¿Es posible la libertad económica sin igualdad?

17 Oct 2017
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Agustín Franco Martínez 
Profesor universitario. Cáceres

“El feminismo es, simplemente, la democracia llevada a sus últimas consecuencias. ¿Se puede decir ‘soy un poco demócrata’ sin hacer el ridículo? Pues tampoco se puede decir ‘soy algo feminista’. Se es feminista o antifeminista, como se es demócrata o antidemócrata”. (Ramón Irigoyen, “Pero, ¿quién es el bestia que no es feminista?” El País, 26/12/2000).

Con ocasión de la reciente Jornada Estatal de Economía Feminista 2017 celebrada el pasado 7 de octubre en Madrid es oportuno reflexionar sobre la importancia económica de poner en el centro la igualdad. Y es curioso que no se haga más a menudo, especialmente en una época en la que las desigualdades son la nota dominante, especialmente porque si desde algún lugar se habla de igualdad ése es precisamente el feminismo y, en particular, la economía feminista.

Todas conocemos el triste destino que ha corrido el mantra revolucionario de ‘libertad, igualdad y solidaridad’. Juan Francisco Martín Seco lo analizó bien en La farsa neoliberal, destacando que se habían quedado con lo primero, con la libertad, olvidándose de las otras dos. Y Juan Carlos Rodríguez lo disecciona con gran precisión en De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, al señalar que la única libertad que ha quedado es la ‘libertad para explotar’, esto es, la libertad de los empresarios.

El uso y abuso de conceptos universales tiene una virtud, unifica a las masas, cohesiona a la sociedad, pero también tiene un gran defecto, que se vacían de contenido y dejan de ser útiles para el análisis científico y filosófico en línea con lo que Marx advirtió: La ciencia no sería necesaria si la realidad y sus relaciones sociales estuvieran a la vista de todas las personas. Y por la misma razón, por ejemplo, hace tiempo que desde el anarquismo se habla de movimiento libertario, el cual está en las antípodas del caótico neoliberalismo, como explica Normand Baillargeon en El orden sin el poder, ayer y hoy del anarquismo.

Así, ante esta tesitura, quizá sea hora de replantearse la cuestión, saliendo de la clásica solución triangular o trinitaria, esto es, afirmando que una sin las otras no se entiende. Eso lo sabemos, pero lo cierto es que se han ‘independizado’ (si se me permite la palabra) unas de otras, provocando el resultado funesto que tan bien conocemos y sufrimos el 99%, que se ha hecho posible la libertad económica sin necesidad de ninguna igualdad (léase patriarcado) y, mucho menos, de solidaridad (léase aquí, por ejemplo, personas refugiadas).

Hagamos este ejercicio en tres sencillos pasos, cada uno con su nombre: Libertalidad, libertaridad y dignidad. Y quiero puntualizar aquí que el primer paso, la libertalidad, es el más difícil de todos, es un paso colectivo cuya denominación fue sugerida y acuñada recientemente por la joven economista Astrid Agenjo. [1]

1.) Libertalidad. Para expresar ese lazo indisoluble entre libertad e igualdad. 2.) Libertaridad, para recoger la singularidad entre libertad y solidaridad. 3.) Y dignidad como unidad de las dos anteriores, como la última trinchera, como argumenta Manuel Cañada en su último libro.

Así, la libertalidad implicaría que no es posible entender ningún acto de libertad sin considerar de forma explícita y a priori sus efectos sobre la igualdad. Algo que vienen reclamando, aunque a posteriori, los estudios feministas sobre los presupuestos públicos. Y algo de lo que se olvidan los teóricos de la mal llamada Responsabilidad Social Empresarial (puesto que no hay nada más irresponsable, por definición, que una empresa capitalista, cuya fuente de enriquecimiento es la explotación del trabajo ajeno, por narices y porque no queda otra).

En consecuencia, el principio de libertalidad asegura los límites en los que tiene sentido hablar de libertad y más allá de los cuales ya se pierde. Esto es, la libertad del zorro en el gallinero no es libertad, es una masacre y una irresponsabilidad. La libertad de evadir impuestos legalmente a paraísos fiscales no es libertad, sería otro ejemplo.

Y cuando esto está garantizado o incluso cuando esto no es posible, entonces llega el segundo paso, la libertaridad, entendida como libertad en el marco de la solidaridad, donde las relaciones son desiguales de partida, por lo que ningún acto de libertad puede dejar igual o empeorar la posición más débil. Se eliminan de aquí todos esos criterios pareto-eficientes y rawlsianos que admiten ganancias sociales siempre que no empeore la situación del más débil y cosas por el estilo (como el efecto trickle-down o efecto goteo).

En consecuencia, el principio de libertaridad asegura la legitimidad y viabilidad de propuestas como la limitación de salarios máximos, los impuestos a las transacciones financieras internacionales, la lucha contra la pobreza a través de mecanismos como la renta básica universal o las reivindicaciones de igualdad de género mediante la concesión de permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles a hombres y mujeres. [2]

Y el último paso, una vez dados los dos anteriores, es la dignidad. Una palabra que, pese a su longevidad, curiosamente no está muy gastada, de hecho es quizá la palabra menos usada durante el periodo capitalista. Si se me permite la analogía, es hora de sacarla del armario. Porque sin dignidad no es posible la democracia ni a nivel político ni económico.

Notas

[1] Investigadora del Observatorio GEP&DO de la Universidad Pablo Olavide. El concepto de ‘libertalidad’ lo sugirió durante su conferencia ‘Economía Política Feminista’ en la Jornada Estatal de Economía Feminista 2017.

[2] Un clásico de esta cuestión es el estudio de María Pazos Morán, Desiguales por ley: Las políticas públicas contra la igualdad de género.


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