Si Donald Trump gestionara la Seguridad Social española

02 Abr 2017
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José Antonio Nieto Solís
Profesor Titular de Economía Aplicada (UCM) y miembro de econoNuestra

Si Trump tuviera en sus manos la Seguridad Social española, se la cargaría. No hay duda. Lo está intentando con el Obamacare, pero el tiro podría salirle por la culata. Él piensa que la prevención y los cuidados sanitarios son demasiado costosos y poco eficientes para el sistema, comparados con el gasto militar. El presidente de EE.UU. prefiere que la gente no tenga seguros médicos (en especial los inmigrantes), o los contrate de manera privada (quien pueda pagarlos); y lo peor es que esa “moda” está extendiéndose a otros países “civilizados”, como ocurrió en los años ochenta con la “filosofía” de Reagan y Thatcher. Porque, aunque nos disguste, el mundo parece converger hacia el modelo norteamericano, en lo económico y social, en lo cultural y en lo político, al menos en la estrategia obsesiva por buscar enemigos para defenderse de ellos, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

Donald Trump diría que los gastos sociales son inútiles, además de muy caros. Pero no lleva razón: la salud es esencial para el bienestar de las personas, además de mejorar la eficiencia de los sistemas productivos que nos sustentan (y hacen ricos a muy pocos, a costa de muchos). Si tan singular personaje manejara nuestro presupuesto de la Seguridad Social insistiría en que hay un desfase progresivo entre ingresos y gastos. Ahí sí lleva razón, porque el déficit de 2016 batió el récord que ya se superó el año anterior, hasta rebasar los 18.000 millones de euros, según datos provisionales del Ministerio de Empleo y los agentes sociales. Si los ingresos no aumentan, en 2017 el déficit podría superar el 1,7% del PIB. Y el presidente norteamericano culparía de ello a las bajas cotizaciones sociales; pero en eso se equivoca, porque las cotizaciones sociales suponen más del 80% de los ingresos de la Seguridad Social y han crecido por encima del 3% en el último año, pese a que la creación de empleo no ha sido tan consistente y beneficiosa como sería deseable. Es decir, los trabajadores hemos sufragado siempre nuestras prestaciones, e incluso la Seguridad Social ha tenido superávit muchos años, aunque ahora el Gobierno de España esté fulminando la hucha de las pensiones (como haría Donald Trump), sin ofrecer una alternativa a los recortes en los Presupuestos Generales del Estado.

El presidente de EE.UU. diría incluso que los gastos en protección social son mayores que los ingresos, además de estratosféricos. Y mentiría si dijera eso. En primer lugar, porque si se analizan los datos de las últimas décadas (véanse los detallados Informes anuales de la Seguridad Social), los ingresos y gastos sociales están prácticamente equilibrados; en realidad, los ingresos por cotizaciones sociales son mayores que los gastos, aunque la tendencia está cambiando debido a la elevada tasa de paro y al progresivo aumento del gasto en pensiones. Y, en segundo lugar, porque en España (que está en Europa y no en Norteamérica) los gastos en protección social representan poco más del 25% del PIB, mientras que la media de los países de la UE se aproxima al 30% (ver conceptos desglosados en los Informes de la Seguridad Social).

Si el actual presidente norteamericano gestionara los recursos de la Seguridad Social de los españoles, propondría alternativas mejores para gastar o invertir ese dinero con más rentabilidad para los grupos de presión que le apoyan y han sido decisivos para convertirle en la cabeza más visible de un sistema mundial que hace aguas en términos de eficiencia, equidad y estabilidad, como señalaría cualquier manual introductorio de política económica. Sin embargo, algo de razón tiene en su visión del mundo, porque hay una América profunda que piensa como él y porque en EE.UU. el complejo militar-armamentístico ejerce un impacto notable como estímulo de las inversiones, la innovación y la investigación y el desarrollo tecnológico, aunque ese estilo suponga una alternativa indeseable para el resto de la sociedad y del mundo. Pero Spain is different: aquí, y en casi todos los países, aumentar el gasto militar, como quiere Trump que hagan todas las naciones, implica recortar otras inversiones (en especial el gasto social y la cultura), además de asignar recursos a actividades que sólo benefician a una minoría de la población.

