Miguel Ángel Blanco y la consolidación de un imaginario de guerra

20 Jul 2017
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Victor Prieto
Graduado en Ciencias Políticas por la UCM, Máster de Estudios Avanzados en Filosofía y opositor a TAC

 

Para toda una generación de españoles –la que creció en esa tierra de nadie que son los años noventa-, el brutal asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de la banda terrorista ETA representa el punto final del ensimismamiento adolescente del yo y el nacimiento de algo así como una conciencia política. Un episodio que se acumula en multitud de biografías particulares y que merece ser, por ello, un (infausto) acontecimiento histórico de nuestro pasado reciente.

Pero no es solo una cuestión generacional. El secuestro del concejal de Ermua marca, además, el paso definitivo de una política centrada en el relato a otra, mucho más moderna, basada en la imagen; una cuestión de suma importancia si pensamos que el desarrollo posterior de la democracia en España va a estar determinado, en muchos aspectos, por este primado de la imagen frente al discurso. Así pues, la línea divisoria que establece este atentado otorga a la palabra <<terrorismo>> una polisemia que, salvo para los nostálgicos del antifranquismo, pronto será olvidada, incorporando al concepto su unívoco sentido actual, esto es, la condición de frontera infranqueable de una democracia cada vez más escuálida.

A partir de entonces, la consolidación de un imaginario de guerra (contra el terror) adquiere verosimilitud con cada atentado. Toda muerte pasa a ser absurda, vana, aunque permita actualizar un dispositivo consensual, entre la práctica totalidad de fuerzas político-sociales del país, que va a operar durante la segunda mitad de los 90 y hasta el funesto 11-M. La “unidad de los demócratas” es, de esta manera, el clima ideológico que acompaña el proceso de privatizaciones y el arranque de la burbuja inmobiliaria que darán lugar al vertiginoso “milagro español”, una verdadera hegemonía cultural que atravesará las identidades políticas de la Transición y la propia estructura social de una España crecientemente desigual y autosatisfecha, muerta de miedo –de forma irracional, si atendemos al paulatino descenso de los atentados desde finales de los años 80- y, por fin, agarrada a la locomotora del tren europeo vía facilidad de acceso al crédito.

La imagen del crespón negro en las pantallas de televisión y esas 48 horas de la cuenta atrás permanecen imborrables en nuestra memoria, dando pábulo a una reconciliación sentimental, tras el desencanto socialista, con las instituciones de la joven democracia española, auténtico sustrato de legitimidad de un sistema de poder que había dilapidado en pocos años el entusiasmo del final de la dictadura. Es el momento de otro giro semántico, el de las víctimas, que a partir de entonces se incorporarán con fuerza al imaginario político, constituyendo una suerte de comunidad ontológica que no distinguirá ya entre lo ocurrido antes de la muerte del dictador y con posterioridad, y que colmará el espacio de la memoria colectiva durante años, arrojando tierra sobre las abarrotas cunetas del país.

Es en este sentido en el que podemos afirmar que la democracia española actual se asienta sobre las víctimas de ETA. Sobre su condición de mártires cabe hacer, no obstante, un ejercicio de deconstrucción, pues es en ese “momento ético”, en el sentido que le da Reyes Mate, cuando se están edificando los límites de lo aceptable y lo decente, instancias éticas que van a conformar los márgenes de lo políticamente posible. Asumido esto, sería más pertinente, en el sentido de menos engañoso, hablar de un cierto tipo de victimización, es decir, de construcción de la víctima según unos parámetros políticos sectarios y muy útiles. Es así como esta deja de ser de todos para pasa ser un arma arrojadiza. El caso de Miguel Ángel Blanco resulta paradigmático.

Pero he aquí que el 20º aniversario del ominoso asesinato se produce en un tiempo caracterizado por lo que Kierkegaard llamaba “la suspensión política de la ética”, un movimiento que convierte todas las fronteras en materiales porosos, que permite una reapropiación de los antiguos conceptos que estructuran la realidad. La víctima se convierte, como todo lo demás, en un campo de batallas, la memoria abandona su condición de selectiva para vivir una apertura en todas las direcciones, los factos conmemorativos del atentado salvaje contra Miguel Ángel Blanco conviven con la precaria recuperación de los restos del padre de Ascensión Mendieta.

 

P.D.: El día que ETA, o lo que quede de ella (si es que algo queda), rinda cuentas ante la sociedad española por todos los crímenes injustificables cometidos, debemos achacarle, además, su parte correspondiente de responsabilidad por haber contribuido, siendo muchas veces el tonto útil, a la baja calidad de la democracia española. Uno puede entregar las armas y disolverse en cualquier momento, pero lo que es más cuestionable es si es posible disolver la presencia asfixiante en el imaginario colectivo de la representación absoluta del mal.


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