Hay que decir para poder hacer

05 mar 2016
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Beatriz Gimeno
Escritora, activista y Diputada de PODEMOS en la Asamblea de Madrid

Es, quizá, una pena que la mención a la “cal viva” se comiera el resto del discurso de Pablo Iglesias porque este tenía mucho de verdad. Fue un discurso de ruptura con todo lo existente, un discurso real, un discurso nítido a favor de la gente, en contra de los poderosos, como ya nunca se escuchan. No un discurso de centro, ni de centralidad, ni moderado, ni un discurso siquiera parecido a los demás discursos, todos intercambiables y vacíos. Un discurso que buscó apoyarse en los orígenes para proyectarse hacia el futuro; un discurso que recuperaba nuestra historia, tantas veces silenciada, enterrada por la cultura oficial, y tantas veces también burlada. Un discurso que, como era previsible, generó en los medios y también en el parlamento reacciones exageradas, sobreactuadas, como ocurre siempre en esta época de guerras culturales en las que el principal empeño del neoliberalismo es el de no dejar nacer, siquiera poder pensar, cualquier atisbo de alternativa al mundo que han construido. Y, al final, esto es de sobra conocido, las opciones políticas se limitan a moverse dentro de los límites, ineludibles, del capitalismo global y los intereses de los poderosos. Esa sobreactuación es conocida; la vienen practicando hace mucho y está muy manida. No podemos mencionar la cal viva (hecho probado), pero ellos si pueden decir, sin que nadie se escandalice, que todo es ETA. Cualquier mención a la realidad, a la explotación, a la injusticia social, cualquier mención que se salga de lo políticamente permitido, genera risas, insultos, murmullos, increpaciones, palabras altisonantes; todo con la intención de que no se escuche lo que decimos. Pablo Iglesias consiguió que se le escuchara.

El discurso del PSOE es, desde hace años, un discurso netamente neoliberal en lo económico, bienintencionado en lo social, más compasivo que el del PP, menos brutal, pero lleno de lugares comunes que no quieren decir nada, humo; lleno de guiños culturales y generacionales que pretende hacer pasar por otra cosa, pero ni una sola medida económica real que pueda, ni remotamente, transformar la realidad hacia donde necesitamos. Un discurso plano que les permite votar con el PP en Europa, pactar con Ciudadanos aquí y que les permitiría también pactar con el PP si no fuera porque nuestra historia, aun en la memoria de muchos y muchas, lo hace difícil. Otros parlamentarios han hecho y hacen discursos parecidos al que hizo el otro día Pablo Iglesias (Labordeta, Baldoví, Garzón…) pero siempre desde los márgenes numéricos del sistema, lo que permite presentarlos como posiciones exóticas, casi pintorescas, la cuota de rareza que la democracia exige. Pero Iglesias ha hablado por cinco millones de votantes, apenas 350.000 menos que el PSOE. El peligro para ellos es, pues, evidente, que la realidad de nuestras vidas vuelva a escucharse desde las instituciones; que tengamos altavoces, opciones para hacernos oír, que la realidad supere el cordón sanitario de los medios de comunicación.

