El pacto de derechas y el feminismo

28 feb 2016
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Beatriz Gimeno
Escritora, activista y Diputada de PODEMOS en la Asamblea de Madrid

El supuesto pacto firmado día 24 entre PSOE y Ciudadanos es toda una declaración de intenciones para un gobierno de derechas. Entre las muchas renuncias del PSOE con respecto a lo que ha sido no sólo su programa electoral sino su trayectoria hasta el momento figura la renuncia a la exigencia de permisos de paternidad iguales a los de maternidad e intransferibles; una exigencia que el PSOE no sólo ha votado varias veces favorablemente en el Congreso de los Diputados, sino que pocos días antes reafirmaba enfáticamente en un acto celebrado en el mismo Congreso. Ciudadanos, por el contrario, se presentó a las elecciones con un programa que le ha valido el calificativo entre las feministas de “partido machista”. Aun así, es muy significativo que haya apostado por introducir en el pacto con el PSOE una cuestión que podría parecer menor, como es la rebaja del compromiso del PSOE de apoyar estos permisos de paternidad para asumir lo que el partido machista llevaba en su programa: permisos que seguirán siendo una especie de regalo a los padres, en absoluto iguales a los permisos de maternidad. En todo caso, esto demuestra que la cuestión no es menor.

El día 22 de febrero, dos días antes de que se firmara el Pacto, se celebró el Día por la Igualdad Salarial que pasó más o menos desapercibido quitando algunos artículos y las consiguientes campañas de partidos y sindicatos. ¿Igualdad salarial a estas alturas? Este debería ser un objetivo de primer orden para el feminismo porque además de la injusticia que supone esta desigualdad en sí misma, está en la base de muchas otras discriminaciones. Acaban también de terminar en Madrid las jornadas que exigen un Plan B para Europa y en ellas las feministas hemos reivindicado un Plan B para las mujeres europeas. Pues la igualdad salarial tiene que ser un punto prioritario de ese Plan B y debería estar incluido también en cualquier reforma o proceso constituyente. Parece fácil, esta es una reivindicación a la que todo el mundo se suma alegremente ya que la discriminación está legalmente prohibida y socialmente proscrita. Sin embargo, legislar para conseguir la igualdad salarial supone, para empezar, elevar los salarios de la parte de los trabajadores que ganan menos, los que ganan el salario mínimo que son, oh sorpresa, en un 73% mujeres. Esto requiere cambios económicos profundos a los que el sistema neoliberal se resiste, obviamente. Recordemos que en EE.UU por ejemplo, la batalla del feminismo para aprobar una enmienda constitucional que garantice la igualdad entre hombres y mujeres ha durado todo el siglo XX, y no se ha ganado. Si la igualdad salarial se constitucionalizara y fuera posible reclamar esa igualdad ante los tribunales, muchas prácticas empresariales, mucha explotación, muchos convenios, mucha política económica, tendría que cambiar. Las mujeres son (somos) las que cobran el salario mínimo y los salarios más bajos en general; somos quienes estamos sometidas a la mayor parte de los contrarios precarios y temporales. Esto demuestra que las mujeres siguen siendo el ejército de reserva de trabajadoras baratas y precarias que han sido históricamente en momentos de crisis. Pero que esto siga ocurriendo con tanta facilidad y sin que exista una clara conciencia social o política que exija soluciones, tiene que ver con asunciones culturales (y simbólicas) muy arraigadas. El salario de las mujeres aún no es considerado del todo salario principal, sino complementario del salario del proveedor principal, que suele ser un hombre. Las empresas siguen considerando (y utilizando a su favor) que las mujeres, como trabajadoras, están menos comprometidas con el trabajo remunerado y son más inestables porque se supone que ellas son las cuidadoras principales de la prole y de las personas enfermas y dependientes. Y eso las convierte en trabajadoras menos disponibles. Y es cierto que son las cuidadoras principales y es verdad también que esa carga de trabajo no remunerado presiona muy importantemente sobre el trabajo remunerado. Pero eso no es una elección de las propias mujeres, sino una discriminación intolerable.

El trabajo no remunerado que realizan las mujeres es imprescindible para la sociedad pero es, al mismo tiempo, fuente de discriminación salarial, de precariedad, de temporalidad, de salarios mínimos y finalmente, de pensiones menores; en definitiva, de mayor pobreza. Pero no sólo. Es fuente también de dependencia económica que, a su vez, está muy relacionada con la violencia machista. Aunque cualquier mujer puede sufrir esta violencia la dependencia económica siempre complica el abandono del hogar, y más aún si hay hijos. Cuando el movimiento feminista y los partidos políticos feministas estamos tan preocupados en la lucha contra las violencias machistas no debemos olvidar que la violencia económica es una más de estas violencias y un factor muy importante también en el desencadenante de la violencia física. Que las mujeres, más preparadas desde el punto de vista formal, que trabajan más horas, que trabajan la inmensa mayoría de las horas extras no remuneradas, que realizan tareas imprescindibles para que la vida continúe, sigan teniendo salarios más bajos, debería ser objeto de la reclamación de todos los partidos políticos que se dicen partidarios de la igualdad de género (excluyo a Ciudadanos y al PP)

Acabar con la presunción injusta de que las mujeres “quieren” abandonar su carrera laboral para dedicarse en exclusiva al cuidado de los hijos e hijas es imprescindible para acabar con la mitología que nos convierte en menos comprometidas con el trabajo remunerado o menos necesitadas del mismo y con todo lo que de ahí se deriva en términos de discriminación laboral, y derivada de ésta muchas otras. Pero, sí, cuidar de la prole es necesario, y no es sólo una obligación, es también un derecho. Una obligación personal y social, y un derecho de las madres y de los padres también. Y es ahí, donde entran los permisos paternales iguales e intransferibles que buscan provocar un cambio real, pero también un cambio simbólico y cultural imprescindible. Como nadie se atreve a decir nada en contra de la igualdad los partidos llevan años comprometiéndose con la aprobación de estos permisos parentales que han sido de las primeras cosas en caer en el pacto para un gobierno de derechas que acaban de firmar PSOE y Ciudadanos. Es un retroceso sobre lo pactado por el PSOE con el feminismo y da idea de su compromiso real con la igualdad. También nos demuestra que oponerse a la igualdad entre mujeres y hombres (aunque sea con subterfugios) es lo que sigue haciendo la derecha. Las feministas tenemos que decir NO a este pacto antifeminista.


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