Europa huele a chucrut

10 May 2017
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Guillermo Vázquez
Profesor de economía aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos

“Europa huele a chucrut”. Esta frase me la dijo un amigo el pasado fin de semana mientras cenábamos en un bar del centro de Madrid sendas bratwurst con puré y, como no, chucrut. Con esa expresión tan ingeniosa intentaba argumentar su hipótesis sobre cómo desde hacía unos pocos años el gobierno de Merkel habría ido progresivamente controlando la toma de decisiones dentro de la Unión Europea, sesgando así lo que consideraba que había sido un proceso de integración democrático y equilibrado, en virtud del famoso eje franco-alemán. “Esto parece la unión alemana de Europa. Desde la crisis, no es ni unión, ni europea”. Así de tajante se postuló, esperando mi convalidación. Sin embargo, su sorpresa fue importante, o así lo expresó su cara, cuando muy seguro y casi inmediatamente respondí: “estoy en desacuerdo contigo”; pero añadiendo: “la Unión ya era alemana décadas antes de que fuese Europea”.

Para ser rigurosos, quizá deberíamos decir que fue el proyecto de unión monetaria, piedra angular de la actual Unión Europea, el que siempre caminó por la senda marcada desde Berlín. Así, en el Informe Werner de 1970 y su consecuencia primera, la Serpiente Monetaria Europea, esta dependencia ya era palpable. Ahora, este hecho tomó plena vigencia en 1979 con la conformación del Sistema Monetario Europeo (SME).

Introduciendo algo de teoría, es importante mencionar que ambos proyectos se englobaban dentro de lo que la teoría denomina un área monetaria con tipo de cambio fijo. No obstante, con la particularidad de que en el caso europeo el sistema no exigía una fijación pura entre las divisas de los diferentes socios, sino que permitía ligeras fluctuaciones sobre el tipo de cambio fijado. Sin ánimo de ser exhaustivo, y de manera general, para mantenernos dentro de un sistema de este tipo tendremos que: a) intentar que el contexto económico y político internacional no nos obligue a poner en práctica políticas de urgencia que perturben significativamente el tipo de cambio; b) mantener relaciones comerciales que operen en el sentido anterior; c) enfrentar la falta de confianza internacional derivada de las diferencias en cuanto a peso económico y político entre los integrantes del proyecto; d) convencer a los especuladores de que todo va a funcionar y de que no será rentable utilizarnos de “tablero de juego”. Bien, en el caso europeo todos estos factores jugaron un papel adverso.

Así, ambas iniciativas fueron un marcado fracaso, y acabaron convirtiéndose en una suerte de “zona marco” que funcionó, con problemas, durante casi dos décadas. En ese contexto, cualquier medida de política económica que se tomase desde Berlín ejercía de directriz para el resto de socios, pues el marco acabó convirtiéndose en la divisa refugio y de referencia dentro del proyecto. Es decir, cualquier decisión que tomase Alemania con objeto de aumentar la rentabilidad de su economía, mantener la estabilidad de su tipo de cambio o contener la inflación, exigía de políticas “espejo” por parte del resto de integrantes. En caso contrario, se agudizarían los problemas de desconfianza en el proyecto, y la economía díscola se arriesgaría a sufrir ataques especulativos. De modo más claro, Alemania tomaba decisiones de manera autónoma, y el resto de socios caminaba, como podía, tras la senda trazada por este gobierno, sin cuestionar si dichas medidas beneficiaban o perjudicaban a los objetivos de crecimiento y empleo nacionales. Había que sacar adelante el proyecto de unión monetaria a cualquier precio.

Para afianzar el proyecto y con la lección aprendida, los socios europeos aprobaron el Plan Delors en 1990. Este Plan supone el primer gran fracaso del eje franco-alemán en materia de conciliación de intereses, y si bien inicialmente se podría identificar con una solución de compromiso entre ambas posturas, a la postre fue la propuesta alemana la que definió el camino por el que de manera definitiva discurriría el proyecto de unión monetaria europea. Así, desde Berlín tenían muy claro que para afianzar el proyecto se debía iniciar cuanto antes un proceso de convergencia en cuanto a planes de política monetaria. Ahora, tras el fracaso previo, era evidente que se llevaría a cabo bajo la dirección del Bundesbank, el liderazgo del marco alemán y la contención de la inflación como objetivo prioritario. Esta idea implicaba una importante cesión de soberanía, y quedaba bastante alejada de la propuesta francesa de mantener la autonomía decisora, entre otras medidas. A partir de aquí, el control del proyecto se realizaría en cuatro actos.

