Opinion · EconoNuestra

Economía de América Latina, ¡pinches comparaciones!

José Bautista
Periodista y analista económico

Imagen1

La cosa se pone tensa incluso entre quienes comparten horizontes políticos cuando entran en la conversación Hugo Chávez, Evo Morales y otros líderes de la izquierda latinoamericana. A unos los invade la decepción, a otros se les atragantan las críticas y muchos sacan el hacha de guerra a la mínima. Esta tensión se vive a todos los niveles, incluso en los sillones del Café Colonia de la CEPAL.

Esta semana saltó una nueva polémica cuando la presidenta argentina, Cristina Fernández, declaró que su país “tiene un índice de pobreza por debajo del 5%”. La faena la remató su número dos al comparar este dato con el 20% de pobreza de Alemania y afirmar que “no lo están pasando bien (los alemanes) en términos de pobreza, aunque no lo quieran creer”.

Los países de América Latina nunca habían estado tan presentes en los debates de España, y eso que ha pasado más de una década desde que su paisaje político empezó a teñirse de rojo. En los últimos años brotaron los expertos y analistas que piden imitar la gestión que muchos gobiernos latinos pusieron en marcha durante una crisis internacional que a ellos apenas les salpicó los talones. Ahora la crisis llama a las puertas de América Latina y los diarios españoles siguen derramando tinta día tras día para alimentar las comparaciones, sobre todo en el plano económico: inflación, crecimiento, deuda pública, nacionalizaciones, gasto social, reducción de la pobreza…

El bombardeo mediático desquicia a cualquiera y al final confundimos la velocidad con el tocino. Antes de atacar al plato fuerte de las comparaciones, un aperitivo contextual sobre América Latina, región experta en crisis.

Los latinoamericanos sufrieron una crisis horrible en los ochenta (la “década perdida”) debido al endeudamiento incontrolado, tan fuerte que los problemas de acceso a los mercados financieros siguen latentes en la región. En aquella ocasión, México fue la primera ficha en caer.

A finales de los noventa repitieron el batacazo, esta vez con epicentro en Argentina, en parte como resultado de las recetas impuestas por el FMI y el Banco Mundial (Consenso de Washington), cuyas privatizaciones y reducción del Estado también perduran en el paisaje económico y social de América Latina.

Tras comprobar que el amargo jarabe de estas medidas y las falsas austeridades no daban resultados, en los albores de este milenio varios pueblos de América Latina dieron un giro radical hacia la izquierda. Las urnas abrieron las puertas de la presidencia a Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Evo en Bolivia, Ortega en Nicaragua, Mujica en Uruguay, los Kirchner en Argentina, etcétera. Comenzó la década roja de América Latina y hoy, quince años después, estos gobiernos enfrentan una de las etapas más difíciles desde que llegaron al poder.

España tiene mucho que aprender de los aciertos y errores que se cometieron al otro lado del charco, pero eso será imposible si seguimos comparando economías como si se tratara de equipos de fútbol. Por eso hemos elaborado el top five de errores frecuentes al hablar de las economías de América Latina.

1. Las varas de medir
América Latina es un puzzle de piezas muy dispares en todos los planos, incluido el económico. Los países de la región comparten el pasado colonial y tienen modelos de inmersión en los mercados internacionales similares. Sin embargo, el grado de desarrollo y el tamaño de estas economías varía mucho, por lo que lanzar generalizaciones para todo el continente es, cuanto menos, injusto. Si metemos en el mismo saco a Brasil y Costa Rica, Haití y Chile o Argentina y Guatemala, tendremos una visión muy distorsionada de lo que sucede.

Esta heterogeneidad también se reproduce en el mundillo de los indicadores macroeconómicos y financieros. Voy a tirar la primera piedra: en 2013 el auditorio de la Sorbona rompió a aplaudir cuando le pregunté al Rafael Correa, presidente de Ecuador, sobre la ejemplar tasa de desempleo de su país, que era y es inferior incluso a la de Alemania. No tuve tiempo para matizar que en América Latina la estadística de empleo contabiliza a los trabajadores informales, es decir, al joven que vende pañuelos en el centro de Oruro sin ningún tipo de contrato o a la anciana que fríe sopaipillas en un carrito frente al puerto de Valparaíso. La comparación me salió por la culata.

Imagen2

2. El ascenso es mayor durante el despegue
En economía de mercado existen diferentes grados de madurez económica (Rostow fue el padre de esta idea). Desde la perspectiva capitalista, el desarrollo económico de un país dibuja un gráfico parecido al de un avión al despegar: avanza en vertical al principio hasta que alcanza una altura adecuada y recupera la posición horizontal. Siguiendo con la ilustración del avión, podemos decir que el despegue de Chile y Uruguay está más avanzado que el de, por ejemplo, Colombia y Venezuela, pero en cualquier caso todos están todavía en esa fase del vuelo. Debido a esto, las tasas de crecimiento económico no son comparables a ambos lados del Atlántico. Dicho de otro modo, desde la óptica capitalista un crecimiento del 2% en Bolivia es preocupante pero un crecimiento del 2% en Francia es tranquilizador porque son economías en distintas “fases de vuelo” y a distinta “altura”. Algo similar sucede con otros macroindicadores, por lo que recomiendo hacer amistad con los indicadores multidimensionales, como el Índice de Desarrollo Humano.

3. Esos malvados que reducen la pobreza
Quizás ya te has visto en este dilema: muchos medios enumeran a ciertos gobiernos latinoamericanos como ejemplos perfectos de lo que no hay que hacer en economía y dos páginas después nos informan de la vertiginosa reducción de la miseria y el analfabetismo en la región. Lo cierto es que estas dos realidades conviven en el surrealismo trágico de las economías latinoamericanas.

