La maldición de Ícaro: Clases sociales y zombies emocionales

12 May 2017
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Agustín Franco
Profesor universitario. Cáceres

“Podemos tener democracia o podemos tener la riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas”. (Louis Brandeis, Juez del Tribunal Supremo de EEUU).

La violencia capitalista es sin duda la séptima maravilla de la esclavitud. El arte de esclavizar se ha ido refinando a lo largo de la historia, alcanzado su punto cumbre con el establecimiento de las clases sociales. Bajo apariencia de libertad se ha instaurado un nuevo modelo de esclavitud que ha reorganizado los sentimientos de resignación y rebeldía, generando legiones de zombies emocionales.

Ya no sirve de nada quemar brujas y herejes en las hogueras inquisitoriales del capitalismo, llámense desempleo, endeudamiento o crisis… Ahora hay que convertir a todos en zombies. Como señala Silvia Federici: “la gente pobre sospecha que los nuevos ricos habrían adquirido su riqueza a través de medios ilícitos y sobrenaturales, acusándolos de querer transformar a sus víctimas en zombies con el fin de ponerlos a trabajar”. [1]

Los zombies emocionales son muertos social y/o laboralmente que expresan sus sentimientos de éxito y competición cada vez con mayor virulencia y desprecio hacia los demás miembros de la sociedad a los que ven como injustamente subsidiados. La violencia genera violencia. El aumento de suicidios y de enfermedades mentales entre los excluidos es sólo el primer síntoma del ascenso imparable de los zombies emocionales.

Los zombies emocionales van desde los filántropos que regalan millones para la curación del cáncer hasta los misántropos que fingen un cáncer para que les regalen millones. Unos y otros beben de la misma cultura solipsista del emprendimiento. Entre unos y otros hay categorías intermedias de supervivientes a duras penas: falsos autónomos, becarios permanentes, jóvenes en movilidad exterior y pensionistas en nómina.

Iñaki Piñuel es de los pocos psicólogos que no se dedica a la defensa ideológica del capitalismo y lo expresa claramente (ver su obra ‘Neomanagement’). Vivimos en un sistema que atrae y promueve las conductas antisociales, tóxicas, psicópatas, neuróticas.

Cuatro pasos nos servirán para hilvanar esta soga que engendra zombies emocionales y que configuran poco a poco la maldición de Ícaro: 1) La parálisis del ascensor social, 2) el síndrome del terrorismo machista, 3) la herencia envenenada de las tradiciones inhumanas y 4) la fractura psico-emocional de las generaciones futuras.

Paso 1. El ascensor social en España apenas existe, como las castas en la India, si naces pobre morirás pobre. Incluso se da la paradoja de subir en el escalafón de ingresos, pero permanecer excluido de las otras dimensiones de pertenencia a una clase social superior a la de origen: amistades, relaciones de pareja, invitaciones a eventos y celebraciones, etc.

Es la maldición de Ícaro, que por volar demasiado cerca del sol, demasiado lejos de sus orígenes, se quedó sin alas. Marx y Engels decían que sólo teníamos que perder las cadenas, y quizá algo más…

Como señala el Informe Oxfam 2014: “Incluso en países de gran movilidad social como Canadá y Dinamarca, los hijos e hijas de padres ricos tienen más posibilidades de trabajar para el mismo empleador, lo cual indica que son las buenas relaciones de la familia y no los méritos las que contribuyen a que los jóvenes accedan a empleos bien remunerados”. [2]

La curva del Gran Gatsby relaciona precisamente el nivel de desigualdad de una sociedad (medida a través del coeficiente de Gini) con el grado de dependencia de los ingresos de una persona con los de sus progenitores. Así, se pone “de manifiesto el ‘acaparamiento de oportunidades’, es decir, el proceso que perpetúa las desigualdades, que tiene lugar cuando grupos concretos asumen el control de recursos y activos valiosos en su propio beneficio… Puede tratarse de diferentes tipos de recursos, como el gasto público, el acceso a una educación de calidad o los empleos mejor remunerados”. (Informe Oxfam 2014).

Gráfica: Relación entre ingresos de l@s hij@s y lo que ganaron sus progenitores

Paso 2. La curva del Gran Bofetón. La violencia contra la mujer y los hijos, rara vez estudiada, siempre justificada bajo la expresión de ‘aguantar por los hijos’. Menuda losa para el futuro, para quien sabe que todo aquello (el terrorismo machista) fue debido a su existencia, que de no haber nacido muy probablemente su madre habría volado lejos de aquella tortura hace muchísimo tiempo, quizá sin saber que la maldición de Ícaro le hubiera perseguido igual.

