El fin del trabajo: renta básica o barbarie

17 Sep 2015
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Miguel García
Economista, miembro de econoNuestra

Sin saber muy bien cómo, un amigo incómodo se ha colado en el debate económico: la renta básica. Tras años escondida como un topo esperando su momento, se ha convertido en tendencia durante el último año. El Trending Topic de las demandas sociales. Para muchos, incluyendo un sector importante de la izquierda, la renta básica no es más que eso: una moda que en el mejor de los casos representa una utopía y en el peor la máscara posmoderna con la que cubrir la explotación salvaje del siglo XXI.

Sin embargo, dada la centralidad que ha cobrado en el debate, parece ser que ha tocado cierta tecla en un espacio como el laboral, que pese a más de un 20% de paro y miles de jóvenes emigrados, parece inmune a la ola desatada tras el 15-M. Si el bipartidismo se encuentra renqueante no podemos decir lo mismo de la estructura sindicatos-patronal heredada desde la transición que parece inmune a todo cambio desde su torre de marfil.

En este terreno, Podemos, solo con mencionarla –qué no integrarla-, abrió el melón a un juego, el de la renta básica, que patea -y esta vez con botas- el tablero establecido en las relaciones laborales. Una apuesta que, de uno u otro modo, han terminado “abrazando” desde PSOE hasta Ciudadanos.

¿Pero qué se quiere decir con renta básica universal y que supone reclamar su implantación en el siglo XXI? ¿Por qué hasta PSOE y Ciudadanos han terminado revindicando la implantación de modelos “inspirados lejanamente” en ella? En este artículo intentaré explicar, lo más esquemáticamente posible, (1) qué es la renta básica, pero sobre todo y más importante: (2) su carácter de necesidad histórica en un estado del bienestar moribundo y su (3) potencia latente como herramienta de emancipación de las mayorías. Vayamos parte por parte.

1. ¿Qué es la renta básica?
Aunque pocas veces se menciona, en realidad la renta básica no representa un concepto sino dos: un derecho ciudadano y una prestación del estado. Desde el primer punto de vista la renta básica supone garantizar, legislativamente, una desvinculación efectiva entre existencia digna y sexo, etnia, religión o condición económica. En el mismo sentido que nadie dudaría hoy del derecho a la sanidad o la educación de todo ciudadano, la renta básica universal plantea extender a través de una prestación económica incondicional, el derecho a una existencia mínimamente digna o básica. Así de sencillo.

Probablemente la segunda definición de renta básica, su caracterización económica como prestación del Estado, es la que genera un debate más encendido. Es impagable y generaría un ejército de vagos o es bonita pero imposible, son las respuestas tipo que se repiten hasta abrasar. ¿Pero qué pasaría si la renta básica no solo no fuera una utopía inalcanzable sino el modo más viable de reforzar la capacidad de organización y defender los derechos de la mayoría trabajadora? ¿Y si fuera una estrategia mucho más interesante que los ramalazos –estos si utópicos- por un pasado mejor de pleno empleo varonil y jornadas de 8 horas?

2. La renta básica como necesidad histórica: la era de la automatización, desempleo y exclusión.
Y es que hoy el trabajo como lo hemos conocido es crecientemente superfluo, en cierto modo la tecnología actual lo torna innecesario. El sistema muere de éxito. Cadenas de montaje que andan solas, máquinas de vending por doquier, peajes sin personas, ordenadores que trabajan por cincuenta humanos…y el desempleo como mayor problema del siglo XXI en las economías llamadas desarrolladas. Una bendición maldita por el mismo capitalismo que generó las condiciones materiales para su aparición. Quizá debamos empezar por ahí, por comprender donde estamos en el siglo XXI, hacia donde vamos, y donde no podemos volver.

A comienzos de los años setenta, la sociedad estaba articulada en torno al pleno empleo, con un paro inferior al 5%, empleos fijos de 8 horas y una mujer escasamente incorporada al mercado laboral. En 2008, al borde del estallido de la crisis, menos de 40 años después, el desempleo era el principal problema de las economías occidentales. La precarización –el hoy viejuno “mileurismo”- y los empleos a tiempo parcial ya eran la tendencia imperante en un fenómeno que no ha hecho más que profundizarse durante la crisis. Estas amargas manifestaciones, sin embargo, no son más que el reverso de un fenómeno de fondo: el modelo basado en el trabajo fijo de 40 horas semanales y el pleno empleo, aquello que se ha llamado indistintamente fordismo, keynesianismo o sociedad del bienestar, está en crisis, en una crisis que no tiene marcha atrás. Y lo está porque lo está el trabajo, al menos en su forma de empleo fijo de 8 horas. Un dato llamativo: Alemania, la locomotora de Europa, el ejemplo de cómo salvar la crisis, ha reducido el total de horas trabajadas entre 1970 y 2007 más de un 12%. Dicho de otro modo: en Alemania se trabaja hoy, en 2015, al menos un 15% menos que hace 40 años. Y eso teniendo en cuenta la unificación de dos países. De hecho, también Austria, Bélgica y hasta cierto punto todos los países de Europa del club considerado ”rico” enfrentan el mismo fenómeno. La población alemana por su parte, aumentó un 20% durante el mismo periodo de tiempo. ¿Cómo puede conjuntarse más población y menos empleo en una experiencia de éxito?

