Marine Le Pen, hada madrina de la clase obrera.

04 May 2017
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Guillermo Vázquez
Profesor de economía aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos

Los resultados de la primera vuelta de las generales en Francia no han dejado lugar para las sorpesas. El mapa electoral deja una imagen muy similar a la de 2012, un país partido en dos, salvo por el hecho de que la vieja guardia política apenas tiene presencia en esta “nueva” Francia. Centrándonos en la candidata de la extrema derecha, ¿cuál es la clave de su aceptación? Está claro que Le Pen es la favorita de la derecha nacionalista. Pero también lo es de una buena parte de electorado que no tiene por qué considerarse tan extremista.

Esta otra Francia es la de las clases medias deprimidas y forzadas a vivir al día. La de las clases humildes ahogadas por la actual crisis. La Francia de la inmigración que no es capaz de poner en práctica políticas de inclusión exitosas. La de los trabajadores y trabajadoras que ven como el tejido industrial y energético tradicional está en plena transición hacia un modelo centrado en las renovables y en manufacturas de alto contenido tecnológico. La de las deslocalizaciones al norte de África. La que ha visto como los gobiernos de Sarkozy y Hollande no han dado respuestas firmes frente a la crisis y frente a todo lo que se les venía encima. En definitiva, la de esa mayoría de ciudadanos que en parte importante no reside en las grandes urbes, aunque también, y que ve a los partidos tradicionales demasiado alejados de la sociedad y, en consecuencia, de la realidad. De “su realidad”. De “su país”. Y evidentemente, esta mayoría social, porque no son pocos, ha votado “cambio”. Y aquí está la oportunidad para unos, y el peligro para otros.

Debemos tener en cuenta que si bien la tasa de desempleo en Francia ronda el 10%, el riesgo de pobreza amenaza a casi un 14% de la población. Pero estas cifras se acentúan a medida que nos acercamos al cordón industrial y minero del país, donde los estándares de vida se han desplomado considerablemente en los últimos años. En muchas de las regiones donde Le Pen ha conseguido la victoria, el nivel de pobreza y desigualdad es alarmante para un país que se jacta de ser la sexta potencia económica del mundo. Paralelamente, el número de inmigrantes está cerca del 12% de la población, y está principalmente concentrado en estas zonas, así como en las grandes urbes del país. Más allá, Francia está viviendo un ascenso acelerado de la islamización de la sociedad, que se concentra principalmente en la población de origen árabe y subsahariano, y se circunscribe en su mayor parte a las mencionadas regiones. Si a lo anterior le unimos los recientes atentados terroristas, atribuidos a extremistas islámicos, las posibilidades que se abren para un proyecto político que dé respuestas directas y de fácil asimilación, son inmensas.

¿Qué lectura podemos hacer del proyecto Le Pen? Aparentemente, Marine Le Pen es la candidata principal de la clase obrera e industrial francesa. Y esto hay que digerirlo con tranquilidad. El Frente Nacional ya no es el partido de la extrema derecha y del éxodo rural que veía a la inmigración como la causa de todos sus males. Los votantes de Le Pen pueden venir de la derecha nacionalista tradicional, pero también, y en parte importante, de la clase obrera e industrial históricamente vinculada al Partido socialista e incluso al Partido comunista. Muchos de ellos son o han sido activos sindicalistas que ven como la clase política tradicional les ha dejado de lado en unos planes de reconversión industrial y energética que parecen formulados para las grandes élites y el oeste del país. De igual modo, la puesta en práctica de políticas diseñadas desde Bruselas, sin oposición posible desde el gabinete Hollande, ha acabado de definir un mapa de precariedad laboral y económica que ha dividido al país en dos. No sorprende que en el mapa electoral todo el norte industrial y minero haya virado 180 grados, pasando de manos socialistas a manos del Frente Nacional.

