Economía feminista y fronteras de justicia

19 Oct 2017
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Agustín Franco Martínez
Profesor universitario. Cáceres.

“La única idea nueva que podría salvar a la humanidad en el siglo XXI es que las mujeres asuman la dirección del mundo. Creo que la hegemonía masculina ha dilapidado una oportunidad de diez mil años. (…) Invertir los poderes es un asunto de vida o muerte”. [García Márquez, Time Magazine, 15/10/1992].

Un modelo económico justo, democrático, igualitario, solidario pasa por la reconsideración de los sujetos morales de justicia en el marco de las relaciones de poder entre los sexos. ¿Qué modelos económicos democráticos pueden proliferar en contextos desiguales y cuáles en terrenos más igualitarios? Vamos a plantearnos esta pregunta desde las claves de la economía feminista.

Siguiendo a Nancy Fraser en sus Escalas de justicia podemos identificar los tres modelos básicos (en gradiente ascendente): nacionalismo, internacionalismo y cosmopolitismo, sin olvidar en primer lugar el tribalismo como modelo social más primitivo o primigenio, producto de la sedentarización de pequeñas comunidades. Si a ellos les añadimos las coordenadas de género en las relaciones de poder, veremos varias cosas. Destacamos ahora dos principales, partiendo de la base que los cuatro modelos orbitan alrededor del sol democrático y que todos pueden a priori acercarse a la misma distancia de este astro político.

Primero, que además del grado creciente en cuanto a las preocupaciones y consideraciones morales sobre quién es nuestro prójimo, lo destacable es la oposición (evolución) entre estos modelos en cuanto a su área de influencia patriarcal o matriarcal. Así tenemos los pares tribalismo-cosmopolitismo y nacionalismo-internacionalismo. Así, por ejemplo, el drama de los refugiados y de los pueblos desnacionalizados, inmigrantes en su propia tierra, desde los extremeños trashumantes a los palestinos, sólo puede resolverse desde claves –como mínimo– no nacionalistas, esto es, internacionalistas o cosmopolitas.

Y segundo, que la principal baza del nacionalismo es su apelación a la identidad y su potencial proximidad a la democracia más genuina (esta última, en teoría, es la misma baza para todos los modelos, al menos como posibilidad).

En cambio, la mejor carta del internacionalismo y del cosmopolitismo es su confluencia con los espacios de poder feminizados y feministas, además de su adhesión a las vindicaciones de igualdad, donde los impactos patriarcales se han difuminado hasta un nivel mínimo e incluso nulo, quedando parcialmente subordinados a lo sumo a una preferencia patrilineal (o de línea de descendencia paterna).

Sin embargo, el nacionalismo quiebra las principales reivindicaciones feministas a sus tres niveles básicos: redistribución, reconocimiento y representación, porque todas caen bajo el influjo patriarcal, más o menos suavizado.

En el marco nacionalista la representación política paritaria adolecerá siempre de cierta dosis de patriarcalismo. Y la excepcionalidad será la norma para el ascenso de las mujeres al poder, que lo harán preferentemente como epicleras [1]: “Éste era el nombre de las mujeres griegas capaces de heredar -al no tener hermanos- el nombre y los bienes paternos. Las epicleras, excepcionales, eran autorizadas a proseguir el linaje paterno porque si no éste se interrumpiría”.

Más aún, este caldo de cultivo nacionalista casa bien con las iniciativas de la llamada economía social y solidaria, en las que la posición de la mujer sigue siendo (secretamente) subalterna y explotada. Una trampa, un caballo de Troya, por la que las instituciones de la iglesia católica pretenden desarmar y marginar el impulso feminista, como ya antes hicieron con las reclamaciones obreras y socialistas, difuminando la lucha de clases y vendiendo la (falsa) armonía entre los intereses de trabajadores y capitalistas.

Las políticas públicas de redistribución en materia de igualdad también tenderán a ser un lujo sólo para tiempos de bonanza, en virtud de las preferencias patriarcales, por un lado, y de las diferencias culturales, por otro. Aquí la crítica de Lidia Cirillo adquiere toda su pertinencia y actualidad [2]. En particular, la crítica marxista al feminismo liberal plantea tres cuestiones. Primera: No es un canal político y social que favorezca las luchas de las mujeres. Segunda: No aporta las garantías de una lucha organizada (carece de autonomía y cohesión). Tercera: No reconoce la realidad de la mujer oprimida, ignora la lucha de clases y las estructuras de dominación y exclusión (ya sea por razón de sexo, raza, clase u otra categoría).

Por último, las políticas de reconocimiento de la identidad femenina y de los logros de las mujeres, pese a ser estas políticas las más privilegiadas en este espacio nacionalista, se aproximan bastante más a los excesos posmodernos, dejando vía libre al feminismo light, liberal, de derechas [3]. Legítimo y democrático, por supuesto, como los paraísos fiscales, pero que lleva el feminismo más como máscara y como cosmética que como estructura de transformación social.

En conclusión, de todo lo dicho, se siguen muchas lecturas, pero una es especialmente evidente: Hoy en día el derecho de autodeterminación no se juega tanto en el campo de los Estados-nación como en el de los Mercados-globalización.

Notas

[1] A. Valcárcel (2009: 166, cap. VIII, nota al pie 4). Feminismo en el mundo global.

[2] L. Posaba Kubissa (2012: 126). Sexo, vindicación y pensamiento.

[3] “El suave antifeminismo de la derecha”. Hombres Igualitarios, 26/05/2017.


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