He aquí el cóctel de la victoria: incrementos de productividad y disminución de la jornada laboral. En el periodo comprendido entre 1970 y 2007, paralelamente a la disminución de horas trabajadas, la jornada laboral media se redujo de 8,09 horas medias a 5,88, una disminución del 30%. A su vez, la productividad del trabajo, que mide la cantidad real –descontando la evolución de los precios- de euros producidos de media por una hora de trabajo, pasó de 14 euros a casi 36, un incremento del 154%. Con un 12,3% menos de horas trabajadas la economía alemana era en 2007 un 123% más grande que en 1970. Dobló holgadamente su tamaño.

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Todos los los datos utilizados en el artículo son elaboración propia a partir de EU KLEMS DATABASE y AMECO.

Producimos muchísimo más, y lo hacemos en muchísimo menos tiempo. La tecnología provoca que fabriquemos todo mejor y más rápido. El trabajo humano potenciado al límite. Lo que el sentido común diría que es un llamado a reducir las jornadas, repartir la riqueza y disfrutar del tiempo libre, en el gobierno del capital, se torna en una catástrofe en forma de precariedad y desempleo crónico, especialmente en el sur de Europa. ¿Nos suena el cuento? España y especialmente Grecia son el ejemplo doloroso de llevarle la contraria a la historia. El caso griego fue especialmente alarmante: un crecimiento insuficiente de la productividad y una jornada laboral ¡qué fue en aumento! La historia en España es similar: incrementos de productividad insuficientes y una jornada media excesivamente alta –unas 7 horas diarias en 2007, un 20% más que Alemania-. Más allá de diferencias estructurales, que un país con una jornada laboral media un 20% inferior a otro tenga menor desempleo no es resultado de ningún gurú económico, sino de cajón de madera. El misterio de como Grecia aumentó sus horas totales de trabajo y España más aún, cuando Alemania las destruía, tiene que ver mucho con burbujas inmobiliarias, aquellas con las que España va bien, decía el estadista popular.

Alemania, por el contrario, ha sabido comprender el momento y su problemática e integrarlo en la gestión neoliberal: mini-jobs, rentas “complementarias” (la forma neoliberal y caritativa de renta básica) y reducciones de jornada informales en una industria crecientemente competitiva basada en la flexibilidad. Esa es la explicación de fondo del “Milagro Alemán”, los llamados acuerdos de Hartz de 2002, suscritos por el canciller socialista Gerhard Schröder, patronal y sindicatos mayoritarios en una suerte de pacto patriótico que garantiza empleo y una mínima integración a casi todo el mundo a costa de precariedad y empleos flexibles a tiempo parcial. La “nueva socialdemocracia” como alumno aventajado del capitalismo.

Que el pleno empleo de 8 horas para todo el mundo, si no es viable en Alemania, menos lo será en un país con una estructura productiva como la española con casi 5 millones de desempleados, es algo que han comprendido hasta PSOE y Ciudadanos. La concertación social necesita un nuevo modelo en la sociedad del desempleo. Pero las rentas complementarias que proponen los socialistas y especialmente Ciudadanos, poco tienen de dignidad y mucho de caridad al pobre. Descontar IRPF a los trabajadores precarios no es dignidad sino miseria institucionalizada. Ese es el tablero hoy, ver hacia donde redibujamos la sociedad. Podemos reducir por ley la jornada, introducir una renta básica digna y repartir el trabajo: es decir, conquistar derechos. Pero también, recubierto con el lenguaje cool de la nueva política, podemos esconder mini-jobs basura, rentas condicionales para el cada vez mayor número de pobres y trabajar hasta los 70 años porque dicen que las pensiones no pueden pagarse y nos negamos a repartir el trabajo.

El pasado no va a repetirse y en esta partida no podemos permitir que nos engañen. La renta básica es compatible en cierta medida con la competitividad y flexibilidad actual, al menos más que los llamados a una vuelta a al pasado que no va a repetirse. La mayoría de críticas infundadas hacia ella –nadie querría trabajar, generaría una gran inflación o es impagable- recuerdan a los economistas del régimen durante el XIX: ellos decían que reducir la jornada a menos de 12 horas o pagar mayores salarios supondría el cierre en masa de la industria y la desaparición de todo el beneficio. Visto lo visto, demostraron ser genios. En resumen: la renta básica es de los pocos caminos que permiten ofrecer una garantía de dignidad en un contexto de mayor flexibilidad laboral y salarial sin la cual, seamos realistas, es imposible competir en el mercado del siglo XXI. La renta básica hoy no es solo posible sino deseable. Mucho más posible que hablar de pleno empleo en la actualidad. Mucho más deseable que una sociedad a la que vendes un tercio de tu tiempo por obligación. Algo que por cierto no ha sido así por definición siempre y en todo lugar, sino el modo de articularse de Occidente de los últimos 50 años y del que nos negamos a mirar más allá.

