La desigualdad como un Rallo en España

05 Feb 2016
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Iván H. Ayala
Investigador asociado al ICEI, miembro de econoNuestra y de Podemos.

El Instituto Juan de Mariana (IJM) acaba de publicar un trabajo cuyos autores, Juan Ramón Rallo e Ignacio Moncada, llegan a una conclusión que contradice todos los estudios publicados hasta ahora sobre la desigualdad: según el IJM España es uno de los países menos desiguales del mundo. Lo primero que hay que decir es que es un estudio ad-hoc para alimentar ideológicamente tesis conservadoras. La estrategia se basa en identificar el paradigma del que están bebiendo las nuevas ofertas políticas, la desigualdad, y encontrar métricas que, independientemente de su rigor y aplicabilidad, puedan apuntar en sentido contrario. En definitiva no es un estudio científico, sino un documento político conservador con conclusiones pre-establecidas (“la desigualdad es un mito”) que busca el instrumental analítico económico que le permite sustentar la hipótesis inicial. Esto ya de por sí debería hacernos sospechar acerca del rigor científico del estudio, pero merece la pena detenerse siquiera cinco minutos para desmontar algunas de las afirmaciones del documento.

Todos los estudios, análisis e indicadores de desigualdad apuntan en la misma dirección por lo que la primera parte del estudio se dedica a “desmontar” este tipo de indicadores. Como todo estudio con conclusiones pre-establecidas (es decir, no científico) peca de falta de rigor a la hora de justificar sus conclusiones que hacen aguas fuera del marco político que quieren apuntalar. Pretende el panfleto de Rallo –que sería publicado en ninguna revista académica seria, por lo que tienen que publicarlo en un think tank neo-pinochetista- medir la desigualdad mediante la renta, el consumo y la riqueza.

Con respecto a la desigualdad de la riqueza el estudio hace una afirmación sorprendente: no es relevante. En la medida en que lo importante es la renta que genera esa riqueza, y como se distribuye esa renta, la riqueza en sí misma y su concentración no les merece ningún interés. Parece por tanto que la riqueza es una variable que nace de la nada, que no tiene una explicación económica, y por tanto cuya existencia y distribución para la economía son irrelevantes. Claro, esa idea viene dada por el nuevo conservadurismo que imagina la riqueza como “naturalmente” otorgada en función de la valía de los individuos –y que recuerda mucho al espíritu capitalista Weberiano, remozado con nueva vestimenta técnica del siglo XXI-. Sí, en esta concepción de la riqueza, unos son ricos porque tienen más capacidades –se lo merecen- y otros son pobres porque son inferiores, han elegido prepararse menos y por tanto su retribución es inferior y su acumulación de riqueza también. Hay que reconocer a Rallo et al. estan en línea con las principales corrientes conservadoras en este momento, representadas en economistas tan importantes como Greg Mankiw, que hace poco escribía un trabajo llamado “En defensa del 1%”. En él se defiende que la diferencia de renta entre diferentes grupos sociales se debe a la diferencia de talento, de forma que las personas más “inteligentes” tienen más probabilidades de tener éxito económico y por tanto de pertenecer a ese 1%. Pero va aún más allá, defendiendo que estas diferencias pueden llegar a ser genéticas (11% concretamente). De esta forma, si tenemos la suerte de nacer en una familia del 1%, tendremos grandes posibilidades de continuar perteneciendo a ese estrato social, porque heredaremos la inteligencia de nuestros padres. Como suena.

