Against modern football

04 Ene 2017
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Javier Haro Celdrán
Estudiante del Máster en Economía Internacional y Desarrollo

2017 ya ha empezado y algunas cosas cambian, pero siguiendo una trayectoria perfectamente definida de manera que pueden sorprender en su forma, pero el fondo está claramente predeterminado. El pasado 9 de diciembre conocimos los cambios que adoptará el Atlético de Madrid a partir de la próxima temporada: nuevo escudo y el nombre del que será su futuro estadio. En lo que se refiere a los clubes de fútbol, cualquier reforma que modifique algún elemento tradicional irá siempre acompañada de polémica, en tanto que tienen una inmensa masa social detrás con una implicación sentimental muy importante hacia una institución que sienten como suya propia. Sin embargo, conviene analizar la cuestión de fondo según la lógica de poder que ordena todo este proceso de mercantilización del fútbol.

El Atlético jugará a partir de la próxima temporada en el Wanda Metropolitano, es decir, una combinación del nombre del consorcio chino propietario de un 20% del capital del club con el del antiguo estadio previo al Vicente Calderón. En cuanto al logo, se ha modificado haciéndolo más moderno, con una forma más redondeada y, en definitiva, convirtiéndolo en lo que es: el logotipo de una marca. Y por supuesto, como en el resto de equipos de élite, estos cambios se realizan totalmente de espaldas a los que en última instancia le otorgan su razón de ser. Estos días ha vuelto a ser de actualidad la crisis institucional y deportiva que padece el Valencia CF (propiedad de Peter Lim, empresario multimillonario de Singapur), con la dimisión de su entrenador Cesare Prandelli. Sin entrar en valoraciones deportivas, merece la pena prestar atención a la idea principal que expuso en la rueda de prensa: los equipos de fútbol están dirigidos por personas de números, situadas en muchos casos a miles de kilómetros de distancia.

Desde hace unos años se viene hablando de “fútbol moderno” para designar este fenómeno de transformación de los equipos en entidades transnacionales insertas en el mercado mundial, cuyos principales activos son los jugadores y que, como no puede ser de otra manera, subordinan a aquellas ligas o equipos menores que se convierten a veces en meros proveedores de los grandes, con esperanzas de obtener beneficios que les permitan afianzarse en sus ligas internas a la vez que ganarse algún espacio comercial en el exterior. La esencia del capitalismo reflejada en un deporte cuyos verdaderos dueños aprovechan cualquier ocasión para pedir que “por favor, no se mezcle el fútbol con la política”, a la vez que llegan imágenes de los palcos donde se puede ver a representes del poder político y económico en perfecta armonía.

El fútbol, como todo lo demás, está atravesado transversalmente por la política (y, por tanto, por la economía, en la medida en que los procesos económicos tienen lugar en un contexto histórico configurado normativamente por la política) no solo por generar actores importantes en la economía mundial, manejados a su vez por representantes de las élites de otras áreas, sino porque su carácter pasional unido a ser absolutamente mayoritario en casi todos los países lo convierte en una vía de escape para la expresión social de fenómenos que existen pero pueden pasar más desapercibidos, como el racismo, el machismo o la homofobia; así como en un amplificador de distintos elementos consustanciales al territorio donde tiene su casa cada equipo. Se podría hablar de una politización en doble sentido: por un lado, la que se refiere a la transformación del deporte en uno de los negocios más lucrativos del mundo (como dice Eduardo Galeano en “Fútbol a sol y sombra”) y su puesta al servicio de las oligarquías; y por otro, la que hace del fútbol un canal de transmisión de algunos de los peores rasgos de la sociedad pero también un frente de masas desde el que se construyen alternativas y se manifiestan las reivindicaciones de un colectivo. Dicho de otra forma, el carácter político inherente al fútbol puede ir desde arriba hacia abajo, pero también desde abajo hacia arriba.