3. La renta básica como posibilidad de emancipación: la dignidad como derecho inalienable.
Mirar adelante, pero pisando firme y sin miedo. Aspirando a una renta básica garantizada y no a mini-jobs con complementos. La renta básica no quiere institucionalizar la precariedad, la renta básica, si quiere ser emancipadora, busca precisamente desconectar existencia digna de tipo o ausencia de trabajo –o cualquier otro tipo de condición-. No es caridad para evitar marginalidad y estallidos sociales. Aunque puedan parecerse en nombre las rentas de inserción pueden promover modelos diametralmente opuestos. Es la forma que toma la batalla por la realidad social que queremos. Pero eso sí, con las armas que tenemos. La principal batalla en la Europa del siglo XXI es como gestionamos la crisis del trabajo, no como volvemos a un imposible pleno empleo de 8 horas – lo que supondría más de 3 millones de nuevos empleos y más de 5000 millones de horas adicionales trabajadas al año en España, casi nada. La batalla tampoco puede ser por un imposible salario mínimo de 1000 euros en empleos fijos. ¿Qué hacemos con todas las cooperativas que no pueden pagar ni 800 de salario si aspiran a vender algo? La renta básica no deja de ser algo que se financia en función de nuestra capacidad de vender como economía en el mercado global actual. Porque como es obvio, la renta básica no viene a solucionarlo todo en el siglo XXI, y tampoco está libre de contradicciones operando en el mercado global del que por ahora no puedes escapar: ni de sus diferencias regionales –no podrá ser exactamente igual en cada región-, ni de cómo gestionar sus consecuencias migratorias – no se podrá dar automáticamente a todo el que llegue-.

Pese a todos sus riesgos, la renta básica permite abrir un nuevo campo de batalla en la esfera laboral y de la existencia sin socavar la competitividad, comprendiendo que a la historia de hoy no bebe solo de consignas de ayer. Establecer un punto de partida desde el que comprender el carácter histórico del trabajo como mercancía y tejer su alternativa. Eso o terminar de mercantilizar la vida en decadencia de un humano reducido a consumidor; con prestaciones de caridad para excluidos/sobrantes del sistema. Si no consumes no existes. El pleno empleo del estado del bienestar difunto ayer ya no entra en el debate. Ni sus 8 horas. Está por definir si ello supone una suerte o una desgracia.

No he hablado hasta ahora del coste de financiación de la renta básica. La “gran imposibilidad”. Y no lo he hecho porque sencillamente, esa imposibilidad es mentira. Desmontando las falacias existentes sobre ellas, Daniel Raventós y Jordi Arcarons tienen calculado bien clarito que su coste no es ni mucho menos inasumible. Y no podía ser de otro modo. Con un gobierno con un poco de sentido común tantos años currando y desarrollando la técnica para algo tenía que servir ¿No?

El problema con la renta básica no es ni será fundamentalmente económico –en los países industriales occidentales del siglo XXI, entiéndase- sino su tremendo coste social para las minorías privilegiadas. El potencial de que dejen de aceptarse ciertos empleos basura solo sería el petardazo de salida a un refuerzo sin precedentes de la autonomía y capacidad de organización de la gente de abajo. Quienes ven una desgracia en intentar combatir la explotación con las pocas armas que tenemos útiles en la actualidad vuelven a ser los mismos. “Por una vez” patronal y estructuras burocráticas sindicales estarían de acuerdo: la renta básica supone un refuerzo para la mayoría trabajadora en su conjunto y una estocada para ellos. La patronal tiembla junto a Toxo y Méndez. La renta básica no debe existir, no porque no sea viable económicamente, sino por las consecuencias sociales que tendría. Un pueblo con capacidad de organización y tiempo libre es siempre extremadamente peligroso para el orden establecido.

Esa es la clave del cambio que transforma de verdad una sociedad. Aquel que materialmente es completamente viable y deseable, pero inaceptable para la ideología dominante. Esa es la diferencia entre la caridad y una reforma revolucionaria, aquella delgada línea que hace un siglo trazo Rosa Luxemburgo antes de que la socialdemocracia se desdibujara a sí misma.
Si el debate parte de que tenemos derecho a existir por el hecho de ser personas, no de cómo gestionar la obligación de ser mercancías, Ellos, la minoría, están perdidos.


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