¿Cambio climático en España?

05 jun 2015
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Fernando Prieto
Ecólogo. Observatorio de la Sostenibilidad. @futursostenible

I. Pues sí. Efectivamente. Como en todo el mundo.
En el informe del IPCC AR5 se recogen evidencias de todo el planeta. De España también. Algunas de ellas se presentan a continuación, sin ánimo de ser exhaustivo, así como las pésimas perspectivas que tenemos como país al estar en una zona vulnerable y luego señalamos algunas de las iniciativas que se deberían tomar en este decisivo tema en el que nos jugamos mucho más que la reputación.

Empezamos por dos variables claves: la evolución de las temperaturas y las precipitaciones. Se observa cómo se ha producido un incremento en las temperaturas medias tanto en la media toda España como en las diferentes áreas geográficas. Las precipitaciones han disminuido ligeramente y además son más irregulares. Los recursos nivales han disminuido así como la extensión de los glaciares en Pirineos, o el número de días que abren las estaciones de esquí por disponibilidad del recurso. Estos cambios tienen efecto sobre multitud de variables que afectan a los ecosistemas, desde el agua circulante en los ríos, que ha disminuido de una forma importante desde que existen datos (si bien acelerado por los aumentos de regadíos y de extracciones de agua por las ciudades). Sobre la costa también se han detectado impactos: el incremento del nivel del mar, nivel medio del mar local, extremos de nivel del mar, cambios en oleajes, temperatura superficial del agua, acidificación de los océanos, etc. Por otra parte la biodiversidad también ha detectado estos cambios climáticos. Así es posible observar cambios en la fenología de las aves, periodos de nidificación, hábitos, (el mosquitero es un caso estudiado por ejemplo), de los mamíferos, de los insectos,. etc. La vegetación ya ha empezado a adaptarse y desaparecer de algunas zonas. Sobre los bosques también hay evidencias sobre la distribución de las especies forestales, matorrales, etc., afectados por la disponibilidad de agua, etc. Los incrementos de periodos sin precipitación y la sequedad del ambiente también afectan y afectara a la magnitud e intensidad de los incendios forestales.  La última evidencia a escala global es que el año 2014 acaba de confirmarse como el más cálido de la historia.

II. Y el futuro? El futuro, peor.
Para el mundo hay varios escenarios detallados en los informes de IPCC. Existen escenarios regionales de las previsiones de cambio climático en España. Por sectores se prevé que habrá más riesgo de incendios. El clima será más extremo con mayor frecuencia de sequias e inundaciones. Aumentará el nivel del mar, así como la magnitud, la dirección y la intensidad de los oleajes. Es decir se agravarán los efectos. Sobre la agricultura y oros sectores productivos habrá también impactos por los cambios en temperaturas, precipitaciones, efectos sobre las plagas, especies invasoras, etc. (Parte meteorológico de 2050:
https://www.youtube.com/watch?v=c4to9PddSg8)

III. ¿Que se puede hacer? Soluciones.
Ya hemos escrito en otros sitios que no existe una bala de plata, de que el clima es un “global common” y de la importancia de reducir por todos los medios las emisiones. Esta reducción deberá afectar a todos los sectores y tendrá que ser tanto por mecanismos voluntarios u obligatorios. En todos los sectores (energía, transporte, industria, agricultura, edificación, gestión de residuos) y la solución pasa porque los distintos actores tienen diferentes responsabilidades y cada uno debe actuar en su parte.

Por ejemplo, las EMPRESAS. La mitad de las emisiones de España son de fuentes difusas (transporte, sectores de servicios, calefacciones, etc.) y el resto fijas. En la parte de fuentes fijas (energía, siderurgias, cementeras…) ya hemos dejado constancia escrita de que tan solo 10 empresas son responsables del 65% de todas las emisiones. Lo cual evidencia que es mucho más fácil incidir en estas emisiones fijas que en el resto de las emisiones difusas realizadas por los otros 45 millones de decisores. De ellos se deduce también el concepto de responsabilidad climática empresarial, donde se evidencia quién emite, cuánto, además de que los que están causando esos efectos deben asumirlos. Asimismo, está demostrado que los instrumentos de mercado (de CO2) no han funcionado y que incluso los que contaminan cobran.