Ahora, ¿qué margen de maniobra tiene la izquierda francesa? Poca o mucha, según se mire. Analizando la evolución de la intención de voto, es evidente que el auge de Mélenchon viene en parte importante de la debacle socialista. Pero no queda nada claro que, como afirma algún medio, venga también, aunque en menor medida, por el lado de Macron. Si bien esta lectura se podría confirmar en la primera mitad de abril, finalmente En Marche! recupera el electorado perdido. En consecuencia sólo nos quedan dos opciones, perfectamente compatibles: que el auge de Mélenchon venga de la reducción de la abstención, así como de la caída de cinco puntos porcentuales del Frente Nacional. Conclusión que vendría a confirmar lo expuesto previamente, es decir, la base izquierdista, aunque sea parcial, de los votantes de Le Pen. Y en mi opinión, es aquí dónde Mélenchon debe pelear cara a cara con el Frente Nacional.

Francia Insumisa tiene un futuro prometedor en las grandes urbes, pero a día de hoy tiene la batalla perdida en las zonas rurales, así como en todo el norte y el este industrial. Sólo hay una excepción, que a la vez es la esperanza: Lille. Este partido ha obtenido unos resultados extraordinarios en Marsella, Toulouse y Montpellier. Pero también, insisto, en Lille, una de las principales ciudades industriales y mineras de Francia. Esta ciudad es la evidencia de que con tiempo y una campaña claramente centrada en recuperar a la izquierda lepenizada, Francia Insumisa puede estar luchando por el Elíseo en un futuro breve. Con objeto de ver el margen de maniobra, centrémonos en las propuestas en materia socioeconómica de estas dos candidaturas.

Ambas comparten similitudes en su política de empleo. Por ejemplo, buscan derogar la polémica ley El Khomri (reforma laboral), reducir la edad de jubilación de los 62 a los 60 años y mantener la jornada laboral en 35 horas semanales. Pero difieren en la principal propuesta de desprecarización del mercado. Le Pen pretende imponer un impuesto a la contratación de extranjeros para la empresa privada, reduciendo así la tasa de desempleo entre los trabajadores franceses, pero aumentándola entre los inmigrantes -suponemos que con objeto de que finalmente abandonen el país al no tener opciones laborales-. Por su parte, el programa de Mélenchon, claramente inclusivo y no discriminatorio, pretendía luchar frente a la precaridad incrementando el salario mínimo interprofesional en un 15%, entre otras medidas.

Paralelamente, mientras Le Pen pretende reducir el gasto público hasta situarlo en el 53,4% (una reducción de algo más de 60.000 millones de euros, muy similar, por otro lado, a la incluida en el programa de Macron), Mélenchon apostaba claramente por el sector público al incluir en su programa un aumento del gasto de hasta 275.000 millones de euros. Es decir, un incremento, en relación al PIB, de aproximadamente doce puntos porcentuales. El problema en este último caso se centra en que Francia tiene actualmente un déficit público por encima de los estándares europeos, y las propuestas de compensación fiscal de Francia Insumisa parecen no haber convencido al electorado más sensible a los efectos de la crisis.

De este modo, Le Pen le ha ganado la batalla con un programa basado en lo que la sociedad parece reclamar. En primer lugar, la reducción del gasto público en un claro guiño hacia la derecha, pero con especificaciones muy generales para no crear alarma social en la clase funcionaria y de servicios públicos. En segundo lugar, el guiño explícito a toda la clase trabajadora nacional mediante el slogan “en nombre del pueblo”. Así, aparte de todo lo mencionado pretende aumentar la inversión pública y privada mediante el incremento del gasto público en seguridad y defensa y la reducción de las tasas impositivas para la creación de pymes. En materia de política industrial y energética propone fomentar la modernización del sector industrial mediante programas de apoyo a las energías renovables, manteniendo el apoyo a la energía nuclear y desaprobando las propuestas del resto de partidos de cerrar las plantas de carbón, metales y energía fósil. En otras palabras, mantener el empleo existente y crear nuevo empleo “francés” por vía de las renovables y la creación de pymes. Claro, esto último es fundamental si tenermos en cuenta que el resto de candidatos incluia en sus programas el cierre de las plantas de carbón y energía fósil, y en el caso de Francia Insumisa el cierre de las centrales nucleares. Si echamos un vistazo al mapa de Francia con objeto de determinar dónde están situadas las zonas industriales y mineras tradicionales, así como este tipo de centrales de energía, obtendremos, en parte importante, la respuesta a la incógnita de la lepenización de la clase obrera tradicional.

