Sí, una economía con su propia moneda fiduciaria puede evitar siempre que quiera la insolvencia

08 Jul 2017
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Esteban Cruz Hidalgo
Economista y miembro de Red MMT

El tuit-trampa que lanzó Eduardo Garzón para desenmascarar a sus incondicionales y fervientes “críticos” provocó un pequeño terremoto en las redes sociales que derivó en comedia, con Toni Cantó como actor invitado. Más allá de lo jocoso de este cameo, es sugestivo ver las reacciones del público al cual iba dirigida la chanza.

Se trataba de reproducir una cita de los economistas del Banco Central Europeo Marek Jarocińsk y Bartosz Maćkowiak, sin mencionarlos. En el Research Bulletin nº36 del pasado 29 de junio aparece lo siguiente: ‹‹En una economía con su propia moneda fiduciaria, la autoridad monetaria y la autoridad fiscal pueden asegurar que la deuda pública denominada en la moneda fiduciaria nacional no sea insolvente, es decir, que los bonos del gobierno a vencimiento sean convertibles en moneda a la par››. Este extracto Eduardo Garzón lo expuso como ‹‹una economía con su propia moneda fiduciaria puede evitar siempre que quiera la insolvencia, la deuda pública nunca supone un problema››.

Tras un breve momento inicial de dudas y sorpresa, el “científico” social economicista que muchos tienen dentro afloró, cargando al observar la no literalidad de la cita. La reacción de los cruzados de ese oxímoron conocido como libre mercado se basó en buscar confundir una restricción política a la operatividad del Banco Central Europeo con la objetiva viabilidad técnica, reafirmada por estos economistas en el contexto de la defensa de una herramienta como son los eurobonos. Así, uno de los profetas de este dogma, Daniel Lacalle, apuntaba al compromiso que incluirían los eurobonos con la estabilidad presupuestaria, es decir, a la restricción política al funcionamiento conjunto de la política fiscal y monetaria. El argumento implícito es que nadie querría comprar una deuda devaluada por la excesiva emisión de deuda pública en relación al presupuesto.

Como podéis observar hay dos ideas. Una primera es a la que hace alusión Eduardo Garzón, y que se refiere a la viabilidad técnica de que un banco central puede asegurar que la deuda pública denominada en la moneda fiduciaria nacional no sea insolvente. Lógicamente, el Banco Central Europeo como emisor de euros puede endeudarse tanto como quiera en esta unidad de cuenta registrando en el lado del pasivo de su hoja de balance cuántos activos netos está metiendo en la economía; luego hablaré de esto. El Banco Central Europeo no puede quedarse sin euros al igual que la Reserva Federal no puede quedarse sin dólares, como han declarado Alan Greenspan o Mario Dragui. Pero los Bancos Centrales no son los encargados de la política fiscal, sino los gobiernos, y existe una restricción política que separa la política fiscal y la política monetaria obligando a los Estados a ir a pedir a los mercados financieros su moneda y que les lleva a emitir bonos. Esta es la segunda idea que refleja el artículo y a la que se han agarrado los “liberales”, la cual impone una limitación operativa al gasto de los gobiernos y que no se trata más que de un consenso ideológico.

El Banco Central nunca va a quebrar en su propia moneda, pero si a los Estados por una anomalía institucional se les obliga a aceptar una moneda “extranjera” prestada por terceros, el déficit presupuestario se convierte artificialmente en un problema, dejando a merced de las condiciones de los prestamistas la democracia del país conforme más ahogado se encuentre. A día de hoy, este problema latente que alcanzase su punto álgido con la aparición en nuestras vidas de la prima de riesgo se mantiene controlado gracias a las políticas de expansión cuantitativa del Banco Central Europeo. La falta de expectativas en la economía real y la hipotética precaución de los inversores ante el recuerdo de la crisis financiera reciente han hecho que los bonos sean un activo atractivo donde colocar esta inyección de liquidez, con la consiguiente bajada de la prima de riesgo. Este respaldo del BCE es la razón por la que hoy siga en pie la eurozona.

Las instituciones y reglas de la eurozona tienen un grave problema de disfuncionalidad. Su diseño reprime la intervención del Estado en la economía impidiéndole una correcta gestión macroeconómica, la cual queda supeditada a los objetivos presupuestarios. Para que los agentes privados puedan disponer de ingresos o de los ahorros y beneficios denominados en la moneda en la que pagan impuestos, sus transacciones y sus facturas, el emisor de esta moneda debe introducirla en la economía. Este emisor, el monopolista de la moneda, es el Banco Central, quien no puede introducir la moneda gastando, sino prestando reservas a los bancos, quienes conceden créditos en función de ciertas expectativas reales. Es la pescadilla que se muerde la cola. Solo una política fiscal libre de ataduras y coordinada con su banco central puede introducir esta moneda en la economía ofreciéndosela a quienes están desempleados a cambio de su trabajo y cortar de raíz esta crónica falta de gasto en la economía. Se trata de un principio contable muy básico: el gasto de un agente es el ingreso de otro; el déficit del sector público es el superávit del sector privado.

Esta relación entre los balances del sector público y del sector privado es indiscutible. Si se intenta reducir el déficit público se afecta inevitablemente a la otra cara de la moneda, el superávit privado, destruyendo empleo y cayendo la producción. Este fatal entendimiento nos lleva a una histeria por el déficit irracional, desviando nuestra mirada hacia los síntomas y no hacia el problema. No existe un problema de deuda, un banco central no puede quebrar en la moneda que emite, pero existe un diseño institucional erróneo. La deuda nunca supone un problema, sí; excepto cuando no dispones de soberanía monetaria, tal y como ocurre en la eurozona o en los países que tienen un tipo de cambio fijo. Con soberanía monetaria las restricciones financieras al gasto no existen, y mientras haya quien busque ingresos porque esté desempleado, habrá gasto. Será esta restricción real la que marque el tamaño del déficit público, no ningún capricho del gobierno como alguno se aventura a decir. El pleno empleo y la estabilidad de precios se convierten entonces en guías para la gestión macroeconómica.

El mayor despilfarro e ineficiencia de nuestras economías es el desempleo, no el mecanismo que ayuda a movilizarlos para crear riqueza, la deuda de una autoridad soberana monetariamente. La coordinación de la política fiscal y la política monetaria suprimiría los intermediarios provocando que la deuda no significase más que un registro en la hoja de balance del banco central de los fondos inyectados por el sector público a petición del sector privado. En definitiva: “una economía con su propia moneda fiduciaria puede evitar siempre que quiera la insolvencia, la deuda pública nunca supone un problema”.


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