Control social distribuido: “Caída en Picado” de Black Mirror

24 May 2017
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Javier de Rivera
Miembro del grupo de investigación Cibersomosaguas, editor en Revista Teknokultura y profesor-coordinador del Máster de Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales

 

Las nuevas tecnologías dan lugar a redes distribuidas en las que las relaciones se establecen de formas más horizontales y “colaborativas”, lo que ofrece importantes ventajas sociales. Sin embargo, las plataformas digitales que hacen posible este nuevo tipo de relaciones también articulan nuevas formas de control social, mucho más poderosas que las conocidas hasta el momento.

No debemos olvidar que la tecnología nunca es neutra, que siempre está producida y diseñada conforme a determinados intereses, valores o visión del mundo. Por este motivo, los efectos de un determinado dispositivo tecnológico no dependen únicamente del uso que hagamos de él, sino también —y principalmente— de las lógicas de uso que están inscritas en su funcionamiento.

Con esto en mente, es fácil reconocer que las plataformas digitales que hacen posible la “Sociedad digital” son los sistemas agentes de las corporaciones que las idean, financian, dirigen y extraen beneficio. El entramado económico y político detrás de estas plataformas determina el ethos que imprimen a las prácticas que habilitan, y en el que irremediablemente nos socializamos cuando las utilizamos.

Sin embargo, los intereses económicos y comerciales —la posibilidad de rentabilizar nuestra atención y nuestros datos a través de la publicidad y la propaganda política— son lo de menos. Más importante aún es el modo en que afectan a nuestra forma de pensar, de relacionarnos y de entender el mundo. El capitalismo cognitivo va más allá de la acumulación económica, precisa además de la conformación de subjetividades a medida de sus necesidades sistémicas. Hé ahí la “noopolítica”, entendida como “el conjunto de las técnicas de control se ejerce sobre el cerebro, implicando en principio la atención, para controlar la memoria y su potencia virtual” (Lazzarato, 2006). El control social tiene que ese ejercido antes incluso de que sea percibido, la represión resulta aparatosa y poco eficiente.

Para ello, las actuales plataformas digitales comerciales nos ofrecen atractivas ventajas de adaptación social y gratificación psicológica, a cambio de la sumisión a sus valores y lógicas de funcionamiento. Aparentemente tan solo nos distraen y nos hacen perder el tiempo, pero en el condiciones de vida (Agamben, 2001). Es decir, condicionan los límites de lo posible, lo imaginable y lo deseable.

Pero el argumento filosófico apunta demasiado lejos como para afectar el modo en que vemos el mundo y estas tecnologías. La actualización constante de una trepidante realidad tecnosocial, dotada de promesas y atractivos coloniza nuestra atención con mucha más facilidad. Por eso, las narrativas de ciencia ficción pueden resultar útiles para darnos cuenta de las tendencias actuales en movimiento, al exagerarlas hacen más evidente lo que estaba en frente de nuestros ojos. Sin embargo, su utilidad depende siempre de la capacidad de la audiencia para ir más allá de la mera observación, del mero pasatiempo, para completar la crítica con la activación de su propio pensamiento.

Por ello me gustaría hablar —y también lo hago a petición de Manuel Fernández, profesor de filosofía— del capítulo de “Nosedive” (Caída en Picado) de la tercera temporada de Black Mirror, en el que se relata un futuro hipotético en el que todas las interacciones sociales están gobernadas por un sistema de puntación que funciona como un perfecto mecanismo de control social distribuido. En cada interacción social, los usuarios pueden valorar a otros de 1 a 5 a través de sus teléfonos móviles, y cada persona está asociada a una puntuación general que determina su estatus social.

La idea puede sonar descabellada, pero en Estados Unidos hace décadas que se aplica un sistema parecido en el terreno financiero: todo ciudadano “de bien” tiene un record crediticio, que marca un valor que determina su fiabilidad en términos económicos. Esta puntuación se calcula cruzando todos los datos financieros acumulados de la persona—para lo cual los bancos acordaron compartirlos—y determina la facilidad con la que ésta puede obtener nuevos créditos (para su negocio, su casa o su coche), o incluso las condiciones en las que éstos se le conceden.

La idea es alarmántemente similar a la mostrada en este capítulo de la serie… si bien, el tema impacta más cuando se refiere a socialidad cotidiana. Por otro lado, las aplicaciones sociales de hoy en día también pueden calcular la “deseabilidad” de la persona, ya sea de forma explícita en los rankings de las plataformas de consumo “colaborativo” o oculta como sucede en Tinder o Facebook.

Estos sistemas de valoración distribuida se justifican por su carácter meritocrático: el estatus se calcula por la media aritmética de todas las valoraciones. Además, parece democrático, pues todos tienen el mismo derecho de votar… el éxito está al alcance de cualquiera, subir y bajar en la escala social depende de los méritos demostrados con el resto de los usuarios. En la serie esto implica una falsedad evidente que se introduce en todas las relaciones, una forma exagerada de lo que ya sucede  en redes sociales.

Sin embargo, la “demos” se refiere a la existencia de una comunidad política, que es algo más que la suma aritmética de las valoraciones o preferencias individuales. Por lo tanto, estos sistemas son esencialmente antidemocráticos, pues sustituyen los espacios sociales en los que normalmente se constituye la comunidad —a través de la convivencia, la conversación y la discusión— por espacios regulados por sistemas de mediación y evaluación digital.

Todos lo protocolos y recursos brillantemente diseñados por los ingenieros de Google, Facebook o Twitter interfieren y condicionan el modo en que la socialidad se realiza y las visiones del mundo se expresan. Bajo la promesa de dotarnos de mejores herramientas para relacionarnos, sustituyen nuestra autonomía relacional por sistemas “mejorados” de interacción digital. Por muy imperfectas que sean las lógicas de socialidad analógicas y del cara a cara, en ellas se expresa aún una espontaneidad y una escala de posibilidades de acción que quedan mutiladas en el set de acciones diseñado por los ingenieros: gustar, retuitear, publicar, compartir,…

Podríamos aprovechar mejor las posibilidades de la tecnología digital si las contemplaramos como un recurso complementario, pero en manos de los intereses comerciales se desarrollan inevitablemente como sistemas de control social cuyo objetivo es colonizar y regular todas las esferas de la vida. En “Nosedive” se traslada el sistema de valoración a las interacciones cotidianas, modificando las relaciones en persona. En la realidad actual, las plataformas digitales ya regulan casi todas las actividades humanas—buscar trabajo, encontrar pareja, tener amigos, etc—y el Internet de las cosas amenaza también con regular nuestra interacción con los objetos cotidianos: la tele, el coche, la nevera,…

Necesitamos recuperar los espacios de la interacción no mediados por la tecnología. No se trata de “salir a la calle”, “hacer deporte” o “quedar con los amigos”, sino de hacerlo sin la mediación de las herramientas digitales. De ir a los sitios sin tener que consultar a cada paso Google Maps para saber dónde estamos y qué hay alrededor—añadiendo además más contenido y valoraciones en la aplicación—; de salir a correr sin monitorizar al milímetro nuestro rendimiento; o de saber quienes son nuestros amigos y qué hacen sin tenerlos adecuadamente listados en nuestro perfil de Facebook, no vaya a ser que cambie el algoritmo y perdamos de vista al que dejó de subir fotos. Necesitamos, a fin de cuentas, proteger las bases de nuestra socialidad de los sistemas digitales que establecen mediaciones artificiales—frecuentemente motivadas por intereses comerciales—entre nosotros y los demás.


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