El cuento de la criada

31 Jul 2017
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Beatriz Gimeno
Diputada en la asamblea autonómica de la Comunidad de Madrid, grupo parlamentario de Podemos

Pocas veces hemos las feministas hablado tanto de una serie de televisión como lo hemos hecho las últimas semanas sobre El cuento de la criada. Aunque el libro de Margaret Atwood es antiguo, 1985, es la serie la que lo ha restado de un cierto olvido mayoritario. No voy a entrar aquí en la calidad literaria ni en discutir qué es mejor, si el libro o la serie, diré que son muy diferentes. Únicamente voy a comentar la serie y algunas cuestiones que me ha suscitado desde el punto de vista feminista. Es verdad que la serie resulta impactante en un primer momento por su factura técnica y artística. Está muy hermosamente rodada. La fotografía, con esos colores, con esos interiores que evocan a Vermeer, son tremendamente evocadores. La crueldad está rodada con una limpieza estilística, con una sencillez expresiva que golpea.

Nos golpea. Es obvio que nos afecta porque sentimos el argumento no como una distopía lejana, sino muy cercana. Lo que la serie cuenta es ya una realidad para muchas mujeres del mundo: no tener derechos civiles, ni políticos, no conducir, ser consideradas procreadoras únicamente, no tener libertad de movimientos, ni libertad sexual, sufrir mutilación sexual… Nada que no sepamos que ya pasa, y con mucha frecuencia. Además, ese es también nuestro pasado inmediato y, si nos angustia cuando lo vemos, es porque no sabemos si podría volver a ser nuestro futuro. Recordemos que lo primero que hace el nuevo poder político en la serie es quitar a las mujeres la posibilidad de tener una cuenta bancaria y recordemos que nuestras madres o abuelas no podían tener una cuenta para ingresar lo que ganaban con su trabajo. Lo que hace la serie particularmente inquietante es que Atwood sitúa la distopía en nuestro propio mundo. Es decir, eso que sabemos que les pasa a otras, nos puede pasar a nosotras. Y si es inquietante es porque es creíble; nosotras sabemos que es creíble; que Trump es un misógino y que eso no ha bastado para arrebatarle la presidencia de EE.UU, un país donde se supone que las mujeres gozan de libertad e igualdad.  Las feministas sabemos que estamos, todavía, en el filo de la navaja, que quizá no hayamos alcanzado el punto de no retorno absoluto. Al fin y al cabo, eso que ya les pasa a muchas mujeres en el mundo, tampoco les pasó siempre. Los retrocesos en muchos países en lo que se refiere a los derechos de las mujeres son conocidos y respecto a dictaduras políticas enloquecidas y terribles tampoco nos faltan ejemplos cercanos. No parece sensato pensar que vamos a vivir aquí un retroceso parecido pero, en fin, nadie podía imaginar Auschwitz antes de Auschwitz.

Hay un momento en la serie que me impresionó especialmente y que creo que es una de las claves. Cuando el nuevo poder político impide a las mujeres trabajar y luego les arrebata sus cuentas bancarias para entregárselas a sus maridos, el marido de la protagonista, hombre sensible y se supone que progresista, no se duele ante la injusticia y se lanza a la calle, sino que dice: “No te preocupes, yo cuidaré de ti”. Y aquí surge la pregunta que muchas nos hacemos muy a menudo, ¿cuántos hombres saldrían a la calle a jugarse la vida por los derechos de las mujeres? ¿No es cierto que sabemos que muchos maridos, compañeros, hermanos o padres que luchan cotidianamente por un mundo más justo y que nos quieren dirían algo como…”bueno, mujer, es transitorio, ya verás cómo se arregla, no te preocupes que yo te protejo”? ¿Hasta qué punto los derechos de los mujeres son absolutamente irrenunciables para muchos hombres con los que cotidianamente nos relacionamos, y nos relacionamos bien? ¿Hasta qué punto nuestra situación de desigualdad les duele verdaderamente como nos duele a nosotras? ¿A cuántos? La respuesta, en realidad y desgraciadamente, sabemos cual es porque las feministas luchamos en todos los frentes todos los días. Una cosa es el apoyo que terminamos ganando para ciertas batallas y otra cosa es que también sabemos hasta qué punto muchos hombres que nos apoyan, lo dejarían correr si la cosa se pusiera verdaderamente peligrosa…”bueno mujer, ya verás cómo se arregla. Yo trabajo por los dos, no te preocupes”. Lo más perturbador de La criada es que nos recuerda que la carencia de nuestros derechos no es vivida con dolor por muchos hombres que sí se duelen de otras injusticias.

Pero desde el punto de vista feminista, la serie también tiene algunas cuestiones..que me resultan problemáticas. “¿Qué hay más importante que los hijos?” le pregunta el Comandante a la criada. “El amor”, contesta esta. Y la serie, en realidad, gira sobre eso (cosa que no hace el libro). Y no seré yo quien niegue la importancia del amor pero, según la serie avanza, el amor parece, efectivamente, lo más importante para la protagonista que en una situación como la que vive, tiene tiempo de enamorarse y de pasar por el filtro romántico incluso la relación que mantiene con el opresor. De todas sus pérdidas el amor romántico parece ser la definitivamente insustituible. No el amor como parte de la libertad perdida, sino el amor en sí, el amor romántico hacia los hombres concretamente. El amor romántico como la gran pérdida y finalmente, como salvación para la protagonista.

Hay otros detalles que me resultaron chocantes. Por ejemplo, cuando el Comandante quiere darle a ella algo valioso le enseña una revista femenina que ella recibe como un hambriento recibe pan; que a  la lesbiana la mutilen sexualmente (se supone) para que no se vuelva a enamorar de otra mujer y no tengo muy claro que tiene que ver dicha mutilación con enamorarse o no enamorarse o con sentir deseo por otras mujeres (quizá el hecho de que el guionista sea un hombre tenga algo que ver), o la escena de las prostitutas y, de nuevo, la importancia del maquillaje. Y sí, sé que son metáforas, que las dictaduras misóginas realmente prohíben el maquillaje y los bikinis, pero también prohíben estudiar, trabajar o no casarse. Preferiría que no fuera una revista femenina o el maquillaje lo que representara la libertad de elegir (así lo expresa la protagonista cuando el Comandante se la entrega) Tengo la impresión de que cuando el protagonista de una historia parecida es un varón lo que añora siempre es la libertad. (Libertad que incluye la libertad para amar, por supuesto, pero la enunciación es importante). Y me hubiera gustado más que la protagonista llegara a ser parte de la resistencia al régimen opresor de la misma manera que llegaría un protagonista masculino: buscando luchar por su libertad y la de todas y todos y no tanto por amor y con el amor por medio. Así mismo quizá la autora encontró más efectista entregarle a la protagonista una revista femenina como símbolo de todo lo perdido que no un libro de poesía porque, quizá, alguien todavía piense que ninguna mujer lloraría por perder la posibilidad de leer poesía, o física cuántica, si nos ponemos. No es romántico, no, pero es más real. Y a mí me hubiera gustado más; como me hubiera gustado más que cuando él le pregunta: “¿Qué hay además de los hijos?” ella contestara: “la libertad”, por ejemplo (y tengo más respuestas). Llamadme tiquismiquis.

 

 


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