La distribución de la riqueza no es un determinante de la desigualdad en un país, estupendo. Ni qué decir tiene que el proceso de acumulación de la riqueza ni tan siquiera se acerca la descripción teleológica que presenta este tipo de literatura y a la que implícitamente se adscribe el estudio. La producción de un país se suele medir mediante la variable PIB, que mide el valor total de la producción de un país durante un año. El PIB puede medirse mediante la óptica de la demanda, de la oferta o de la renta. Cada una de estas ópticas son equivalentes (dan el mismo resultado), pero nos permiten identificar repartos diferentes de esa producción. La óptica de la renta nos permite ver por ejemplo como se reparte la producción que se genera en un país entre salarios, beneficios e impuestos. El reparto de esa producción entre los diferentes grupos sociales determina una estructura de la renta y una distribución de la riqueza concreta. Esta distribución se da inicialmente en el mercado de trabajo (por eso se llama distribución primaria de la renta), de forma que la producción se reparte entre trabajo y capital. Ni qué decir tiene que la mayor parte de la renta de las últimas décadas ha ido a parar a manos del capital en detrimento del trabajo, principalmente como consecuencia de las reformas laborales – de PP y PSOE- que han debilitado las estructuras que defendían, en esa distribución primaria de la renta en el mercado de trabajo, las organizaciones y órganos de representación de los trabajadores.

Ni qué decir tiene que existe abundante evidencia empírica que señalan esta tendencia. Piketty ha mostrado en sus trabajos esta acumulación y la ha medido en diferentes momentos y lugares. Utiliza por un lado los datos de las declaraciones de hacienda –datos fiscales- y por otro los datos de las retribuciones de los deciles más elevados de renta. Esto permite por un lado ver la renta que se ha generado (retribuciones), y por otro ver cómo se acumula esta renta (a través de los datos fiscales de los más ricos, los deciles más altos). Rallo critica este enfoque con una debilidad sorprendente: nos dice que estudiar solo los deciles superiores con respecto a los inferiores no permite ver la distribución de la renta en los demás estratos de población. Claro, porque lo que queremos es ver cómo acumula la parte más rica respecto a la parte más pobre de la sociedad, que es la definición de desigualdad (acumulación de la renta en unas pocas manos), que es lo que a Rallo et al. no le interesa.

Este curioso enfoque hace que Rallo ignore los trabajos que actualmente se utilizan a nivel académico internacional para estudiar la desigualdad. Por ejemplo, ignora el importante estudio de Alvaredo y Saez (2009), donde se estudia la evolución de la desigualdad en España –medida como diferencia entre el porcentaje más rico y más pobre de la población- y que muestra cómo desde los años 80 la proporción de la renta que va a parar a la parte más rica de la población se ha incrementado de forma notable principalmente debido al incremento de los salarios más elevados y de las ganancias de capital. Igualmente muestra que la riqueza financiera, abrumadoramente mantenida por la parte más rica de la población, no ha hecho sino aumentar. Estas tendencias también se muestran en Alvaredo (2013), Ayala (2013), y por supuesto confirman las tendencias mostradas por autores como Piketty o Atkinson. Esto por centrarnos en la literatura académica y no mencionar informes Foessa 2015, Oxfam 2016, OCDE 2015, Parlamento Europeo 2015, Cáritas 2013, OIT 2015, etc.

¿Cómo puede por tanto afirmar Rallo et al. que España es uno de los países con menores índices de desigualdad? Primero porque ignora las medidas que más le conviene (ignorando toda la evidencia en contra) y toma solo aquellas que permiten sustentar su conclusión. Una de ellas es la distribución de la renta, donde concluye que España es uno de los países menos desiguales. Rallo ofrece honestamente la explicación de este resultado: en España la vivienda tiene un gran peso en la riqueza de los hogares, y hay una gran parte de la población que es “propietaria” lo que comparado con otros países, hace que la desigualdad de la riqueza se mitigue en nuestro país. Claro que esto no deja ver que la práctica totalidad de las viviendas de las familias españolas en realidad no son de dichas familias, sino de los bancos con los que mantienen una hipoteca. Tampoco tiene en cuenta la enorme diferencia entre los precios de mercado y los valores faciales de las hipotecas causadas por el estallido de la burbuja inmobiliaria, y que mantiene secuestrado el patrimonio de millones de familias durante décadas, a pesar de que ello contabilice como “riqueza” en el planteamiento de Rallo. Tampoco tiene en cuenta que el esfuerzo que supone el pago de la vivienda en España –la principal fuente de riqueza de los españoles para rallo- es de más de 6 años de salario bruto –de los más altos del mundo-. Tampoco tiene en cuenta que se recomienda que la proporción dedicada a la vivienda debe ser inferior al 33% del salario, mientras que en España es del 35%.

