Quiebra y recomposición de las identidades políticas. El caso francés

06 May 2017
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Victor Prieto
Graduado en Ciencias Políticas por la UCM, Máster de Estudios Avanzados en Filosofía y opositor a TAC

A solo unos días de la cita definitiva de las presidenciales francesas, el optimismo de las lecturas prematuras de los resultados de la primera vuelta ha cedido terreno ante la incertidumbre provocada por la quiebra del sistema de partidos de la Vª República. Nadie pone en duda, de momento, la victoria de Emmanuel Macron, pero todo lo que no sea un triunfo rotundo (por encima del 65%) supondría un aldabonazo más contra el precario reagrupamiento efectuado por las fuerzas del statu quo en torno al candidato de En Marche!

Paradójicamente, el lastre de Macron podría provenir de esas mismas fuerzas que le van a permitir obtener la victoria en la segunda vuelta. Esto ocurre porque el apoyo unánime de los grandes partidos impulsa al candidato neoliberal al mismo tiempo que lo vincula, para siempre ya, a las élites productoras de desafección, marcadas por el “No nos representan” francés. Macron sabe que sin ellas es imposible el triunfo holgado que requiere frente a los “Hijos de la ira” (por utilizar el título de Salvados), pero conoce también que su cercanía concede credibilidad al discurso de Le Pen entre las capas populares. En manos de estas se encuentra la posibilidad de unos resultados suficientes para dotar de legitimidad a la Vª República.

Las posibilidades de un trasvase de votos desde la Francia Insumisa (Mélenchon) a En Marche! (Macron) no dependen solo de la actitud del candidato de la izquierda radical ante el callejón sin salida de la segunda vuelta. Más si pensamos que todo indica que la brillante campaña electoral de Mélenchon sirvió para contrarrestar la pujanza de la extrema derecha entre las clases populares. Es absurdo pensar que pueda producirse un salto mortal de esta magnitud, pues lo que es mayoritario en Francia (como, por otra parte, en la práctica totalidad de las democracias occidentales) es un sentimiento de rechazo contra las élites políticas.

Así pues, Macron recibe de buen grado a los electores provenientes de los desprestigiados partidos tradicionales, pero trata de escenificar una distancia respecto de las élites que resulta poco creíble, impostada. El clivaje viejo-nuevo se desvanece y solo queda apelar a un edulcorado antifascismo de última hora. La quiebra de las identidades políticas, que domina la escena francesa desde hace años, se ve contradicha por la necesidad acuciante de ganar a toda costa, provocando una recomposición del voto que da verosimilitud al dicho “que todo cambie para que todo siga igual”.

Esta recomposición puede camuflar, y en cierta forma neutralizar, un seísmo mucho más profundo que de hecho ya se ha producido. El éxito fulgurante de los propios movimientos de Macron y Mélenchon, aparecidos de la nada, son la muestra más fehaciente de ello. En Francia (como en el resto de las democracias occidentales) ya no es posible establecer tendencias en el comportamiento electoral. Gobierna, en su lugar, la volatilidad más absoluta, una volatilidad a la que se aplica a menudo un marco interpretativo viejo que no explica ya nada.

Solo así se entiende que todos esperen que Mélenchon pida abiertamente el voto para Macron, ya que la izquierda, según la lógica antigua, debe desear, antes que nada, la derrota de la extrema derecha. Pero las circunstancias no son las que fueron. Y la evidencia más clara de ello es la incapacidad de Macron para acordar con Mélenchon (ni siquiera ha querido hablar) un nuevo tiempo que sirviera para cerrar contundentemente el paso a Le Pen, lo que conllevaría el desmoronamiento definitivo de los partidos bisagra de la Vª República.

Todo esto es lo que nos lleva a pensar que Macron no es más que un parche del sistema, que va a permitir continuar la agonía otra legislatura más. Pero muestra, además, el repliegue táctico de las fuerzas del régimen, que han aprovechado la crisis (económica y política) para hacer evolucionar la democracia hacia sistemas de partido único. Con apariencia, eso sí, de pluralidad.


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