, nos dicen. Y de tanto repetirlo machaconamente terminamos creyéndolo.

A ese configurar el sentido común de la gente, delimitando lo que es bueno o malo, posible o imposible, se le denomina hegemonía cultural. Y, más allá de lo pomposo del término, todos lo sufrimos en nuestras carnes, en nuestro día a día, en cada situación cotidiana. Las verdades no son eternas, se crean y construyen. Generalmente no mediante la violencia física, sino por un medio mucho más sutil: la vía simbólica.

Donde ayer la sociedad veía barbas de indigente, hoy se pliega ante ellas como culmen de lo cool a base de hipsters injertados; y lo que ayer era un zapatófono inasumible, ahora son teléfonos a la última con pantallas que no entran en los bolsillos.

Sin la noción de hegemonía e ideología dominante nos resultaría difícil comprender por qué vemos con total normalidad ir haciéndonos selfies yendo detrás del móvil cogido de un palito mientras se hace turismo. Pero lo que puede resultar curioso en ciertas escalas es nefasto en el plano político y económico. ¿Cómo creemos sino que ha sido capaz de reproducirse este régimen durante 40 años sin apenas voces discordantes hasta hace unos pocos años?

Las “verdades” sedimentan en nuestras mentes a fuerza de repetirlas machaconamente y a todas horas en la sociedad de la sobreinformación. La hegemonía tiene mucho que ver con la matraca publicitaria. No solo en economía, sino regando cada poro la sociedad. La economía es solo su última trinchera cuando su discurso se hunde, cuando el sentido común de la gente empieza a quitar la máscara a la Gran Mentira.

La economía, guste o no, supone la palanca estructural para el cambio, y ellos lo saben. Como muestra, cinco argumentos falaces que, de tanto repetirse, la sociedad en su mayoría ha llegado a interiorizar como ciertos, convenciéndonos de que era o ellos o el caos. Cuando el caos también eran ellos.

1.”Nuestro estado del bienestar es inasumible. Las reformas estructurales son necesarias para el crecimiento”.

Es un modo de decir las cosas. El otro es mostrar que el gasto público español es más de un 5% inferior a la media comunitaria y que está verificado que privatizar no tiene por qué resultar más barato ni una mejor prestación de servicio. Y que tras siete años de crisis y seguir sus “cuidados” y los consejos de los mismos que no la vieron venir, el riesgo de una tercera recesión es claro. Curiosamente, el país al frente del masoquismo, Alemania, parece que será el primero en acariciarla.

2.”O pagas la deuda o te conviertes en Cuba. O en Venezuela o peor, en Corea del Norte. Si no pagas te enfrentarás a una sequía de crédito que no se habría visto desde la posguerra”.

La realidad es que los impagos han sido una constante a lo largo de la historia, y sus consecuencias no han sido ni mucho menos catastróficas. En la práctica, el problema del impago tiene un perfil muy poco técnico y más relacionado con la posición de fuerza de los negociadores.

¿Cuál es la posición de negociación de Mariano Rajoy? La de un sirviente declarado de los mercados financieros, al igual que el resto de cuerpos políticos que se dedican a viajar entre el Parlamento y el consejo de administración de algunas empresas, bailando en la puerta giratoria. Sin embargo, el marco cambia cuando se encuentran con un interlocutor que no se debe a sus intereses, y se enfrentan a la posibilidad de perderlo todo. Entonces siempre negocian.

El capital no es idiota: prefiere reducir la rentabilidad a la mitad que quedarse directamente sin nada. Además, la realidad es que desterrando moralismos, la opción de girarse hacia el eje chino-ruso es siempre una posibilidad real. El mercado español es un fruto demasiado grande y jugoso como para renunciar a él.

3.”No hay quien pague la renta básica. Porque claro, 45 millones de ciudadanos multiplicados por 600 euros son muchos millones de euros”.