Reconoce Rallo -aunque no recoge en sus conclusiones- el hecho de que países como Suecia, con índices de desigualdad de la riqueza mayores que en España, el estado actúa de canalizador del ahorro, de forma que los ciudadanos de dichos países tienen menos necesidad de mantener riqueza para hacer frente a las contingencias que los españoles, con un estado del bienestar menos desarrollado, tienen que mantener. Curioso que por un lado utilice esta medida para afirmar que “España es uno de los países más igualitarios en la renta” para reconocer acto seguido que esto se debe a un menor desarrollo del Estado de Bienestar de forma que los españoles tienen que tener una mayor proporción de riqueza para hace frente a las contingencias de la vida. ¿Es esto algo positivo? Evidentemente no, pero esta conclusión la omiten del estudio.

Vayamos con más indicadores que se utilizan en el mitológico informe, la desigualdad de la renta, según la se reconoce en el estudio que en efecto, si comparamos España con otros países, encontramos una mayor desigualdad. Pero esto, en un estudio cuyas conclusiones están pre-establecidas no puede simplemente aceptarse, de forma que buscan el método para ajustar esta variable y para que concuerde con su conclusión de partida. Encuentran dos ajustes contables que incluyen en la contabilización de la renta de forma que esta desigualdad desaparece o por lo menos se mitiga. El primer ajuste es la “imputación de alquileres”, que nos dice que toda persona que posee una casa, está ahorrándose un alquiler que Rallo et al. contabilizan como renta. Aunque los hogares no perciban esa renta, la tienen en su cuenta corriente todos los meses al no tener que pagar un alquiler. Como anteriormente se ha dicho dado que la proporción de población en España que tiene casas en “propiedad” es superior a otros países del entorno, este ajuste tiene un mayor efecto en España, reduciendo la desigualdad medida en términos de renta. Pero esos alquileres, querido Juan Ramón, nadie los percibe realmente fuera del artificio teórico de este estudio. Además, como se ha dicho, dado que la mayor parte de las viviendas son compradas mediante créditos bancarios, habría que descontar al supuesto alquiler que se imputa, el coste del préstamo, lo que probablemente se neutralizaría entre sí. Esto tampoco lo señala el informe, como tampoco señala que para incluir esas rentas, se tienen que estimar, y no hay estimaciones fiables ni series completas, y en un mercado inmobiliario como el español, con poco desarrollo del mercado de alquiler, esta estimación tiene todas las papeletas para ser completamente inverosímil (de hecho utiliza dos estudios con metodología diferente, de dos años diferentes que incluyen estas imputaciones, por lo que las conclusiones son de difícil digestión intelectual).

El segundo ajuste que realiza para concluir lo que necesita en términos de desigualdad de la renta, son las rentas que los españoles perciben en forma de “especie” mediante los servicios provistos por el estado de bienestar. ¡¡¡Pero bueno!!! ¡¡Un liberal admitiendo que el Estado de Bienestar reduce las desigualdades!! Esto hace saltar todas las alarmas, porque por supuesto que el Estado de Bienestar reduce las desigualdades, pero leerlo con la firma de Rallo parece algo completamente exótico por no decir, esotérico. Una persona cuyo leit motiv intelectual es luchar contra el estado, y que ha argumentado en numerosas ocasiones en contra del Estado de Bienestar y su existencia, ahora lo utiliza para argumentar que España no es tan desigual como muestran todos los indicadores y estudios. Lo mejor es que reconoce que incluyendo estos servicios, los demás países tienen un ajuste similar a España (entorno a un incremento del 20%), lo que nos deja exactamente igual en nivel relativo a los demás países. Esto es, reconoce que el Estado de Bienestar reduce las desigualdades –por lo que tendría que borrar o por lo menos renunciar a todos sus anteriores estudios en contra del Estado de Bienestar, o simplemente decir que la desigualdad existe pero no le importa- pero esa reducción también se da en los demás países, por lo que relativamente deja en el mismo lugar a España.