Una de las propuestas sólidas para el tránsito hacia una economía baja en carbono es poner un precio a la tonelada de carbono emitido. Aunque los fracasos en este tema han sido sonoros como consecuencia de los aspectos relativos al comercio de emisiones, que hoy arroja un ridículo precio de 5 euros por tonelada. En la Cumbre sobre el Clima del pasado mes de setiembre, celebrada en Nueva York, en Naciones Unidas, 73 países y 22 estados, provincias y ciudades —responsables en conjunto del 54% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y del 52% del PIB mundial— se unieron a más de 1.000 empresas e inversionistas para expresar su apoyo a la fijación del precio del carbono. Este proceso iniciaría nuevos avances mediante un descenso de los costes unitarios de tecnologías limpias o de las energías renovables, a medida que se generalicen. Un precio del carbono alto puede impulsar el cambio necesario. Para ello, debe ser idealmente estable, robusto y de carácter global. También debe ser apoyado por políticas y normas complementarias. Dado que muchas inversiones son a largo plazo, la iniciativa ha de contar con la confianza a ese largo plazo para invertir en soluciones de baja emisión de carbono. Será preciso que se revise con el paso del tiempo, elevando la cuantía del precio establecido para incentivar la reducción progresiva de nuevas emisiones y permitiría modificar las reglas de los negocios en el cambio climático, y hacer que el potencial de innovación y las inversiones se orienten en esa dirección, haciendo que sean más rentables directamente las inversiones que cumplen esos objetivos, como es el caso de las renovables. Permitirá que las empresas que tomen en consideración esa nueva situación puedan contar con los retornos esperados por sus inversores. Y puedan seguir estrategias y proyectos que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero, lo que hará que las empresas más sostenibles tengan más éxito. Y permitirá que los negocios de bajo carbono sean cada vez más business-as-usual.

En la senda de la transformación hacia una economía baja en carbono es fundamental enviar mensajes a los agentes económicos, para que en un marco de predictibilidad puedan emprender sus actividades, buscar soluciones tecnológicas, potenciar las políticas de innovación, cambiar procesos y tecnologías, y por supuesto orientar mejor sus inversiones.

Los financieros ya han empezado a enviar señales claras a los mercados decantándose hacia empresas y sectores menos contaminantes y más bajos en carbono. A medida que la transformación sea mayor, se van a crear nuevas empresas con productos y servicios innovadores que buscarán no afectar al cambio climático.

Las ADMINISTRACIONES, por otra parte, deben de asumir los planes de reducción, incentivos para cambios de tecnologías, planes de adaptación, de mitigación, de concienciación… y, sobre todo, deben evitar las políticas contradictorias y las subvenciones perversas. En efecto: por una parte, hacen planes de reducción y, por otra, fomentan la minería de carbón o el transporte por carretera. La valoración de los impactos del cambio climático ha puesto de manifiesto la necesidad de tomar medidas urgentes por parte de los gobiernos a nivel mundial, regional y local. Como ejemplo, la administración Obama acaba de lanzar un plan para reducir sus emisiones un 30%, mientras presentaba los problemas que ya está teniendo el cambio climático en USA.

El nuevo modelo, que podríamos denominar, menos carbón más silicio, proporcionara oportunidades de empleo. Este nuevo modelo incluirá actuaciones de mitigación a nivel local, regional o nacional con el desarrollo de tecnologías, sistemas, métodos e instrumentos para su incorporación a todos los sectores y políticas.

Por otra parte es necesario empezar a adaptarse al Cambio Climático. Tanto a nivel local, regional o nacional, se deberán desarrollar y demostrar tecnologías, sistemas, métodos e instrumentos para su incorporación a todos los sectores. Además en todas las áreas políticas, deberá desarrollarse mejores prácticas y de soluciones para esta adaptación al cambio climático, incluidos, en su caso, enfoques eco sistémicos. Desde las ciudades a todos los sectores, empezando por los sectores más dependientes del clima como la agricultura o por aspectos ambientales tales como el agua. Las ciudades son especialmente vulnerables y se deben ir adaptando.

