Periodistas inmundos, non gratos. Y un canto a Évole (II).

31 Mar 2014
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Víctor Sampedro Blanco
Catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política en la URJC.

En la entrega anterior pedía al alumnado de CC de la Información y/o Comunicación que declarase a Pedro J. Ramírez, Casimiro García-Abadillo, Fernando Múgica y Federico Jiménez Losantos personas non gratas. Mientras la escribía, los estudiantes rechazaban la ley de su compadre Wert en las calles. Ahora argumento las razones de fondo para que destierren de los campus a quienes, una vez más, les invisibilizan. Ni una sola mención a la huelga y las detenciones de estudiantes en la edición digital de El Mundo que acabo de consultar (28 de marzo, 13:19 a.m.). Los pseudoperiodistas fabrican opinión pública, en vez de ayudarla a que se forme y exprese. Inventan mayorías para hablar en su nombre. Si pueden, ignoran a quien se les enfrenta. Si no, le criminalizan. Hay que desalojarles de la esfera pública, si queremos oírnos y dialogar en paz. Hay que vetarles en los ambientes académicos que forman a futuros periodistas. Su primer cometido será escuchar al público, antes de dirigirle la palabra e intentar representarle. Una cuestión de mero respeto, vamos.

Si otro compañero de profesión hubiese incurrido en sus desmanes, los periodistas inmundos le habrían imputado, al menos, tres muertos. Se pasaron una década buscando los “autores intelectuales” del 11M. El 13 de marzo de 2004 el panadero pamplonica Ángel Berrueta fue acribillado a balazos por un vecino policía. Se había negado a colocar en su local un cartel que imputaba la matanza a ETA. Al día siguiente, en una manifestación solidaria con su familia, Conchi Sanchís falleció de un infarto, tras una carga policial en Hernani. Los inmundos también acosaron al excomisario de Vallecas, que custodió la mochila con las pruebas claves. Invalidaba sus invenciones sobre los explosivos. Le destrozaron la carrera y la vida familiar. Su mujer se suicidó.

En democracia, los intelectuales (que no se quejen, les tratamos como si lo fuesen) no delinquen. No les imputamos ningún asesinato, sino el mayor delito que puede cometer un periodista: intimidar y engañar a la opinión pública. Desde la mañana del 11M desplegaron la estrategia comunicativa de Aznar. Intentaron desatar lo que Noelle-Neumann llamó una espiral del silencio. Intentaron amedrentar a quienes disentían. Callarles, fabricando una falsa mayoría al acusar de colaboracionistas a quienes avalasen el desmentido de Otegi sobre la autoría de ETA. Y nos convocaron a la manifestación oficial del 12 de marzo. Como explicamos en un libro de 2009, aquello fue un acto electoral del PP, que pudo acabar en otro atentado peor que el de los trenes. Ahí también aportamos argumentos e imágenes que siguen censurados.

Antes de las elecciones de 2004, en lugar de silencio se sucedieron las mentiras prudentes (teoría de Timur Kuran). La versión oficial fue cuestionada con apocamiento, medias tintas y en voz baja. La mentira institucional y el silencio de la oposición se quebraron cuando las cibermultitudes del 13M se convocaron en la jornada de reflexión electoral. No cabía otra que exigir la verdad antes de votar. Le atribuyeron a Rubalcaba haber organizado aquellas manifestaciones, cuando compareció en público a rastras de ellas. Y así ha seguido la cúpula socialista, rebasada por la contestación social. Ya no digamos cuando el 13M reapareció como 15M, que según los conspiranoicos, era la versión camping del comando Rubalcaba.

La conspiración aprovechó, desde el primer momento, que la condena a ETA fue unánime entre representantes políticos, intelectuales orgánicos y corifeos mediáticos.  Condenaron al “entorno” vasco-etarra aquellos días, con una certeza infundada, desmentida por los hechos. Se había convertido en corrección política gritar: “Maldita ETA. Y si no ha sido ella, da igual”. Una expresión diáfana del todo vale contra el terror. Aunque sea al margen de la realidad. Es decir, la excusa perfecta que permitiría magnificar al enemigo que justificase toda la inmundicia que soltarían con su excusa. ¿Para qué recordar los nombres de aquellos tribunos inflamados de ardor antiterrorista? Algunos de ellos, ahora se presentan como regeneracionistas, antiglobalizadores o quincemayistas. Identifíquenlos, si quieren, en los comentarios. Nosotros ya lo hicimos en su tiempo, en aquel libro. Ni uno solo se ha retractado. Carecen de legitimidad para repudiar el periodismo inmundo. Se inhabilitaron para parar los pies a quienes les tomaron la delantera en 2004.

De hecho, tras el 11M, la mayoría de políticos y tribunos aplicaron la máxima regla de la Transición. Borrón (ensangrentado) y cuenta nueva (de resultados). A seguir con el mismo negocio. El muerto al hoyo. Y los más vivos al bollo. Sin mirar atrás. Sin piedad. Ocultando traiciones, heridas… responsabilidades inconfesables. Lo que no previó la izquierda es que la derecha perdería la vergüenza. “Sin complejos” reescribió la Guerra Civil de la mano de Pío Moa y con otra reivindicó a Azaña durante el Aznarato. Perdido el poder, se lanzó a contar fábulas de horror en tiempo presente. La teoría de la conspiración fue el cuentacuentos (storytelling, dicen los pedantes) del PP. Antes, durante y después de cada aniversario del 11M; incluido el último. Y piedra angular de la lapidación de “ZetaP”. Más de cuatrocientas preguntas del Grupo Popular introdujeron la inmundicia mediática en el Parlamento. A eso se le llama alineamiento editorial-partidario. O prensa de partido.