El primero vendría como propuesta de solución a los ataques especulativos que se dieron en todo el SME entre 1992 y 1993, y supondría el segundo fracaso en materia de consenso del eje franco-alemán. Tras esta importante tormenta especulativa, Francia e Italia propusieron acelerar la adopción de la moneda única argumentando que la convergencia macroeconómica se alcanzaría de manera natural. Sin embargo, Alemania mantenía la tesis de armonizar previamente la política monetaria y estabilizar la economía. En este clima de división, la economía germana impuso, como requisito para continuar en el proceso, una serie de criterios macroeconómicos de obligado cumplimiento para todos los países que deseasen formar parte de “su proyecto”. Estos devendrían en el denominado Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC).

El segundo acto quedaría englobado en la definición de los estatutos del Banco Central Europeo (BCE). Esta institución se diseñó a imagen y semejanza del Bundesbank, y en consecuencia tiene como único objetivo de política monetaria la estabilidad de precios. Ahora, presenta una diferencia respecto a su homólogo alemán: se trata de una institución incluso más blindada en lo relativo a la toma de decisiones y reforma de sus estatutos. En general, las decisiones dentro del BCE se toman por mayoría simple. No obstante, para decisiones importantes, como son la reforma estatutaria o la definición de la política monetaria a seguir, debe haber quórum de dos tercios de los miembros del Consejo de Gobierno. Sin embargo, en la práctica, y “por tradición”, las decisiones se toman siempre por consenso. De este modo, cualquier propuesta no que tenga el beneplácito alemán será muy difícil que tenga salida.

El tercer acto podríamos definirlo como una reafirmación en términos de poder. Así, tras la adopción del euro, y muy al contrario de lo que cabría esperar, fueron precisamente Alemania y Francia quienes, desde 2002, comenzaron a incumplir reiteradamente el PEC. Ambas naciones -esta vez en consenso-, muy conscientes de la dificultad a la hora de estabilizar sus economías, y prudentes en relación a las políticas impopulares que tendrían que llevar a cabo para alcanzarla, presionaron al resto de socios para reformar la norma y definir un nuevo pacto, más permisivo, que sería ratificado en el Consejo de Bruselas de 2005.

Para concluir, llegaríamos a la actual conjunción de diferentes crisis que asola a varias economías europeas, e incluso al propio proceso de integración. Es en este contexto donde debemos situar el cuarto acto, y el fracaso definitivo en materia de consenso del eje franco-alemán. Podríamos incluso afirmar que esta conjunción de crisis ha supuesto una alteración, quizá definitiva, de la geografía política comunitaria, desplazando el eje París-Berlín hasta más allá del Rin, es decir, hasta el eje Berlín-Frankfurt. Es este eje, netamente alemán, el que actualmente orienta cualquier decisión que se toma a nivel comunitario, y sin duda supone la confirmación de la ruptura definitiva del equilibrio entre las dos grandes potencias que ejercieron las veces de motores de integración. Más allá, desnaturaliza totalmente el proceso propositivo y decisor dentro de la Unión Europea, al relegar a la Comisión a un mero ejecutor y gestor de las decisiones del eje, al Parlamento a una simple atracción turística dentro de la ya bonita ciudad de Estrasburgo y al Consejo a un mero intermediario de los intereses alemanes. Ahora, si bien podríamos pensar que será en el Consejo Europeo donde el eje Berlín-Frankfurt se pone a prueba, en los últimos años hemos sido testigos de cómo todos los grandes mandatarios comunitarios bailan la polca, el schuhplattler o el ritmo que imponga la comisión germana.

En definitiva, el proyecto europeo ha estado comandado siempre por Alemania. Si bien inicialmente esta orientación no fue directa, a partir del Informe Delors fue explícita y aceptada por el resto de socios mediante la ratificación de los Tratados derivados. Sin entrar a juzgar si esta cuestión fue necesaria para la transición hacia niveles más elevados dentro del proceso de integración, lo que sí parece evidente es que ha supuesto una erosión del componente democrático, así como una concentración del poder en un nuevo eje geográfico que no exige salir del territorio alemán. En otras palabras, las crisis actuales no han supuesto el inicio de esta tendencia. La Unión ya era “alemana” décadas antes de que fuese Europea.


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