En todo caso, lo más importante es situar este discurso en el contexto europeo. Hay que volver a pensar en Europa como pensábamos al principio de la crisis; y hay que hacerlo desde la convicción de que es necesario romper el monopolio neoliberal de las políticas europeas, para lo cual hay que visibilizar primero que lo son, que son políticas no inevitables, sino ideológicas, y por tanto podemos cambiarlas, hay alternativas. Para cambiar esta Europa hay que enfrentarse a lo existente y es obvio a estas alturas que la socialdemocracia no tiene ningún interés en dar ese paso; lo demuestra cada día con sus votaciones en el parlamento (más del 80% de las veces con el PP) y con su implicación en la política neoliberal que nos imponen, con su negativa, por ejemplo, a paralizar el TTIP. Cambiar estas políticas supone enfrentarse radicalmente a la actual construcción política y a sus instituciones económicas, al FMI, al Banco Mundial; y supone retomar la vieja idea de la justicia social, del valor de cada vida humana y la dignidad de todas ellas. El cambio pasa por pensar, por exigir, por buscar hacer políticas para redistribuir la riqueza, lo que implica, para empezar, un cambio radical de toda la política fiscal. Para hacer políticas para la gente, para las mayorías, políticas en contra de los poderosos, también es necesario cambiar un determinado marco mental que es, en realidad, una losa sobre nuestras cabezas; la idea de que esto es irreversible. Hay que cambiar el sentido común acerca de las políticas necesarias, las políticas justas, quién las decide, lo que es posible y lo que no; lo que es pensable y lo que no. Para todo ello, hay que decir, nombrar, como paso previo e ineludible.

Y en este sentido, es obvio que ya se percibe un cambio. La gente empieza a darse cuenta de que esto va, lioteralmente, de nuestras vidas. El otro día leí un informe sobre las muertes que está provocando en Gran Bretaña un programa de altas adelantadas para ahorrar en camas. La gente empieza a darse cuenta de que esto no va “únicamente” de que mucha gente ha perdido el trabajo o su casa, o de que los sueldos no dan para vivir. De que esto va en realidad de estar enfermo y no tener acceso a la medicina que cura, que existe, pero que es muy cara y no la suministran. Que esto va de necesitar una operación y que no te den cita a tiempo o no te puedas operar directamente; o de tener que terminar los días en una residencia en la que nadie viene a levantarte si de noche te caes de la cama. O de no poder pagar una máquina que ayuda a tu hija a respirar. O de trabajar toda la vida para acabar con una pensión de 400 euros. Esto ya no va de gente a la que le pasan cosas desgraciadas, que tiene mala suerte, que hace malas elecciones, sino tiene que ver con un sistema que va, directamente, a por nuestras vidas. Y no hay sistema que pueda soportar la explotación brutal y la injusticia sin que las víctimas se revuelvan tarde o temprano. Para que el cambio sea posible es imprescindible desvelar claramente la traición de la socialdemocracia europea, su conversión en lo que algunos llaman “neoliberalismo de izquierdas”.

Las cosas están cambiando, lentamente, pero están cambiando. Syriza fue el primero. Grecia es demasiado pequeño y no pudo torcer el brazo de Alemania. Pero ya no es sólo Grecia; es también Corbyn en Gran Bretaña, tratando de librarse del blayrismo, y denunciándolo; y es también, por fin, Podemos en España. Pero, como decía el otro día Ignacio Ramonet, tiene que surgir un Tsipras (el primer Tsipras) o un Varoufakis en Francia o Alemania. Y ocurrirá, tarde o temprano va a ocurrir. Estos días pasados saltaba una noticia que ha pasado relativamente desapercibida y que, seguramente no va mucho más allá, pero es un síntoma. Algunos diputados/as del Partido Socialista parecen haberse plantado ante el neoliberalismo de Hollande, aunque esa noticia ha sido silenciada y es posible que no llegue a nada. Martine Aubry, la socialista que implantó las 35 horas, ha publicado, junto a otros socialistas, un manifiesto en el que denuncia la deriva neoliberal del tándem Hollande/Valls. “Demasiado es demasiado (…) Es el camino al que hay que volver, simplemente el de la izquierda!”, escribe Aubry. La reforma laboral que ha presentado Hollande estos días no se distingue mucho de las presentadas aquí por el PP, comenzadas antes por el PSOE.

Desvelar primero, mantenerse firmes ante la algarabía mediática, y (re)construir; (re)construir discursos, historia, marcos mentales, ilusiones, esperanzas, ideología, nuestras vidas. No estamos solos ni solas, ni empezamos de cero. Hay que hacer y hay que decir, y el otro día Pablo Iglesias dijo mucho para poder hacer lo necesario pronto.


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