La frágil identidad europea y el otro

29 Jul 2017
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Marina Pla 
Politóloga, especializada en relaciones internacionales

“Se está produciendo una invasión. Esta inmigración masiva está cambiando la faz de nuestro continente. Estamos perdiendo nuestra seguridad y nuestro modo de vida y corremos el peligro de que los europeos se conviertan en una minoría en sus propios países”. Así justifican los tripulantes del C-Star, el barco fletado por el fascismo paneuropeo de Generación Identitaria, su presencia en el Mediterráneo para defender nuestros valores.

Desde hace un par de días, las autoridades del Canal de Suez retienen la embarcación por carecer de la documentación y los permisos necesarios para navegar, impidiendo, por el momento, que la organización torpedee los esfuerzos de quienes, como Médicos sin Fronteras o Proactiva Open Arms, tratan de salvar las vidas de aquellos que se lanzan al mar, acusándoles, además, de colaborar con mafias dedicadas al tráfico de personas.

Este discurso podría sorprendernos de no ser porque sigue las líneas de lo que, de un modo más sutil, marcan la propia Unión Europea o el Ministro del Interior español. Halla así su legitimación en la configuración de la UE como dispositivo de seguridad en el que opera un entramado de relaciones de poder, discursos y prácticas que han llevado a constituir la Europa fortaleza en la que vivimos.

Desde que estallara la crisis de 2008, el poder europeo ha hecho esfuerzos enconados por debilitar la fractura que supuso el fracaso del modelo de integración comunitario mediante el afianzamiento de sus fronteras hacia fuera. Los Estados miembro, supeditados siempre a Bruselas, habían transfigurado el mapa europeo, suprimiendo las fronteras interiores y permitiendo la libre circulación de personas, mercancías, servicios y capitales y, con la quiebra del modelo, se volvieron grietas por las que se desmembraba la UE.

Esta fortaleza exterior, producida como consecuencia de ese debilitamiento -no olvidemos que, para que haya un fortalecimiento, tiene que existir una sensación de debilidad y exposición- ha encontrado en las supuestas amenazas terrorista y del flujo de personas el elemento perfecto mediante el cual cohesionar la fracturada identidad europea; construir el otro para construir un nosotros.

Pero lo cierto es que, con la excepción del atentado terrorista de Niza, el resto de ataques perpetrados por musulmanes en Europa han sido casos violentos de relativa baja intensidad. Del mismo modo, el millón de refugiados ucranianos que han llegado a Polonia desde el estallido de la guerra en Ucrania son prácticamente invisibles en las calles polacas, mientras que un número similar de refugiados de Siria, Irak y Afganistán en Alemania son imposibles de ignorar, ya que contribuyen a la generación audiovisual del otro. Y, además, Polonia no es Alemania.

La configuración de Europa como una fortaleza ha frenado el potencial crítico de las identidades  políticas que emergen con el estallido de la crisis. Si recordamos, en un primer momento se vive una situación de desbloqueo en la que se abre la posibilidad de pensar una Unión Europea otra, con una crítica que va directa al corazón de la UE, y con la que conceptos como el de Troika pueblan el imaginario político. Esto no sería más que una reprobación a la falta de democracia del sistema, pero también una reacción contra la falsa cantinela desde el norte del “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”, articulada sobre el modelo ordoliberal impuesto y el austericidio. La nefasta gestión que hizo el establishment alemán de la crisis en el ámbito europeo conllevó el desencanto europeísta de sociedades enteras que habían creído en el modelo, especialmente en las “derrochadoras” periferias mediterráneas. Y esto era algo que Bruselas no podía tolerar. El enemigo no podía ser Alemania.

Sin embargo, pensar que el modelo ordoliberal se impone y que lo que nos dice la UE es realmente lo que nos dice Alemania allana el terreno a los poderes fácticos. Esta argumentación sería tolerable para las élites de los Estados miembro y, por ello, debemos hacer una lectura en clave marxista, en el sentido de que esta UE alemana responde, sin lugar a dudas, a los intereses de las élites europeas, de la hegemonía, del status quo. Es precisamente aquí donde se abre la posibilidad de repensar la Unión, y por ello son tan importantes los procesos políticos concretos de cada nación, por eso el surgimiento de Podemos o unas elecciones en Francia hacen que Europa tiemble.

La instrumentalización de cada nuevo ataque terrorista a manos de grupos yihadistas sirve para apuntalar lo poco que queda de la frágil identidad europea, articulando esa Europa fortaleza en la que el status quo, con la creación del otro, genera un nosotros. Porque no podemos olvidar que una sociedad insegura no recurre necesariamente a una acción militar tradicional, sino que abraza procesos que sirvan para yuxtaponer el nosotros contra ellos.

