Assange: Dos años de encierro y un par de certezas

19 Jun 2014
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Víctor Sampedro
Catedrático de Comunicación Política de la URJC

Hace dos años que Julian Assange pidió asilo en la embajada de Ecuador en Londres. El fundador de Wikileaks se refugió para evitar su extradición a Estocolmo. Y de allí, según las leyes antiterroristas, a EE.UU. donde enfrentaría un proceso secreto abierto contra él y sus colaboradores. Con casi toda seguridad, acabaría ante un tribunal castrense. Como mínimo, se le privaría de libertad (35 años le cayeron a Manning) y, como máximo, se le aplicaría la pena de muerte (ya reclamada por varios cargos norteamericanos, en forma de asesinato sumarísimo al estilo Bin Laden).

El problema, por tanto, no reside en unos supuestos delitos de agresión sexual. Ni siquiera existe una acusación formal contra Assange; tan sólo la petición de que testifique en persona y en territorio sueco. La reiterada negativa a que lo hiciese en la embajada o a través de Skype revela que los derechos de las mujeres, supuestamente violentadas, son lo último que importa. Llevan dos años desprotegidas; mientras la prensa hacía que las defendía, caía en la trampa. A quien lucha por nuestras libertades civiles le presentó violando la libertad sexual.

Un tema de derechos colectivos se transforma en derechos individuales. Los hackers no actuaron como periodistas con coraje, cuyo primer cometido sería aumentar la transparencia del poder. Los hacktivistas (no los espías de la NSA) acosan y violentan nuestra intimidad. Ése es el mensaje de un cuentacuentos (storytelling, dicen los pedantes) acorde a la hegemonía neoliberal. Hipersexualizados, reclamamos el derecho de entrepierna antes que el de expresión. Individualizados, elevamos el albedrío sexual a máxima expresión de libertad. Y, de paso, restringimos la noción de igualdad a la de género. También el burka justificó la invasión de Afganistán, recordaba Noemi Klein a sus compañeras. Intentaba arrancarles el velo y que se declarasen humanistas antes que feministas: que antepusiesen la no violencia y el derecho a la vida.

La corrección política se impone porque funciona bien en el mercado de información y votos. Pero subvierte el feminismo (y cualquier otro -ismo emancipador), normalizándolo. Lo convierte en mordaza de disidentes y heterodoxos. Y lo emplea de distractor con aspavientos, que sirven de pantalla de simulación progresista. Encubre así temas y competidores de mayor calado. Esto explica, dicho sea de paso, la banalidad de las estrategias de los candidatos del PP y el PSOE en la campaña de las elecciones europeas.

Las primera certeza, tras dos años de encierro de Assange (y casi uno de exilio Snowden), es que el neoliberalismo ha aprendido a limarle y, llegado el caso, arrancarle los dientes al periodismo convencional. Le ofrece críticas banales a cambio de que se olvide de las estructurales. Mientras, suspende o rebaja los derechos civiles de la disidencia interna. La regresión de libertades se constata con la imposibilidad de que Manning, Assange y Snowden encabecen campañas de desobediencia civil en sus naciones u otras democracias. La legislación antiterrorista conlleva el aislamiento forzoso y la prohibición de realizar declaraciones; de igual modo que ha erradicado de facto el derecho de asilo político.

Las únicas salidas para los nativos digitales disidentes parecen ser el acoso, la cárcel y el exilio forzoso. Entre tanto, Assange sigue con su actividad desde la embajada. Ocupa un pequeño departamento con cama, cocina, baño, ducha, una cinta de correr y lo más importante: teléfono y conexión a internet. Sus “vecinos” aseguran que dedica 17 horas diarias para mantener Wikileaks en pié . Su reclusión física no ha disminuido su presencia en la Red con entrevistas, declaraciones o conferencias.

Surge entonces la segunda certeza. Está emergiendo un Cuarto Poder en Red, en el que el protagonismo reside en los documentos liberados por ciudadanos normales, funcionarios o trabajadores, que manejan grandes bases de datos (elaborados con dinero público en muchas ocasiones). Están dispuestos a transformar ignominiosos secretos de Estado en información de código libre (que circule y sea reutilizada sin cortapisas) y abierto (susceptible de ser contrastada con los documentos originales). En suma, la información concebida como un bien común y no simple mercancía. Un flujo de contrapoder mancomunado, autogestionado por la ciudadanía con la ayuda de periodistas con coraje; más necesarios en número y verdadero compromiso profesional que nunca.

En 2010, el Cablegate fue liberado gratis valiendo 5.000 millones de dólares en el mercado negro, según los periodistas de The Guardian en su libro Inside Wikileaks. Los medios de comunicación tradicionales que publicaron estas informaciones (lucrándose, por supuesto) ni siquiera ofrecieron la posibilidad de un botón de donaciones para Wikileaks en sus portales como agradecimiento. Esas (micro)donaciones permiten que el ciudadano común financie la información en lugar de algún tiburón de los mercados. Para después proveer al periodista de información crítica, incontestable y casi en tiempo real.

En Junio de 2013, Edward Snowden desveló la mayor trama de espionaje masivo de la historia mostrando que internet se ha convertido en una plataforma donde la monitorización corporativa y el espionaje estatal se dan la mano. El futuro del periodismo reside en dar voz a estos ciudadanos, que desde su puesto de trabajo forman una redacción extendida de la que cada uno de nosotros sería un nodo de contrapoder. Si estuviésemos dispuestos, claro está, a filtrar los datos a nuestro alcance. Y entonces, como Snowden, necesitaríamos muchos periodistas al estilo de Glenn Greenwald. No lo duden quienes quieran imitarle: como él, se harían valedores de premios Pulizter y encabezarían los proyectos de periodismo de denuncia mejor financiados y pensados. Échenle un vistazo a https://firstlook.org/theintercept/

España tampoco se muestra ajena al legado de Assange y sus colaboradores. En abril de este año nacía aquí un proyecto impulsado por la Associated Whistle-Blowing Press (AWP). Se trata del buzón de filtraciones (www.filtrala.org), que se compromete a mantener en secreto la identidad de los filtradores y aseguran que periodistas de ElDiario, Mongolia, LaMarea y Diagonal verificarán las informaciones. Medios que, no por casualidad, se sostienen con aportaciones de los lectores y sin grandes capitales.

Los abogados de Assange han pedido a la ONU una investigación independiente sobre los supuestos delitos por los que le reclama Estocolmo, revisando las actuaciones de la Fiscalía y de las autoridades suecas. Hasta nueva orden, Julian Assange seguirá retenido en la embajada y libre en la Red de contrapoder que ha ayudado a construir. Y su proyecto de transparencia radical seguirá creciendo; por lo menos, al ritmo del tema que hizo con Calle 13. Pónganselo bien alto para apagar, como hago ahora, el ruido del helicóptero que vigila el cortejo real en un Madrid asediado.

“Una noticia mal contada es un asalto a mano armada”.