Redefinir Europa

06 Oct 2017
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Guillermo Vázquez
Profesor de economía aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos

La historia de la Unión Europea es una historia de éxito. Los resultados electorales alemanes, junto con los acontecidos en las pasadas elecciones en Francia, así lo confirman. A pesar de que podemos hacer lecturas distintas de ambos procesos y redactar un amplio listado de matices diferenciales, en ambos casos los triunfadores son los mismos: la democracia cristiana liberal y la derecha xenófoba y nacionalista. Así, el modelo democristiano ha desplazado definitivamente a su gran competidor, la socialdemocracia, y ante una aparente ausencia de alternativas, ha abierto las puertas a los viejos nacionalismos europeos. “Nuestro modelo o la desintegración”, parece ser el nuevo lema del eje franco-alemán.

Ahora, estas palabras tienen más profundidad de lo que se suele pensar, pues demuestran un dominio extraordinario de alguno de los conceptos que la sociología lleva un tiempo manejando. Basar la lectura solamente en la denominada cultura del miedo, que entre otros autores ha desarrollado Noam Chomsky en las últimas décadas, sería insuficiente. Más interesante puede ser profundizar en ese concepto a partir de dos ideas poco utilizadas en los medios de comunicación: el de modernidad líquida que desarrolló el recientemente fallecido Zigmunt Bauman y el de cultura del riesgo o sociedad del riesgo en el que Ulrich Beck lleva años trabajando.

Vivimos inmersos, desde hace años, en lo que Bauman denomina una modernidad líquida. Para este autor, la principal virtud de un individuo dentro de las sociedades modernas parece ser la búsqueda constante de la felicidad individual mediante una eficiente adaptación al entorno. El problema es que en el mundo globalizado el entorno cambia constantemente, y por lo tanto la creación de identidad individual debe ser versátil, espontánea y muy flexible. Si una persona desea integrarse plenamente en la sociedad no puede basar su identidad en paradigmas éticos y morales profundos y bien estructurados, es decir, en una modernidad sólida. Deberá sumergirse en el mundo a partir de principios de asimilación rápida y sencilla que le permitan adaptarse fácilmente a una realidad sociopolítica en continua mutación. “No lo piense demasiado y decida”, parece ser el dogma de los tiempos que corren.

Profundizando algo más en el argumento, Beck nos plantea un contexto donde la sociedad del riesgo lo inunda todo. Este concepto puede tener dos lecturas perfectamente complementarias. La primera se fundamenta en la necesidad de asumir continuamente riesgos individuales para aumentar la rentabilidad, generalmente económica, de nuestras decisiones. La segunda supone una extensión de la primera, y se centra en la definición de identidades a partir de significantes antagónicos. De este modo, el miedo hacia algo que queda definido siempre como peor que lo existente, nos empujará hacia el conservadurismo y la negación del otro, pues asumiremos que el riesgo es demasiado elevado para apostar por esa posible opción. Es la doctrina del “nosotros” frente a “ellos”.

La gran virtud del modelo democristiano ha sido la creación de sujetos e identidades vacuas, frágiles y perfectamente manipulables a través de la retórica política y los medios de comunicación. No obstante, la evolución de este modelo frente al nacionalista y xenófobo es distinta. En el caso del segundo, la relación es evidente y existen numerosos ejemplos históricos que lo confirman. Sin embargo, actualmente hemos visto como este tipo de movimientos, a pesar de basar su ideología en componentes clásicos, ha ampliado el espectro hacia nuevos conceptos con objeto de ampliar el sujeto electoral. En consecuencia, ya no es sólo nacionalista, tradicionalista y xenófoba, sino también euroescéptica, antiausteridad y antineoliberal, entre otros, en un claro ejercicio de definición de antagonismos.

Todos estos conceptos tienen una aceptación social muy rápida y efectiva dentro de los sectores sociales que están sufriendo las políticas llevadas a cabo en el seno de la Unión Europea. Prácticamente no ha sido necesaria la redefinición de significantes, pues la deriva social ha facilitado la interiorización de la lectura clásica del problema: identidad nacional frente al miedo y el otro antagónico. Pero en contra de lo que los medios parecen afirmar, la aparición de sujetos políticos de este perfil es complementaria y beneficiosa para la supervivencia de la identidad dominante, haciéndola incluso más homogénea. Son las dos caras del mismo modelo, se refuerzan entre sí y dificultan la entrada de otros sujetos en el tablero de juego. En otras palabras, son claramente excluyentes.

Ahora, el caso del modelo democristiano y liberal es diferente. En su caso ha sido necesaria la redefinición y creación de significantes y sujetos que trascendiesen a los modelos clásicos de las décadas previas. Pensar en el significado de “Europa” inmediatamente después de Maastricht no es lo mismo que hacerlo ahora. Podríamos extraer la misma conclusión si tuviésemos que comparar el significado de “euro” en 1998 respecto al momento actual. Probablemente la sensación sería la misma en el caso de déficit público, deuda, mercado común o cambio climático, por ejemplo. Pero para hacerlos coincidentes con su política e integrarlos dentro del nuevo sujeto político, se han visto en la obligación de redefinir también conceptos generalistas, como son, por ejemplo, los de solidaridad, mercado, medioambiente, refugiado, libertad, ciudadano, consenso e incluso Alemania, entre otros muchos.

