Desarrollo inhumano: El culto al dios Crecimiento

24 May 2015
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Dante A. Urbina
Docente especializado en temas de economía alternativa, autor del libro “Economía para Herejes: Desnudando los Mitos de la Economía Ortodoxa” y miembro de la red de Economía Crítica y Crítica a la Economía.

Como es por demás conocido, muchas culturas antiguas realizaban sacrificios humanos a sus dioses. Desde luego ello nos parece muy “inhumano”. Sin embargo, hoy en día asistimos a un culto mucho más inhumano y temible: el culto al dios Crecimiento. Los antiguos dioses se contentaban con cabezas cortadas o corazones extirpados. El dios Crecimiento no se conforma con tan poco: exige a los hombres que le inmolen sus pensamientos, deseos, sentimientos, valores e instituciones.

A primera vista ello puede parecernos una exageración, pero si examinamos las cosas de modo más profundo nos daremos cuenta de que no es así. Los antiguos dioses pedían que se les sacrifique sólo la parte corporal del hombre; el dios Crecimiento, en cambio, exige que se le sacrifique aquello que constituye la parte esencial del hombre: su alma. ¿O acaso no es evidente que las formas actuales de producción y crecimiento están carcomiendo la esencia misma del ser humano? ¿No está el hombre perdiendo su alma con tal de ganar el mundo? Aún así para muchas personas ello no es evidente. “¿Cuándo estuvimos mejor que ahora?, ¿no estamos acaso mejor vestidos, mejor alimentados y mejor alojados que nunca?”, dicen. Dejando de lado que ello sólo es cierto para las personas que viven en países ricos y no para la gran mayoría de la humanidad, hay que decir que el principal problema de dicha afirmación es que se basa en una concepción demasiado materialista y trivial de la naturaleza humana que ve a los hombres como meros productores o consumidores de bienes materiales.

Efectivamente, la religión del Crecimiento económico valora al ser humano teniendo únicamente sus capacidades de producción, modelando su cultura y civilización de acuerdo con los imperativos de la estructura económica. Nadie lo ha expresado tan crudamente como Saint Simon en su famosa “Parábola de los zánganos”. De acuerdo con ésta si un día Francia perdiera a tres mil de sus hombres más destacados en las ciencias y la industria agrícola, manufacturera y comercial, quedaría convertida en un cuerpo sin alma y se vería inmediatamente superada por las otras naciones. Si, por el contrario, los conservara pero a la vez perdiera a treinta mil de sus hombres considerados como más importantes: funcionarios públicos, hombres de leyes, sacerdotes, artistas, filósofos, etc., ello no constituiría ningún daño para la nación ya que aún así conservaría su puesto entre los países civilizados.

De este modo, la religión del Crecimiento esclaviza a los hombres a no ser más que la materia prima que ha de ser introducida en la máquina económica con el sólo objeto de acrecentar el Producto Nacional. De ahí que los políticos nos tengan hipnotizados con los slogans de crecimiento, eficiencia y productividad saliendo a decirnos en sus discursos de fin de año que hemos hecho las cosas bien, que hemos crecido, y luego, al año siguiente, que tenemos que trabajar más que nunca para crecer a una tasa más elevada si es que queremos cumplir “nuestro papel en el mundo” y no ser dejados atrás por los demás países pues el desarrollo es una camino de “sangre, sudor y lágrimas” (Winston Churchill) y debemos seguirlo si es que algún día queremos llegar a la Tierra Prometida del Bienestar.

No obstante hay que ser conscientes de que, tal como expresa E. J. Mishan en su obra Los Coste del Desarrollo Económico, “este es un círculo de razonamiento que parece abrir pocas alternativas de elección. Parece que estuviéramos presos de un engranaje, debiendo esforzarnos cada vez más si queremos “no quedar rezagados en la carrera”, o incluso simplemente subsistir. Sin embargo, a decir verdad, no existe ninguna justificación económica para tales creencias. En todo caso, deberíamos avergonzarnos de que nuestros patriotas nos hayan hipnotizado durante tantos años con su inexorable mentalidad”.

A pesar de ello seguimos considerando al crecimiento económico como único patrón y medida de la calidad y progreso de nuestra civilización. Como decía el economista institucionalista John Kenneth Galbraith en El Nuevo Estado Industrial: “La tasa de aumento de la renta y el producto (…) sigue siendo la medida exclusiva del logro social. Ésta es la moralidad moderna. Se supone que San Pedro en el cielo no pregunta a los aspirantes más que lo que han hecho para aumentar el Producto Nacional Bruto”. Por ello la panacea ha de ser defendida con todo fervor y devoción pues, ¿qué otra alternativa posible podría concebírsele?

Como se ve, la forma de desarrollo que venimos alimentando se muestra como una eminentemente inhumana e irracional que considera al hombre como un simple instrumento, un medio, nunca un fin. Nos hemos vuelto adictos a la producción a tal punto que ésta se constituye como la preocupación principal incluso de las sociedades más ricas del mundo donde muere más gente por exceso de alimento que por la falta de él. Evidentemente hay muchas sociedades pobres que tienen demasiado poco, pero ¿dónde está la sociedad rica que diga: “¡Ya basta!, tenemos suficiente”? Ello ha de llevarnos a cuestionar seriamente el modelo de desarrollo que estamos siguiendo pues el buscar compulsivamente el crecimiento sin preocuparnos de qué tipo de desarrollo se estamos generando es tan absurdo y peligroso como ir en auto a toda velocidad pero si ver hacia dónde.


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