Teniendo esto en cuenta, la posición desde la izquierda (que tradicionalmente ha considerado el fútbol como un elemento de distracción y alienamiento) debería virar aún más hacia la conquista desde abajo de un espacio que ocupa un lugar tan importante.  Un ejemplo de ello ha sido el Rayo Vallecano. En su libro “¡A las armas!” Quique Peinado habla de cómo este equipo del sur de Madrid ha sido politizado por su hinchada, los Bukaneros, haciendo del orgullo de barrio su principal pilar, un barrio en el que están presentes la mayoría de condicionantes necesarios para que la reivindicación sea continua y parta desde su posición periférica dentro de una gran ciudad hacia el conjunto de la clase trabajadora que es la que puebla sus calles y cuyos intereses son comunes en toda la geografía. Este hecho es especialmente visible en las declaraciones de David Fernández, político de las CUP y por tanto independentista, recogidas en el mismo libro y donde habla de su amor por el Rayo como una elección consciente, de clase, cuyos motivos se reflejan perfectamente cuando afirma que “la camiseta del Rayo es la que suda Vallecas”. Y el proyecto de nación que se defiende desde las posturas independistas de las CUP, valorando únicamente sus aspiraciones políticas y no su estrategia, pretende superar las contradicciones que son tan visibles en barrios obreros como Vallekas, ya rebelde desde su propia denominación extraoficial. Lo que en principio parece ser una contradicción (un profundo defensor de la independencia de Cataluña es seguidor de un equipo de la capital española por elección propia) es, realmente, algo plenamente coherente. Es la politización desde abajo hacia arriba que mencionaba antes, el intentar construir una respuesta a las relaciones de poder que el capitalismo determina que deben regir todos los aspectos vitales. Recuperar un deporte del pueblo que le ha sido robado, pero a la vez trascendiendo el ámbito del fútbol porque los equipos son mucho más que eso.

La mercantilización del fútbol ha provocado distintas reacciones, pero la más clara es la consolidación del fenómeno del fútbol popular. Un grupo de aficionados del Manchester United no soportó ver a su equipo como una posesión de unos multimillonarios estadounidenses y creó el FC United of Manchester, un club totalmente propiedad de sus aficionados. Dicho modelo fue importado por el CAP Ciudad de Murcia y se ha extendido en una red por todo el Estado: UC Ceares (Asturias), FC Tarraco (Tarragona), Unionistas de Salamanca… La motivación de cada lugar suele ser la desaparición de su equipo por causas económicas, algo lógico ya que la inmersión en el fútbol negocio implica ganadores y perdedores como en cualquier caso de competencia desigual, con una mayor virulencia debido a la estrecha relación de los equipos de fútbol con sus entornos económicos a través de sus propietarios. Así fue en el caso del Ciudad de Murcia, del que hablaré más por cercanía y por haber poblado su grada un par de temporadas.

Para ser accionista del Ciudad de Murcia basta con pagar 50 € semestrales para poseer una acción, el máximo permitido, y así se puede participar de forma asamblearia en todas las decisiones del club. Se garantiza de esta manera una estructura horizontal que impide la acumulación de poder en algún sector. El equipo es de todos los aficionados y desde su propia configuración legal atenta contra el funcionamiento del fútbol negocio en el que se avanza atendiendo únicamente al criterio de la rentabilidad. Pero su implicación no termina ahí. A lo largo de las temporadas se han celebrado jornadas contra el racismo, la homofobia, en colaboración con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o con la Plataforma de Refugiados en Murcia. Cuenta con secciones de fútbol de mesa, fútbol adaptado y desde esta temporada también con primer equipo femenino (el cual utiliza la misma denominación que el masculino, no añade el término femenino o féminas como es habitual).

Aunque el objetivo tanto del Ciudad como del resto de equipos que componen el fenómeno del fútbol popular sea, por supuesto, llegar a lo más alto posible, está claro que sus éxitos en ese camino están limitados y no se puede aspirar a competir a altos niveles sin someterse a la lógica imperante. Sin embargo, su labor en esa politización de abajo hacia arriba es importantísima para recuperar un deporte del pueblo que le ha sido arrebatado y dinamizar las zonas donde juegan estos equipos para construir comunidades en torno a elementos de dignidad e incluso de conciencia de clase, que sean la bandera de sus clubs y esta sea llevada por su gente.

Decía también Galeano en la obra citada antes que “Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato (…)”. Es cierto que todo el mundo necesita cierta distracción, una pequeña dosis de opio, pero quizá a la vez que uno se siente un alguien puede ayudar a que los nadies por fin dejen de serlo.


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