Los ciudadanos tendrán cada vez un papel más fundamental. Deberá darse una sensibilización deberá apoyarse tanto para el público como para todos los sectores y partes interesadas con el objeto de facilitar el uso compartido de conocimientos sobre soluciones y prácticas climáticas de éxito. Se deben exigir planes con objetivos, a los políticos y empresas para que se pongan a actuar.

La resiliencia, será la palabra clave para los próximos años. Incluye las actuaciones que hay que hacer en nuestras ciudades, nuestras empresas y nuestros ecosistemas, para que la situación no se convierta en un desastre en muy pocos años. Así, deberemos empezar a trabajar en nuestras costas (alejar las zonas habitadas, dejar ecosistemas naturales, etc.), en nuestro bosques (actuaciones para favorecer masas más adaptadas al cambio climático…), agrícolas (cambio de variedades, reducir regadíos…), ciudades (revisar sistemas de captación de aguas, carriles bici, tranvías, leds en iluminación, reducir pérdidas de agua…), energía (evolucionar hacia energías renovables, aumentar el autoconsumo…), etc.

Por estas razones, parece imprescindible apostar por una nueva política que tenga en cuenta la ecología. Una nueva política que incentive la transición hacia un escenario más sostenible, la reducción de emisiones, la energía producida de una forma razonable, la protección de la biodiversidad y de los recursos naturales, y que todas las políticas integren la variable del cambio climático y la sostenibilidad, que cree empleo, que disminuya la desigualdad, que respete el medio ambiente y que integre aspectos ambientales, sociales y económicos con principios éticos en todas las decisiones desde el diseño de las políticas y no a posteriori. Sino, seguro que empeorará la salud pública, se acentuarán las desigualdades, aumentará el paro, y la economía, sin duda, irá a peor.

Los economistas convencionales no parecen captar que lo que es bueno para la sostenibilidad y contra el cambio climático, es bueno para la economía. Cuanto antes pasemos a esa economía más baja en carbono, más ventajas tendremos respecto a todos nuestros competidores.

Conforme se acumulan las evidencias, incluso los más escépticos empiezan a reconocer lo imprescindibles que son la transformación de la economía, de los modelos de producción-consumo y los comportamientos de administraciones, empresas y ciudadanos. Ya está comprobado con una certeza de casi el 100% que las emisiones de CO2 provocadas por el hombre son las responsables de los cambios ya detectados en el clima y, de seguir las tendencias actuales, nos encaminamos a una subida generalizada de las temperaturas, un aumento de la irregularidad de las precipitaciones, un incremento de los episodios catastróficos y dramáticos, etc., y estas evidencias ya han sido detectadas en todos los continentes.

El clima es un “global common”, es decir un bien de todos, del que dependemos y del que todos somos responsables, y es evidente la insuficiencia de los instrumentos de mercado y la necesidad de avanzar hacia una gobernanza global si se desea reconducir la situación hacia un escenario sostenible. Ahora empiezan negociaciones en Nueva York, que culminan el año que vienen en París y que pueden ser decisivas para el futuro de la humanidad. Sin embargo, y a pesar de que muy pocos científicos niegan estas evidencias, los políticos no hacen prácticamente nada para encararlas. Solo mirando las partidas de los presupuestos generales del estado para estas materias nos damos cuenta del olvido de este tema crucial.

El escenario inmediato futuro obliga hablar de cambio climático, y es hora de empezar a proponer esta nueva política que tenga en cuenta la ecología, desagregada en planes, proyectos y programas debidamente valorados y cuantificados, y con una adecuada participación ciudadana se desarrollen estos programas. Sin duda, los ciudadanos, como no son estúpidos, elegirán un futuro sostenible.


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