Por un Podemos de gobierno, no de alternativa

24 Jul 2017
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Por Alberto Rosado del Nogal
@AlbertoRNogal
Doctorando en cc. políticas en la Universidad Complutense de Madrid

 

La diferencia entre ser alternativa y ser gobernante es que la primera se mueve al ritmo del segundo. Y el segundo —el gobernante— seguirá marcando las pautas del terreno de disputa mientras la alternativa continúa jugando fuera del cuadrilátero, con las dificultades que eso conlleva. El objetivo es el mismo: cambiar las cosas; el medio es diferente: cómo y cuándo.

Vistalegre II se cerró pero la estrategia acordada parece difuminarse a medida que pasan los meses. A partir de febrero de este año Podemos pareció escorarse a la izquierda, aun más de lo que ya estaba en ese mes. Según datos del barómetro del CIS de enero de 2017 podemos era valorado por la mayoría social como un partido de extrema izquierda o de izquierda (véase la siguiente imagen del barómetro), mientras que la mayoría social se encuentra entre el centro y la izquierda.

Aun así, el giro de Podemos hacia la izquierda que ya se hizo evidente con su acercamiento a Izquierda Unida en 2016, se terminó de cerrar en febrero de 2017 con la victoria de Pablo Iglesias en la Segunda Asamblea Ciudadana. Mientras unos cerraban sus cicatrices internas, otros —el PSOE— las terminaba de abrir para empezar una de las batallas internas más grandes de las historia reciente de los partidos políticos de España: todo un aparato del histórico PSOE contra un aparente outsider como Pedro Sánchez. Un David convencido contra un Golliat anacrónico: ganó la ilusión y perdió la resistencia.

Las últimas encuestas electorales sitúan al PSOE como la segunda opción de gobierno con mucho más margen sobre la tercera fuerza (Unidos Podemos) en comparación con las elecciones del 20D y 26J. Un movimiento “normal” tras el empujón que la elección de un nuevo secretario general supone en un electorado. Ahora bien: ¿por qué no se produjo lo mismo con Podemos? Más allá de reabrir debates, lo cierto es que Podemos se encuentra en una deriva electoral, incierta aunque no necesariamente mala. Solo el tiempo situará a cada estrategia en su lugar.

En respuesta a Diego Cañamero y su artículo Por un Podemos de alternativa, quisiera mostrar, en primero lugar, todos los respetos ante una persona que ha dedicado el mayor tiempo de su vida luchando por el derecho de los trabajadores agrarios. Sin embargo, como decía al principio, Podemos no debe ser una “alternativa a”, sino un “gobierno para”. La incertidumbre e inseguridad —en términos de confianza— que acechan a la formación morada es su principal hándicap y eso solo puede cambiar “manchándose”. No se trata de ser más impolutos, sino de ser más útiles.

Solo desde abajo se construirá un partido digno y resiliente al paso del tiempo y de las zancadillas continúas del rival, pero solo gobernando se podrán construir las estructuras sociales y culturales necesarias para su supervivencia. Que una mayoría social confíe en Podemos no se conseguirá señalando la corrupción ajena, sino gestionando mejor con grandes dosis de píldoras ideológicas, a saber: remunicipalizar (ideología) los servicios funerarios del ayuntamiento de Madrid mientras se suben un 6% sus ingresos (gestionar mejor). Si Podemos se queda solo en el discurso, sus planteamientos ideológicos seguirán esquivando la confianza de las mayorías sociales.

Acercarse al PSOE no significa sanarlo, sino gobernar, a secas. Saquemos los nombres propios de la ecuación. Porque gobernar solo puede significar mejorar las condiciones sociales y materiales de la mayoría y demostrar que se puede, más allá del slogan. En el futuro quizá la herramienta no se llame Podemos, eso es lo de menos. Lo importante es que el terreno de disputa cambie y lo que ahora es impensable mañana sea asumido por todos los partidos. No se trata solo de luchar en el tablero político, sino de contribuir a configurar uno nuevo para el futuro que sea más favorable a las mayorías. Si el PP vuelve a gobernar Madrid en 2023 o 2027, seguro ya no podrán seguir ignorando los niveles alarmantes de la contaminación del aire. Eso es, precisamente, cambiar el terreno de la disputa política. Y se cambia gobernando, no siendo alternativa.


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