Actualizando los (bienes) comunes: lo público, ¿estatal o comunitario?

05 Abr 2017
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Pedro Fernández de Castro Sanabria
Periodista y alumno del Máster de Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digital

Tal y como se apuntó en la primera parte de este artículo, un asunto fundamental sobre el que pivota el concepto de lo común es su relación con lo público. Hasta ahora y desde el surgimiento de las sociedades modernas éste último ha estado directamente conectado a lo estatal, otorgando a los estados prácticamente en exclusiva el papel de garante y gestor de lo público. César Rendueles y Joan Subirats coinciden en señalar la ruptura que supuso el cambio desde las sociedades tradicionales a las sociedades modernas configuradas en torno a los estados-nación liberales. Este punto de inflexión político-social vino acompañado en el terreno económico de los inicios del capitalismo como sistema hegemónico, expandiendo las competencias de los mercados hasta terrenos nunca vistos anteriormente.

Los procesos mediante los que se han mercantilizado los bienes comunes a lo largo de la historia se conocen como enclosures (cercamientos). El término se acuñó en Inglaterra entre los siglos XVIII y XIX, en relación al cierre de las tierras comunales en beneficio de los terratenientes. Otro ejemplo es el de las desamortizaciones que tuvieron lugar en España entre finales del XVIII y principios del XX, por los que se expropiaron y subastaron las tierras que servían a los campesinos para compensar su precaria situación. En la actualidad, en el mundo digital son múltiples los intentos de cercar la libre producción y difusión de la información y la cultura, a través del refuerzo del copyright, entre otras prácticas. Como se puede observar, al igual que ocurre con la definición de los bienes comunes, existe una gran diversidad en torno a estos procesos. En cualquier caso, los cercamientos sirven para destapar los mecanismos a través de los cuales el capitalismo ha ido extendiéndose a costa de lo común, y para desmontar el relato del emprendimiento y el espíritu empresarial, mostrando la otra cara sin la que no sería posible, es decir, obligar a los trabajadores a abandonar su modo de vida tradicional para incorporarse a un mercado laboral en el que vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. En este sentido, la ola neoliberal que ha traído nuevas cercamientos en forma de privatizaciones de lo colectivo es uno de los motivos que han favorecido la popularización de lo común, tal y como señala Joan Subirats en el libro.

A lo largo del siglo XX, se han dado numerosos intentos en diversos países de responder al expansionismo capitalista a través de la gestión del Estado. El fracaso de los proyectos que trataron de poner en práctica el socialismo científico, así como el de las socialdemocracias europeas que se desarrollaron tras la II GM, ha allanado el camino al plan neoliberal de globalización y desregulación económica. De este modo, se ha generado una demonización de lo público, en algunos casos motivada por la burocracia y el autoritarismo, y en otros, por el clientelismo y la delegación en el denominado Estado de Bienestar. En cualquier caso, Rendueles nos recuerda que el colapso de dichos proyectos ha sido propiciados también por la “contrarreforma neoliberal”. Por tanto, resulta clave discernir agudamente entre lo que es una autocrítica constructiva y aquello que contribuye a la demonización de lo público, engordando el relato victorioso del neoliberalismo.

César Rendueles precisa que al igual que las experiencias comunitarias son muy complejas y diversas, y “no siempre son liberadoras e idílicas, sino que tienen muchas veces expresiones reactivas, llenas de supersticiones o de fenómenos de subordinación patriarcal”, cortar a todas las instituciones bajo el patrón de la burocracia y el autoritarismo es “concederle demasiado al neoliberalismo”. Por su parte, Joan Subirats entiende que la vuelta de los comunes al vocabulario económico y político responde a la voluntad de volver a tener capacidad de gestión y autonomía por parte de la ciudadanía frente a la “desposesión de las instituciones que están al servicio de las grandes empresas financieras globales”. Aquí se halla otra diferencia en sus planteamientos. Mientras que Subirats se centra más en señalar las diferencias de los comunes con lo público-estatal, dibujando una línea más gruesa entre este tipo de gestión y la comunitaria-cooperativa, Rendueles tiende a verlas más como un continuo entre lo público y lo comunitario, poniendo de manifiesto el aspecto universalista e igualitarista de lo público frente al riesgo de las comunidades de cerrarse en sí mismas y caer en el aislamiento. De este modo, ambos se plantean las potencialidades de una mayor relación entre las instituciones públicas y las iniciativas comunitarias, y cómo podrían complementarse.

En este sentido, los movimientos municipalistas que conforman los denominados “ayuntamientos del cambio”, y que alcanzaron en 2015 las alcaldías de muchas de las principales ciudades de España (Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz, etc), muestran una renovada sintonía de lo público con lo común. Sin ir más lejos, desde Catalunya han surgido candidaturas que confluyen en torno al nombre “En Comú”. Al mismo tiempo que estas iniciativas políticas recogen esta preocupación por la recuperación de las dinámicas comunitarias y cooperativas, también son altavoces que amplifican la difusión de estos relatos y, por tanto, son responsables de la popularización de estos términos.

Más allá del discurso y las intenciones, ya se están realizando acciones en este sentido, por ejemplo, en materia de participación ciudadana.  Sin embargo, está por ver si son capaces de articular políticas que realmente calen en la población y fortalezcan el espíritu de la gestión colectiva de los recursos. A este respecto, César Rendueles apunta que “construir las bases sobre las que se puede instituir un territorio adecuado para la gestión comunal va a llevar muchísimo tiempo”, por lo que “lo compartido, común, colaborativo y cooperativo se plantea a largo plazo”.

En cualquier caso,  la discusión sobre el papel de las instituciones públicas y su engarce con estas nuevas iniciativas comunitarias sigue abierta, por lo que lo que se logre desde estas instituciones resulta de gran importancia para dar los primeros pasos hacia la consolidación de otra forma de gestión pública, más alejada de la estatal y que se acerque progresivamente a la comunitaria.


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