El intento de normalización del periodismo inmundo al que hemos asistido era previsible. Las reacciones a los dos programas de Salvados, previos al último 11 de marzo, así lo hacían presagiar. Tras el primero, sobre el 23F, “la profesión” linchó a Evolé. En el segundo, cuando entrevistó a Pedro J., le puso en evidencia de forma manifiesta, pero nadie dio acuse de recibo. No se enteraron o miraron a otro lado.

Mis alumnos (y otros muchos conocidos) han sustituido el telediario e Informe Semanal por el Intermedio y Salvados. El tumulto mediático sobre el “engaño” de Évole, un falso reportaje del 23F, manifestaba el afán de auto-legitimación de una profesión desnortada. Los prebostes del oficio se pusieron selectos. Nos advirtieron que el problema era la (con)fusión de formatos. Como si no usásemos la infosátira para quitarnos de encima el fétido olor a relaciones públicas y a propaganda partidaria que desprenden las noticias que consideran serias.

Évole encarna al hombre de la calle, al Juan de Mairena periodista (se lo he copiado a Juan Varela). De ahí su identificación con el público. No engañó a nadie. Al contrario que los reporteros “más rigurosos”, desveló su artificio. Artificio, verdades a medias y completas falsedades son también los libros y crónicas del 23F publicados por periodistas de mucho pedigrí. Javier Cercas se pasó a la novela y en Anatomía de un instante contó lo que hasta ahora se nos permite saber sobre aquella puesta en escena. Lo que relata no difiere tanto del simulacro de Évole. Éste último reconocía que había producido una ficción, porque no podía acceder a los archivos. Siguen cerrados a cal y canto. Una “narración real”, que diría Cercas, puede resultar más cierta que un reportaje. Por eso, dicho sea de paso, mis mejores alumnas (casi todas son chicas) conocen cómo nos (des)gobiernan y la actualidad que (mal)vivimos a través de teleseries extranjeras que se descargan de la Red.

Los compañeros de oficio pusieron a Évole en la picota. Quisieron distanciarse de él y, para señalar de qué lado estaban, obviaron criticar a los periodistas de renombre que participaron de su juego. Le concedieron entrevistas falsas sobre unos sucesos de los que nos han seguido (des)informando. Lo dice la propia Pilar Urbano. Podría pensarse que Evolé nos presentó una parodia de la farsa que representan desde 1981. El no va más del fake: un engaño montado sobre otro engaño. Encima, con los mismos protagonistas. Por eso vapulearon al bufón, que para eso está: reírle las gracias y darle capones cuando se pasa. Y mantuvieron en los altares al telepredicador de la progresía, al escriba del Monarca, al Real Académico de la lengua bífida… Aún hay clases en la casta periodística. Así se demostró tras el siguiente Salvados.

Sin justificación alguna los medios absolvieron a Pedro J. de su conspiranoia tras la magnífica entrevista que le hizo Évole. Aún creía “poco probable” la autoría de ETA. A pesar de que los tribunales habían rechazado por enésima vez las pruebas inventadas y los testimonios pagados por sus subordinados. Los prebostes del periodismo callaron. Asumían que la credibilidad de un informador no deriva de su inquebrantable fidelidad a unos hechos, probados y contrastados. Es un acto de fe ciega: para aquellos que no quieren ni necesitan ver la realidad. Ni que se sepa. Por eso El Mundo transmitió en la jornada electoral de 2004 la “convicción moral” de M. Rajoy (“convencimiento” en A. Acebes, que es más flojo) de que ETA había atentado el 11M. La moral del actual Presidente y del antiguo Ministro de Interior tampoco es de este mundo. Pura inmundicia.

Tampoco nadie se rasgó las vestiduras, cuando escucharon y vieron a Pedro J. lavarse las manos. Todo un Poncio Pilatos del oficio. No asumió su responsabilidad por haber publicado un editorial en Diario 16. Defendía y alentaba el asesinato de estado para acabar con ETA. Una postura que, como insinuó Évole, revelaba que el escándalo de los GAL, con el que El Mundo se colgó tantas medallas, era el ariete que empujaron lo justo para desalojar a Felipe González. No acabó ahí el curso de mugre periodística. Pedro J. tampoco se hizo responsable de un titular que animalizaba a los nacionalistas catalanes en primera plana. Es un caso prístino de periodista que va de libre. Pero en realidad va por libre. Un irresponsable, que sólo se justifica ante sí mismo. Ejemplo patrio de la “Prensa libre e irresponsable” que critica Yohai Benkler. Él ni siquiera veló porque los medios que dirigía guardasen respeto a los derechos humanos y a la convivencia.

Puso la guinda cuando ante el insistente entrevistador, perro de presa sonriente, (¡menuda/o pieza se cobró!) aseguró que si era necesario cogía el teléfono para llamar a Montilla y a Carod-Rovira. Y disculparse así por haberles presentado con un enorme titular: “Triunfaron los animales”. No entiende el pseudoperiodista que debía haber agarrado el listín telefónico de toda España. Y no dejar de marcar números hasta pedirnos disculpas. A todos nosotros. ¿O es que fabrica noticias sólo para los políticos profesionales? ¿Para quitarlos y ponerlos? Será eso. Pero la inmundicia que se publica, cuando no se reconoce ni denuncia, envenena la democracia. Fue lo que ocurrió. Prometo que el jueves les muestro lo maltrecha que ha quedado.


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