Este ha sido un trabajo de años. Un trabajo tranquilo y sin apenas fisuras. Cercano al nivel de excelencia de la piecemeal social engineering definida por Karl Popper. El trabajo es tan fino, que incluso se han apropiado del concepto tercera vía, definida por Anthony Giddens, para llevárselo hacia un liberalismo basado en el mercado y centrado en la dictadura del crecimiento económico y los niveles de renta per cápita como indicadores de progreso. Poco esfuerzo hacen por recordar que esta tercera vía se fundamentaba en la promoción de la educación, la cultura, el progreso tecnológico y el desarrollo económico y social, dentro de un modelo económico mixto y de competencia regulada.

Por lo expuesto, considero que sería un error circunscribir solamente a Alemania el debate. Este país es el epicentro del modelo triunfante, es cierto. Pero el modelo es ya homogéneo a nivel europeo y conforma la espina dorsal de la estrategia actual del eje franco-alemán, y por supuesto de los principales intereses económicos y financieros dominantes. Son muchos los actores responsables, y no sólo residen en el país de Merkel.

Sin embargo, hay un matiz que diferencia a Francia de Alemania: la aparición de Francia insumisa y la inexistencia de una alternativa similar en Alemania. El partido de Melenchon ha sido protagonista privilegiado de la debacle socialista en las elecciones galas y ha demostrado la posibilidad de redefinir la política a partir de una lectura exitosa de las demandas de la sociedad francesa. El problema es que la aparición de partidos como Podemos en España, Syriza en Grecia y la propia Francia insumisa no ha implicado la configuración de un nuevo sujeto político a nivel europeo. Estos partidos han tenido éxito en la definición de demandas sociales a nivel nacional. Pero para poder definir un sujeto político de éxito a nivel europeo, la búsqueda de demandas debe partir de un contexto netamente europeo. No basta con lecturas nacionales y un intento de exportación con objeto de buscar sinergias. En ese sentido, la extrema derecha le ha ganado la batalla a la nueva izquierda.

Para crear desde la izquierda una identidad europea transversal y heterogénea a partir de demandas comunes, el tablero de juego debe ser la Unión Europea, o en su caso, la zona euro. La derecha xenófoba y nacionalista lo ha conseguido con formas clásicas y sencillas. El trabajo desde la nueva izquierda no será tan fácil. El punto de partida es complicado. Tenemos idiomas distintos, economías distintas e identidades culturales distintas. Aparentemente sólo nos une la sensación de que este modelo es excluyente y beneficia principalmente a los grandes intereses económicos y financieros. Pero esto mismo es ya generador de una demanda común: la necesidad de democratizar la Unión Europea. Muchos sectores sociales se han sentido presa de la cultura del miedo, y han caído en el debate de “integración o barbarie” ante un contexto de elevada precarización y con el solo asidero de identidades muy frágiles. Pero hay alternativas, y debemos trabajar en ellas.

La nueva izquierda no debe entrar en el juego de los antagonismos fáciles, porque las demandas comunes de este nuevo sujeto social por construir se integran tanto en el “nosotros” como en el “ellos”. Esta nueva identidad europea debe huir de lecturas clásicas basadas en antagonismos políticos o de clase e iniciar la búsqueda de demandas generales que progresivamente se vayan transformando en programas concretos. De igual modo, debe luchar por devolver a su significante original muchos de los conceptos en los que inicialmente se basó el proceso de integración, e incluso ampliarlos. Así, conceptos como el de Europa social y de los ciudadanos, proyecto democrático, bienestar, desarrollo económico y social, reducción de asimetrías estructurales y productivas, solidaridad entre los pueblos, ecologismo, igualdad de género, pluralidad cultural y nacional, entre otros, deben cobrar plena significación y ser pilares de este nuevo proyecto.

Pero claro, un proyecto de este tipo será muy exigente en términos de puesta en común de ideas. En este caso, probablemente deba ser la periferia económica la que deba tomar inicialmente las riendas. Sin embargo, sin el apoyo de parte de las economías del centro económico, el proyecto tendrá un éxito parcial y caduco, similar al acontecido a partir del “momento Syriza”. A pesar de ello, el contexto es idóneo, pues en el mismo seno del eje franco-alemán encontramos a uno de estos sujetos de éxito. Así, Podemos y Francia insumisa deben aprovechar su vecindad y cercanía cultural para prender la mecha de un proyecto que con toda seguridad irá progresivamente aglutinando a otras fuerzas políticas, en la búsqueda de todo ese conjunto de demandas que generen una identidad europea común desde la izquierda. Tenemos que redefinir “Europa”. Hay mucho trabajo por delante, pero las perspectivas son buenas.


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