Si ahora la Seguridad Social gasta un 27% más al mes de lo que ingresa, el desfase supera los mil euros por afiliado y el déficit es creciente, ¿qué parece más lógico? ¿Optar por el modelo norteamericano, privatizando los riesgos de vivir y de “pasar a mejor vida”, o reforzar el malherido sistema fiscal europeo y el Estado del Bienestar, reduciendo las bolsas de fraude y apostando decididamente por crear empleo de calidad? No es necesario responder a esta pregunta; los hechos están decantándose por una opción clara: la actual Europa avanza, aunque a muchos nos pese, hacia el modelo norteamericano. Avanza hacia más privatizaciones, más aparente liberalización, y más desregulaciones que benefician especialmente a las grandes corporaciones. Somos prisioneros de lo que desde finales de los años ochenta se llamó el Consenso de Washington, una verdadera “arma de destrucción masiva” que se incrustó en la economía, en la política, en el mundo académico, en las relaciones internacionales y en el lenguaje de los medios de comunicación y de la gente a la que le gusta escuchar que los impuestos deben reducirse, aunque a la hora de la verdad sólo baje la imposición directa, mientras suben las tasas y los impuestos indirectos. Es decir, mientras se hace más regresiva la fiscalidad, base de lo que hasta ahora ha sido el Estado del Bienestar en Europa. Base de ese modelo que hoy parece diluirse, sobre todo desde que la UE apostó por la austeridad “exagerada y mal entendida”, inspirándose en el FMI, en la Troika y sus hombres de negro, y en la vuelta de tuerca que desde EE.UU. pretende darse ahora a esa filosofía, extendiendo la idea de que los organismos internacionales no sólo funcionan mal (lo cual tiene mucho de cierto), sino que son inútiles y prescindibles (lo que resulta muy peligroso, porque puede llevarnos a una situación de bilateralismo, desconcierto social y desorden internacional, similar al que prevalecía antes de la II Guerra Mundial).

Si Donald Trump mirara el gasto social en España, subrayaría que supone una cuarta parte del PIB; y eso le parecería excesivo, salvo si se dignara compararlo con la media de la UE, donde esa cifra es sensiblemente mayor. Pero Trump y quienes le rodean no se detendrían a analizar el gasto de protección social por habitante en paridad de poder adquisitivo, porque entonces verían (como reflejan los datos de la Seguridad Social) que la cifra media en la UE es un 15% superior a la española, y que las diferencias son aún más elevadas si se alude sólo a Europa central y del norte, comparada con Europa del Sur y del Este. Porque, desde que la “gran recesión” actual nubló interesadamente la visión de gran parte de nuestros políticos y economistas (neoliberales y afines), y cercenó la esperanza de vida y trabajo digno de la mayoría de la población, las diferencias dentro de Europa se han ampliado. No obstante, eso sirve de incentivo para que la UE se mire en el espejo del “renovado” modelo americano e insista en converger hacia él, con el permiso de nuestros democratacristianos y socialdemócratas. Décadas atrás, ambas familias políticas parecían apostar por la “economía social de mercado” y por la política fiscal de inspiración keynesiana, algo que hoy parece tan denostado como lo fueron las ideas de Keynes sobre el “orden” internacional cuando se creó el FMI: ese organismo clave que siempre presiden ilustres europeos, cuyos nombres no suelen pasar a la historia precisamente por la labor institucional que ejercen.

¿Está todo relacionado: globalización y disciplina fiscal, libertad económica y recortes sociales, seguridad ante todo pero no en materia de sanidad y educación públicas? Es probable que Trump opine que sí. Y los demás, ¿qué pensamos, qué hacemos? ¿Nos tragamos los Presupuestos Generales del Estado, aunque se nos indigesten y nos amarguen las torrijas de Semana Santa, la cervecita en verano, el turrón navideño y algo mucho más importante…?


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