En primer lugar hay que tener en cuenta que en América Latina la pobreza se mide de forma absoluta, es decir, a partir de una cantidad determinada de ingresos. En Argentina la estadística oficial considera pobres a los hogares con dos adultos y dos hijos que ingresan menos de 626 euros al tipo de cambio oficial, un cálculo dificultado por los vaivenes de la inflación. En países como Alemania o España se mide en función del resto de habitantes y se considera pobres a las personas que tienen menos del 50% de los ingresos promedios del país, es decir, son pobres los hogares alemanes de cuatro miembros que viven con menos de 1.873 euros al mes, mientras que en España esa cantidad se sitúa en 1.393 euros mensuales. Con la medición europea, la pobreza en Argentina afectaría al 35% de la población y no al 5%, tal y como sostiene la presidenta Cristina Fernández (cálculo basado en datos de la CEPAL, ya que Argentina dejó de publicarlos en 2013).

Por un lado, esos gobiernos de izquierda redujeron los niveles de pobreza hasta mínimos históricos gracias a mejoras en la redistribución de la riqueza. Además, amortiguaron la bofetada de la crisis de 2009 gracias al aumento del gasto social y al fortalecimiento de la demanda interna, medidas diametralmente opuestas a las que se siguen aplicando en España.

Por otro lado, también es cierto que su discurso de independencia económica quedó en papel mojado y que muchos de esos gobiernos han reforzado las cadenas de dependencia de sus economías frente a terceros. Hubo grandes nacionalizaciones en sectores estratégicos, pero, desde mi punto de vista, en este momento Bolivia es el único país puede presumir de cómo las está gestionando.

El ejemplo más ilustrativo es Venezuela: su tasa de pobreza cayó vertiginosamente durante los gobiernos de Chávez, pero hoy el país es más dependiente que nunca de sus exportaciones petroleras. Lo más asombroso es que Venezuela tiene que importar petróleo refinado de Estados Unidos porque no desarrolló infraestructura para ser “independiente” en este sentido, a pesar de que Petróleos de Venezuela es estatal desde 2003.

Además, América Latina sigue siendo hoy, a excepción de algunas islas del Caribe, una región muy dependiente de las exportaciones del sector primario (agricultura, minería…). Las mejoras en la redistribución estuvieron acompañadas del alto precio de las materias primas, que se mantuvo incluso durante los peores años de la crisis; ahora el precio la soja, el petróleo, el hierro y demás commodities está por los suelos porque China y las economías del “centro” (Europa, EEUU) demandan menos materias primas, y eso está dando lugar a una nueva depresión en América Latina. El tren de la innovación tecnológica y la diversificación de las exportaciones pasó y muy pocos se subieron.

En España el destino de las exportaciones es relativamente diverso y equilibrado, mientras que la dinámica de dependencia también aparece en las relaciones comerciales de las economías latinoamericanas. Hasta hace pocos años todas dependían ampliamente de Estados Unidos, y un resfriado en el vecino del norte se traducía en una señora gripe en la mitad sur del continente. Pues bien, ahora el destino principal de las exportaciones latinas es China, pero la dinámica sigue siendo la misma. El gigante asiático se está enfriando y eso está afectando los flujos de inversión y desequilibrando las balanzas comerciales de Brasil, Chile y Perú, entre otros. Winter is coming, pero ya no viene de Norteamérica, sino de Asia. La ex guerrillera y presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ha sido la primera en desenfundar las tijeras de la austeridad fiscal y no le ha temblado el pulso para recortar en educación.

4. Un cáncer llamado desigualdad
América Latina sigue siendo la región más desigual del planeta, por delante de África y del Sudeste Asiático, a pesar de sus sucesivos gobiernos de corte progresista. Subrayo que no hablamos de pobreza (ahí lidera África), sino de inequidad de ingresos, un ingrediente extremadamente desestabilizador en cualquier sociedad. Los gobiernos de izquierda latinoamericanos aumentaron la renta de los más pobres y facilitaron su acceso a la universidad y los servicios sanitarios, pero no hicieron todo lo necesario para revertir la dinámica que reproduce esa desigualdad crónica generación tras generación. Algunos llevan 15 años en el gobierno y siguen echando balones afuera al hablar de desigualdad, mientras sus índices de Gini avanzan en horizontal, como el electrocardiograma de un cadáver. La desigualdad de ingresos anula las comparaciones de muchos indicadores, como el famoso PIB per cápita.

5. La (des)integración latinoamericana
La integración de América Latina es una verdadera quimera compuesta por más de 20 bloques, organismos y foros políticos y económicos. Toma nota de los más importantes para presumir en el bar: CELAC, que esta semana se reúne con la Unión Europea en Bruselas, Mercosur, Unasur, ALBA, Comunidad Andina, SICA, Aladi, Caricom…

Ninguno de estos mecanismos alcanza el grado de integración de la Unión Europea (moneda común, parlamento, etc.), por lo que sus dinámicas son diferentes y limitadas. Por resumirlo con una ilustración, podríamos decir que entre los países de la Unión Europea es más fácil que se contagie un “resfriado” económico, porque estamos más integrados, pero también eso hace que aquí sea más difícil contraer la enfermedad. Los latinos saben que un problema en Grecia puede tener consecuencias en Francia, pero no deberíamos aplicar esa lógica a la fragmentada, heterogénea, gigantesca y preciosa América Latina.