En definitiva, el proyecto de Le Pen es de difícil ejecución, pues además se llevará a cabo, según su lideresa, sin incremento de los impuestos y ajeno a la Unión Europea. La clave del éxito es sencilla: cuéntale a la gente lo que desea escuchar, y si llegamos al Elíseo ya veremos lo que podemos hacer. Ante un programa de este tipo, el partido de Mélenchon lo tiene difícil. Más si cabe, cuando la mayor parte de la maquinaria política nacional e internacional se ha puesto de acuerdo en el apoyo a Macron, y los sondeos predicen una victoria clara de En Marche! en la segunda vuelta. En un escenario de este tipo, el avance del Frente Nacional continuará, salvo que la situación del país mejore sustancialmente y sea así percibida por el colectivo social más sensible a la crisis y al proceso de transición industrial. En caso contrario, Le Pen podrá continuar proponiendo todo aquello que el electorado quiere escuchar, sin necesidad de tener que demostrar la viabilidad de su proyecto.

Ahora, por las mismas razones, las posibilidades de crecimiento político para Francia Insumisa son también elevadas. Así, será importante que hagan ver al electorado las oportunidades tan grandes que se esconden tras un programa de expansión fiscal tan ambicioso. En ese sentido, sería interesante que realizasen propuestas compensatorias más convincentes en el ámbito fiscal, pues el incremento del IVA para bienes de lujo, que además iría de la mano de una reducción de esta tasa para los bienes de primera necesidad, no parece haber sido concluyente. Además, debido a las implicaciones de esta medida en términos de déficit público, deberán ser más determinantes a la hora de mostrar las posibilidades de negociación con Europa en términos de margen de maniobra. Ahora, sin caer por ello en el nacionalismo político antieuropeista.

En relación al mercado laboral, deberá potenciarse el carácter redistributivo, inclusivo y no discriminatorio del programa, en oposición al marcado nacionalismo del programa del Frente Nacional. Con objeto de reducir la precariedad general, deberán exponer al electorado las posibilidades de destinar casi un 8% del PIB (173.000 millones de euros) a políticas de reducción del desempleo y aumento salarial, dentro de las cuales se incluye el mencionado incremento del salario mínimo y la reducción de la edad de jubilación. Todo este conjunto de políticas, junto con las no mencionadas en este artículo por temas de extensión, deberían propiciar la superación de la propuesta del partido de Le Pen, que en parte es similar en materia de empleo, y la recuperación de ese electorado, historicamente de izquierda y actualmente lepenizado. No obstante, queda la parte más difícil, mantener el programa de modernización industrial y energética, convenciendo a los grupos sociales afectados de que no se les va a dejar de lado. Para ello será importante dejar bien claras las posibilidades de esta inyección de inversión pública en materia de creación de empleo en el ámbito industrial, así como de desarrollo social de todo el conjunto de regiones afectadas por los planes de transición energética e industrial. En conclusión, hay margen de maniobra, los resultados son prometedores y probablemente un porcentaje reseñable del electorado, actualmente escudado en la abstención, se decantará por las propuestas de Francia Insumisa. Sin embargo queda todavía mucho trabajo por hacer y sobre todo, muchas calles, pueblos y ciudades que intentar concienciar.


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