No estamos saliendo de la crisis

10 Abr 2015
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Fernando Luengo
Profesor de economía aplicada de la Universidad Complutense de Madrid, miembro de econoNuestra, del círculo Energía, Ecología y Economía y del Consejo Ciudadano de Podemos en la Comunidad de Madrid. (https://fernandoluengo.wordpress.com/)

Encabezar estas notas con este titular puede interpretarse como un empecinamiento en negar la evidencia estadística. El producto interior bruto (PIB) ha aumentado en 2014 un 1,4% (después de tres años consecutivos de recesión) y las previsiones para los próximos ejercicios apuntan al mantenimiento o mejora del ritmo de crecimiento.

Pasaré por alto que un buen número de economistas, centros de investigación y agencias internacionales advierten sobre la debilidad del crecimiento actual y las incertidumbres que ensombrecen su evolución futura, en el conjunto de la Unión Europea (UE) y muy especialmente en las economías que conforman su cinturón periférico. En este sentido, no son pocos los trabajos que, por ejemplo, anticipan una senda de crecimiento moderado, muy lejos de los ritmos cosechados antes del crack financiero, sin descartarse la aparición de nuevos episodios recesivos.

Me centraré en estas líneas en una cuestión asimismo crucial, que se olvida con demasiada frecuencia: la recuperación de la actividad económica sólo se legitimará, y sólo será viable, si alcanza a la mayoría de la población. Lo olvidan, por ejemplo, quienes enfatizan que en los últimos tiempos se ha creado empleo, ocultando que, si se compara con el destruido desde que comenzó la crisis –no lo olvidemos, por culpa de las políticas aplicadas por el gobierno del Partido Popular- apenas hemos empezado a dar los primeros pasos y que las tasas de desempleo todavía se encuentran en cotas históricas. Se oculta asimismo que la mayor parte de los nuevos contratos son precarios y que los salarios percibidos por ellos son muy bajos.

No es extraño que los “profetas de la recuperación” procedan con este sesgo. Ya divisaban la luz al final del túnel cuando nuestra economía estaba inmersa en una profunda contracción. Se las ingeniaban para encontrar indicios, por tenues e inconsistentes que fueran, que apuntaban en la dirección de la buena nueva. No importaba que el desempleo y la pobreza aumentaran o que la producción manufacturera y la inversión se desplomaran. Siempre se podía comparar algún dato aislado, seleccionado con pinzas, con el de algún mes, trimestre, año o quinquenio que justificara su posición.

Pero volviendo a la cuestión que nos ocupa, ¿Hay alguna razón para suponer que la (incipiente y frágil) recuperación actual llegará a la gente? Esta pregunta es, para los economistas cómodamente instalados en el discurso convencional, retórica. Carece de sentido y sólo puede formularse por gente recalcitrante e ignorante que desconoce un principio básico del engranaje económico: el crecimiento, si se mantiene en el tiempo y si es suficientemente intenso, es un juego de suma positiva donde todos ganan, en mayor o menor medida.

¡Qué mal encaja este supuesto (verdadero dogma de fe de la corriente académica dominante) con lo acontecido en las economías europeas durante las últimas décadas! Desde que la doctrina neoliberal, y la constelación de intereses que la encumbró, se apoderó de la agenda política y económica de la UE imponiendo su ley y su lógica a diestro y siniestro (léase esto literalmente) los salarios de la mayor parte de los trabajadores han tendido hacia el estancamiento y cuando han progresado lo han hecho por debajo de la productividad del trabajo. También cobró cuerpo en ese periodo la categoría de trabajadores pobres, cuestionando el mantra mil veces repetido por las patronales y los gobiernos de turno (¡ay, también por los dirigidos por partidos socialistas!) de que disponer de un empleo era un camino seguro para salir de la pobreza.

¿Por qué razón pensar que las cosas serán distintas ahora? Todo lo contrario. Las condiciones económicas, políticas e institucionales benefician, mucho más que antes, al poder. La crisis y, por ser más preciso, la gestión que han hecho de la misma las elites políticas y las oligarquías industriales, comerciales y financieras (las diferencias entre unas y otras son cada vez más tenues, al tiempo que las redes que articulan sus intereses ganan en densidad y opacidad) se han llevado por delante los consensos y las instituciones que justificaban y hacían posible las políticas redistributivas.

Aquel proyecto europeo que operaba sobre la base de un inestable y crecientemente debilitado equilibrio entre las instituciones y los mercados, entre el capital y el trabajo forma parte del pasado. Los años de crisis han sido el escenario de una ofensiva en toda regla llevada a cabo desde el poder económico y político destinada a trasladar a la población los costes de la misma (objetivo inmediato) y a refundar el capitalismo y el propio proyecto europeo, reorganizando y recomponiendo las relaciones de poder en su exclusivo beneficio (objetivo estratégico).

Ofensiva en todos los frentes, incluido el del lenguaje. Con la habilidad de los trileros más expertos, y con el inestimable concurso de los grandes medios de comunicación, se ha colado un diagnóstico tan erróneo como interesado. Una crisis provocada por la financiarización de los procesos económicos, los desequilibrios productivos y comerciales, la desigualdad y una unión monetaria lastrada desde el comienzo por los intereses de las grandes potencias, la industria financiera y las grandes corporaciones ha quedado convertida en una crisis atribuida al desgobierno de las cuentas públicas y al excesivo aumento de los costes laborales. Nos han dado y nos continúan dando gato por liebre.

A partir de este diagnóstico que reparte la responsabilidad de la Gran Recesión entre el Estado y los salarios se ha construido un relato con un lenguaje plagado de lugares comunes, sustentado en el conocido “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” para concluir en que, como consecuencia de esta desmesura, tocaba “apretarse el cinturón”. La política económica seguida ha sido la derivada lógica de ese diagnóstico y de ese relato pervertido e interesado. Ahora bien, la minoría que ocupaba una posición privilegiada en la estructura social ha continuado disfrutando, sin ningún sobresalto, de ese estatus. Los ricos se han hecho más ricos, para ellos no ha habido austeridad.

Desde las filas de la economía crítica a menudo se pone el acento en el fracaso del denominado “austericidio”. Es verdad, no se han alcanzado buena parte de los objetivos que justificaban las políticas de rigor presupuestario y de devaluación salarial. Pero desde otra perspectiva, decisiva en mi opinión, esas políticas han sido un éxito rotundo.

El triunfo de un relato. El Estado ha quedado estigmatizado como ineficiente frente a la racionalidad del mercado, la contención salarial se ha legitimado en nombre de la creación de empleo y del fortalecimiento de las capacidades competitivas, y la estabilidad presupuestaria se ha convertido en un principio sacrosanto de la política económica.

Pero también el triunfo de una estrategia que ha consistido en el desmantelamiento de los cimientos de los estados de bienestar y en la mercantilización de espacios públicos que antes operaban bajo la lógica del interés social; y el aumento de los márgenes empresariales, por medio de la erosión de la negociación colectiva, la reducción de los salarios nominales, la prolongación de las jornadas laborales y la intensificación de los ritmos de trabajo.

La equidad social ha desaparecido de la agenda política, las instituciones con un perfil más distributivo han sufrido severos recortes o han quedado vaciadas de contenidos, las líneas rojas que protegían derechos sociales y ciudadanos han dejado de existir y las capacidades de negociación y presión de los trabajadores han sido debilitadas.

En este escenario, en este campo de juego profundamente desnivelado en beneficio de los poderosos, afirmar que la reactivación de la economía alcanzará a la mayoría social es todo un brindis al sol.


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