Trampas baratas. La renta básica no viene a cubrir a quien ya tiene un empleo decente o a Ana Patricia Botín. Tampoco está planteada para dársela a los niños de 3 años ni a quien recibe una pensión. Está planteada en primera instancia y fundamentalmente como herramienta de integración para aquellas personas que, machacadas por la crisis, no reciben ninguna prestación: unos dos millones de habitantes.

La renta básica es fundamentalmente una necesidad histórica para las economías capitalistas maduras, con un creciente desempleo tecnológico estructural. Eso lo han comprendido de un modo más o menos disimulado desde los países nórdicos hasta los “progresistas” gobiernos de Alemania. Incluso en España, sin llamarla así, los famosos 400 euros no son más que el germen de una renta básica, en su carácter más huesudo y limitado.

En otros términos: España paga ahora mismo más de 36000 millones de euros anuales de intereses por la deuda pública y Bankia ha recibido ya más de 22000 millones en ayudas directas. Así, en bruto, dar 600 euros a 2 millones de ciudadanos apenas superaría los 14.000 millones anuales. El cálculo es burdo, pero comparen y saquen sus propias conclusiones a la luz de lo expuesto en el punto anterior, no a lo expuesto en los medios de comunicación.

4.”El debate es entre lo privado y lo público. Y claro, aquí lo que pasaría al final es que todo terminaría como las cajas de ahorros”.

Llevar el debate al extremo de hay que elegir entre Wall Street o volver a la burocracia soviética es tan viejo como la guerra fría, y no por ello tiene mayores visos de verdad. Lo que se opone por parte de la ciudadanía a las grandes corporaciones privadas y al posible mangoneo de políticos —cuyos intereses no dejan de ser privados— es el control popular y ciudadano. La cuestión no es dejar la política en manos de la oligarquía o en manos de unos burócratas, la cuestión es que queremos hacerla nosotros. Cuando haces tú la política no pueden hacértela otros; y eso les aterra.

5.”No hay alternativa. Dejadnos a nosotros, los expertos”.

El problema está en que en la economía no hay expertos, sino sirvientes. No en el sentido peyorativo del término, sino en el de que en última instancia no son científicos que buscan la verdad, sino que sirven a unos intereses, como todo científico social. Pensemos en la medicina y comparemos. ¿Sería factible ver a dos científicos debatir con uno de ellos defendiendo lo beneficioso que es el cáncer para el ser humano?

No es que la medicina esté libre de ideología, pero si llevamos el paralelismo a la economía es habitual escuchar cómo se puede defender una postura y exactamente la contraria. Donde unos ven reformas estructurales, otros ven destrucción de los derechos sociales y del sistema productivo. Donde algunos ven precariedad y salarios por debajo del umbral de la pobreza, los expertos ven competitividad y un mercado laboral flexible.

De casualidad tiene poco. La principal “ley” del capitalismo es que existen intereses contrapuestos; y todos, de un modo consciente o inconsciente, tomamos partido. Curiosamente, son bancos, grandes empresas y partidos políticos los que dicen que “no se puede” a través de los medios de comunicación que ellos mismos controlan. Lo repiten los mismos que te desahucian, los que te arrancan los servicios públicos, los mismos que te mienten y manipulan. Los mismos, a fin de cuentas, que ganan con cada privatización, recorte y concesión a dedo. ¿Entonces qué historia creernos?

El discurso del miedo es el último clavo ardiendo al que puede agarrarse la oligarquía. El último coletazo de un pez fuera de sus aguas antes de ceder ante un nuevo marco de relaciones de poder donde su relato único se evapora.

Y por eso mismo, es más virulento aún sí cabe. Por más pompa que usen para revestirlo, por más pseudoanálisis científico, su visión, cada día más, ya no es ley ni verdad absoluta. Sencillamente es un cuento, su historia particular de las cosas. Su relato, pero ya no el único.

A la pluma que escribe la historia le toca cambiar de mano.


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