Miguel Lorente (en ‘Mi marido me pega lo normal’, capítulo 8) revisa la literatura al respecto y encuentra algunos rasgos básicos, como que los hijos de la violencia tienen mayor probabilidad de ser violentos, de sufrir depresiones, de fracasar en el colegio. “Todavía no se quiere reconocer la necesidad de investigar la paternidad afectiva, que es la que realmente da valor y significado al ejercicio de la paternidad, no el hecho biológico de ser hombre”.

“Sorprende cómo una sociedad que cada vez acepta más la influencia de las actividades humanas sobre el ambiente…, en ocasiones lejanos en el espacio y distantes en el tiempo, sea tan reticente para aceptar algo tan próximo e inmediato como es ser testigo de la situación de violencia y de las agresiones psíquicas y físicas repetidas y sistemáticas que el hombre lleva a cabo sobre la mujer en presencia de sus hijos y de sus hijas”. (Miguel Lorente, Mi marido…, págs. 125-126).

Paso 3. La curva de la Gran Traición. La herencia envenenada de nuestros mayores, llevando las condiciones laborales y psicológicas hasta una degradación máxima. Culpando a los jóvenes de la pérdida de derechos debido a su falta de coraje y a su ignorancia de las luchas y conquistas de antaño.

La pregunta es obvia: Quiénes están lavando el cerebro de los jóvenes hoy día. Quiénes han abusado de su posición privilegiada para que se endurezcan las condiciones de los que llegan nuevos. Quiénes están sosteniendo el sistema de corrupción con sus votos. Quiénes están enviando al exilio a los jóvenes. Quiénes están enseñando y consintiendo la violencia como mecanismo de convivencia. Quiénes enseñan a sus hijos que serán como Ronaldo o Messi pegándose con otros padres. Quiénes…

El virus de la herencia envenenada ha sido propagado para convertirnos a todos en zombies: aceptando la misoginia de las tradiciones religiosas, la tortura animal de las tradiciones populares, la xenofobia de las tradiciones fascistas, la violencia machista de las tradiciones familiares, la explotación laboral de las costumbres capitalistas, en definitiva, la incultura travestida de cultura.

Paso 4. Por último, el Abismo Emocional, la última estación de la Maldición de Ícaro. La brecha emocional supone una clara delimitación de las relaciones interpersonales de amistad y emparejamiento acorde con los patrones culturales y educativos característicos de cada clase social. De modo que las relaciones amorosas de cuento -como las de Aladino, Cenicienta, Bella y Bestia, incluso la de Shrek (que tan transgresora parecía)- son exactamente eso, cuento, cuya función es crear la ilusión social de simetría emocional, de justicia cósmica, para desinflar la presión social ante tanta injusticia estructural.

Y como la esperanza es lo último que se pierde, el objetivo es mantener un poco más la complicidad con el sistema (quizá hoy te toque el premio, se cumpla tu sueño), antes de hacerlo saltar por los aires (que además lleva a quien lo intenta a sufrir la sanción social de ser etiquetado como resentido). Lo cierto es que opera más aquí la maldición de Ícaro. Los cuentos de amor interclasista son un antídoto ineficaz contra la cada vez más agresiva zombización emocional de los nuevos emprendedores del sistema.

Las barreras a superar en una relación entre (posibles) amantes de clase social diferente son de dimensiones hercúleas. Aunque basta con apreciar la distancia cultural y emocional, pese a la posible cercanía geográfica, para darnos cuenta de cómo al mirarse, por casualidad, no hay un reconocimiento entre iguales. La ropa, el acento lingüístico, los eventos públicos a que asisten, los colegios a los que han ido, todo conspira para separar y poner de espaldas a quienes proceden de clases sociales distintas.

Junto a la globalización geográfica opera otro proceso en sentido contrario, la desertización afectiva, el hábitat ideal para los zombies emocionales: muertos vivientes sin empatía ni conexión afectiva con nadie.

En definitiva, la noción de clases sociales articula todo un sistema ramificado de violencias que adoptan formas básicas a varios niveles. A nivel material (capital-trabajo), a nivel sexual (hombre-mujer), a nivel cultural (tradición-innovación) y a nivel psicoemocional (topofobia-topofilia). Configurando un nuevo sujeto social: los zombies emocionales, ¿serán la nueva clase revolucionaria o su barrera de contención más eficaz? Mientras tanto, la maldición de Ícaro persiste…

Notas

[1] Silvia Federici, 2010. Calibán y la bruja.

[2] Informe Intermón Oxfam, 2014. Gobernar para las élites.


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