Los cambios de estado de la materia

18 Dic 2017
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Victor Prieto
Graduado en Ciencias Políticas por la UCM, Máster de Estudios Avanzados en Filosofía y opositor a TAC

Puede que la victoria del Partido Popular en 1996 sea uno de los momentos de la historia reciente de España que más fascinación me producen. Y quizá ello se deba a que se trata de un tiempo por el que se pasa, a menudo, de puntillas, como sin querer deshacer el relato coherente que se abre en la Transición y nos conduce, inexorablemente, hasta el día de hoy. Ya sea para loar el presente o para enmendar su totalidad, “los felices 90” aparecen como un lugar común, anodino, el reino de la cotidianeidad, frente a los grandes sobresaltos de aquel periodo transicional y de este abismo causado por la crisis.

Para tratar de huir de esta tiránica temporalidad del acontecimiento, queremos asomarnos a ver qué pasa cuando, en principio, no pasa nada, pues podemos intuir que es junto en esos  momentos cuando se están sentando las bases para que todo salte por los aires.

Los años 90 coinciden, además, con la infancia y primera adolescencia de la generación que está tratando de desbloquear las grandes cuestiones, cerradas en forma de consenso, que constituyen el marco institucional, en sentido amplio, del presente. Tal vez, por ello, también se trate de una forma indirecta de repensar nuestras propias vidas, una excusa para intentar entender qué nos ha pasado. Como dijera Benjamin, “Quien aspira a acercarse al propio pasado sepultado ha de comportarse como el que exhuma un cadáver”. Ese cadáver somos nosotros mismos.

Nuestro presente puede ser entendido como el estadio final de una revolución cultural que se inicia en los 90, y que tiene como corolario el triunfo definitivo de la modernidad en nuestro país. Sin embargo, referirse a la modernidad en España es siempre algo problemático, ya que muchos de los factores económicos, sociológicos, políticos o filosóficos que están implícitos en dicho concepto o bien nunca se dieron o no coincidieron en el tiempo. Quizá sería más adecuado hablar del paso directo de la premodernidad a la posmodernidad, con conatos de modernidad rápidamente extinguidos por una larga dictadura, la excepcionalidad del periodo transicional y el triunfo incontestable de la democracia representativa liberal.

En los años 90 tiene lugar un cambio de mentalidad profundo en la conciencia colectiva del país, que pasa de “sentir que aún queda mucho por hacer” a “sentir que ya todo está hecho”. Ciertamente, el estado de conciencia casa con la rápida equiparación de los estándares de vida con los países de UE-15. Pero lo importante no son tanto los datos objetivos del PIB per cápita (83% de la media de la UE-15 en 1995) como ese profundo sentimiento de triunfo repentino que se desprende de los nuevos hábitos de vida, fuertemente vinculados al consumo. (Para que nos entendamos, la modernidad tiene más forma, en España, de privatizaciones de empresas públicas, cocaína y anorexia que de una verdadera redistribución de la renta).

Habitualmente, se ha asociado esta gran transformación a la burbuja inmobiliaria de los gobiernos de Aznar, pero habría que situarla un poco antes, en los profundos cambios institucionales que se llevaron a cabo para responder a los criterios de adhesión a la UE y la posterior firma del Tratado de Maastricht. Solo así puede entenderse el cambio político de los años 90, enmarcándolo en un cambio social más hondo en el que el PSOE de Felipe González es la pieza central. Podría decirse que, mucho antes de entregarle al PP la mayoría política en las urnas, el PSOE le había construido al PP la hegemonía ideológica de la que hoy soñamos desprendernos.

Los años 90, los del triunfo definitivo (el “éxito español” que terminó en 2007), son también los del crecimiento progresivo del sentimiento de vulnerabilidad. Y es que el incremento de la Renta Personal Disponible y la capacidad adquisitiva conviven con una sensación generalizada de mayor exposición al riesgo. El neoliberalismo español va tomando forma en un contexto de facilidad de acceso al crédito y pérdida paulatina de los derechos laborales. Es el momento en el que gran parte de la clase obrera, en proceso de desmantelamiento, va a ser entregada a los brazos de Partido Popular, matriz originaria de la pregunta recurrente: “¿Cómo pueden los pobres votar a los ricos? (que la izquierda tradicional autosatisfecha ha respondido, sin entender nada: “No hay nada más tonto que un obrero de derechas”).

La creciente vulnerabilidad, siendo más un sentimiento subjetivo que una categoría social, mantiene un parecido de familia con la noción actual de precariedad. Incluso podríamos decir que hay una línea de continuidad entre ambos conceptos que discurre a través del tiempo y nos otorga la posibilidad de pensar el pasado inmediato (el del éxito económico) y nuestro presente (de crisis) como formando parte de un mismo tiempo.

Hoy sabemos que mientras el vulnerable de los 90 (el pobre integrado) carecía de un status simbólico, un lugar desde el que afirmarse políticamente, el excluido (lo mismo que el rico) poseía un status simbólico preferente situado bajo la categoría mediática de “marginado”. Nadie miraba a los vulnerables, fueran pobres o de clase media baja, porque respetaban las reglas de la integración, estaban diluidos en múltiples identidades, no tenían un status simbólico. Pero todos ponían sus ojos en los ricos, porque esa mirada permitía describir los objetivos sociales, marcaba el camino, y en  los excluidos, porque representaban el anverso, el fracaso, el precio a pagar.

Traducir la vulnerabilidad de ayer en términos de la precariedad  de hoy (y viceversa) es un ejercicio ineludible para el que pretenda dar forma a un sujeto colectivo con capacidad para imponerse políticamente. Pasar de la mayoría social del sentimiento de exposición, inseguridad e incertidumbre a una mayoría política requiere de la reconstrucción de la memoria de unos individuos despojados, antes que nada, de sentido. Para ello, no vale con mirar al pasado remoto de la Transición y reducirlo todo a un impotente y traumático choque generacional. Es preciso afirmar que, en democracia, todos los momentos son (susceptibles de ser) constituyentes, huir del acontecimiento y ver qué pasa cuando no pasa nada.


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