Las dos últimas medidas que se utilizan en el estudio es la desigualdad en el trabajo y del consumo, concluyendo para la primera, que España es uno de los países que mayor desigualdad genera por desempleo. Evidentemente esto se debe a la escasa protección por desempleo que existe en España (actualmente entorno a la mitad de desempleados no cobran ningún tipo de subsidio), junto con las políticas de austeridad y recortes que provocaron la recesión 2011-2013. Por ello es igualmente sorprendente que el informe diga que para terminar con esta desigualdad hay que…. liberalizar más el mercado de trabajo (profundizar en la tendencia que nos ha llevado hasta aquí) en línea con lo que Rallo argumenta en su último libro –que aprovecha para publicitar en el estudio.

Respecto al consumo, Rallo argumenta que en España existe una menor dispersión en el consumo que en otros países. Claro, lo que no cuenta es que para que una familia de clase media pueda alcanzar ese nivel de consumo, y debido a las caídas salariales que se han experimentado –por esa distribución primaria de la renta que no le interesa a Rallo-, es necesario que acuda al endeudamiento. Es claro que el consumo en España ha sido espoleado por el endeudamiento, fruto de un reparto desigual de la renta, y lo que ha provocado que España tenga uno de los endeudamientos privados más altos de la eurozona. En esto tiene mucho que ver la burbuja inmobiliaria –que para Rallo es riqueza de los hogares-, junto con las reducciones salariales experimentadas en la periferia del sur de Europa, y el consiguiente endeudamiento para sostener el consumo. No, una menor dispersión en el consumo en absoluto se puede tomar como un indicador del menor índice de desigualdad de un país.

En conclusión, se agradece que Rallo et al hayan tenido a bien mostrar a pesar suyo que, mediante una reducción al absurdo, es imposible afirmar que España es uno de los países menos desiguales del mundo, aunque para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Todos los informes así lo señalan, y todos los indicadores tanto de concentración de la renta como de privación material así lo muestran. El estudio es una pieza única del planteamiento neo-conservador, donde tratan de generar circunloquios lógico-teóricos para sustentar proposiciones que cuestionen realidades objetivamente observables. El trabajo de Rallo está plagado de este tipo de artefactos intelectuales. No es que trate de explicar la realidad desde otro punto de vista, o desde otro marco teórico, es que trata de cuestionar la realidad misma, para que cuadre con su enfoque que por otro lado es objetivamente incompatible con la realidad. Como la desigualdad es uno de los puntos a los que los partidos nuevos están dirigiendo su carga política, Rallo et al. quieren alimentar la oposición a estos partidos tratando no de modificar la realidad, sino de adaptarla a la narrativa conservadora.

Más preocupante es que esto se haga con la desigualdad pues está diciendo a todas esas personas que sienten la miseria en sus carnes, que no pasa nada porque esa miseria no es real. Que los 10 millones de personas en riesgo de pobreza (es decir que hoy viven ya por debajo del umbral de la pobreza y que tienen muchas probabilidades de estar en la misma situación el año que viene) solo tienen que imputarse el alquiler que no pagan para comer. Que la reducción salarial que se ha producido -mostrado por los datos de la AEAT- y que ha provocado que los españoles hoy tengan el salario más bajo desde 2007, no es verdad. Que los más de 90.000 ricos que Crédit Suisse nos dice que han incrementado entre 2013 y 2014 no son verdad. Nada de esto es real: no hay que luchar contra la desigualdad, porque en España no existe, o es mucho inferior de lo que es en otros países más ricos. ¿No les suena demasiado a la teoría maltusiana en contra de las leyes de pobres en el siglo XIX porque generaban vagos? ¿Por qué suenan tanto los análisis “liberales” a la economía del siglo XVII y XIX? La deriva del conservadurismo en España está adquiriendo tonos realmente preocupantes.


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