La actual Unión Europea está llena de contradicciones. Desde las instituciones se habla de la necesidad de acoger refugiados, de democracia y libertad o se reciben premios por su paz y su concordia y, a la vez, cada nueva política comunitaria genera rutas de migración más mortales,  se criminaliza a grupos sociales enteros o se externaliza el control fronterizo (mediante la diplomacia de chequera) a terceros países que ni respetan los DDHH ni van a asegurar la integridad física de los más necesitados. Y parece que el poder y el fascismo se valen de todo ello.

El problema de la inmigración es además perfecto como catalizador político, ya que solo las situaciones en las que la propia identidad se ve amenazada por el diferente la robustecen, incluso cuando esta amenaza es, como ahora, impostada. Según señalan Daniel Raventós y Julia Wark en un artículo sobre refugiados y salud mental, en el año 2016, en Alemania hubo casi diez ataques diarios a inmigrantes, pero en estos casos prevalece lo que ellos llaman “timidez semántica” y los medios nunca hablan de terroristas, sino de perturbados.

Esta idea del dispositivo de seguridad es fundamental para entender que la desdemocratización en la que se ha sumido a la UE y a sus Estados miembro, la cesión de soberanía o el estrangulamiento de países enteros mediante la aplicación a ultranza de políticas de austeridad no se vean afectadas por una reacción. Al contrario, que pueda crear un cierre de filas en el que la verosimilitud de la identidad europea existente -surgida del imaginario común de unos símbolos, unas instituciones comunitarias y de la creación del ciudadano europeo como nuevo sujeto de Derechos, pero que carece de correlato social y de substancia extrajurídica- y de su potencial reaccionario se actualicen.

Pero este fortalecimiento territorial y discursivo es un arma de doble filo. Los marginales partidos de extrema derecha, que hasta 2015 existían como una forma de folklore político, se vienen valiendo en los últimos años del descontento hacia el modelo de integración y las instituciones de Bruselas para generar un espacio político fascista y apelar a aquellos grupos de población que se sienten engañados por las promesas emancipatorias de la modernidad, llegando a articular incluso su programa en torno a la salida de la UE. Sin embargo, resulta muy sugerente preguntarnos por qué esos movimientos euroescépticos se han vuelto más europeístas en los últimos meses, con la moderación de Marine Le Pen en la segunda vuelta de las presidenciales francesas como ejemplo representativo. Su matizada postura durante el ballotage respecto a una salida inminente de la UE fue leída como una estrategia para ganar votos, pero en ella subyace una realidad peligrosa: la ultraderecha se empieza a sentir muy cómoda en esta Unión Europea.

La conversión de la UE en dispositivo de seguridad ha sido un éxito, pero no es definitivo porque no plantea un modelo de sociedad, sino uno de emergencia que sitúa al continente entero en un estado de excepción sin límites. En este contexto, es posible que se lleven a cabo políticas excepcionales, se recorten derechos y se profundice en la desdemocratización de nuestros sistemas, porque, ante todo, el sentido común que está operando nos dice que nuestra primera necesidad tiene que ser la (sensación de) seguridad. Que partidos fascistas y neonazis vayan ganando escaños en los parlamentos nacionales y en el Parlamento Europeo serviría también, según vemos que se articula el discurso hegemónico, para establecer un antagonismo irreal entre la derecha de orden y la derecha de desorden, antagonismo en el que el poder realmente existente siempre sale ganando. Pero, que no nos engañen: si el fascismo es la alternativa, es que no hay alternativa.

Por todo esto, la defensa de un imaginario político a partir de los valores y conceptos de los que en otro momento se ha valido el establishment cobra una radicalidad tremenda. En Europa y en los Estados miembro se ha vuelto radical asumir el posicionamiento conservador en torno a la defensa de la democracia, del Estado de bienestar o  de las políticas de convergencia económica, lo que confiere un potencial político enorme a un movimiento emancipador que logre entenderlo y revierta la locura austericida, convirtiéndola en potencial para hacerse con una mayoría social.

El retraimiento del modelo de ciudadanía ha dejado un espacio para el surgimiento de identidades asesinas en la mayoría de los países europeos, y el ejemplo del C-Star es solo uno de muchos. Pero ese espacio también puede ser ocupado por una idea de pueblo progresista y avanzada.

Teniendo en cuenta que Europa y el Euro son nuestro marco de posibilidades, hay que aprovechar las próximas Elecciones de 2019 para generar una identidad europea renovada con la que se pueda romper la dicotomía impuesta de la derecha y la ultraderecha, construir un verdadero antagonismo que nos dé la oportunidad de disputar las cuestiones clave que vertebran nuestra sociedad, poniéndolas nosotros mismos en el centro de la agenda pública, y crear así un pueblo europeo transformador.


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