Soberanía tecnológica para combatir al capitalismo digital

19 Abr 2018
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Integrante de la Comunidad CCCD y ex alumno del Máster en Comunicación, Cultura y Ciudadanía Digitales. Periodista e investigador de la URJC en el proyecto Dietética Digital. Editor del blog de Público Dietética Digital.

Uno de los capítulos del último ensayo del Comité Invisible, titulado ‘Ahora’, termina con la siguiente frase: ‘la única medida del estado de crisis del capital es el grado de organización de las fuerzas que pretenden destruirlo’. Así, la denominada crisis financiera de 2008 quizás no lo fue tanto. El 15M, precisamente una de esas fuerzas, resumió con mucha lucidez en una de sus máximas esta idea con el famoso ‘no es una crisis, es una estafa’. Desde luego lo fue para la ciudadanía, a la vista del aumento de la desigualdad que se ha generado diez años después. Para la élite fue momento de recambio. El sistema experimentó un cambio de forma. El capitalismo financiero daba paso al capitalismo digital, con la consecuente sustitución de una élite dominante por otra. Desde la década de los ’90 venía desarrollándose un tipo de capitalismo en Internet que ha pasado por diversas fases de gestación como la burbuja de las puntocom o la web 2.0. y que dio sus primeros pasos en los ámbitos de la publicidad online y el comercio electrónico.

La mutación del capitalismo se puede observar en cómo ha cambiado el ranking de las mayores empresas del mundo por capitalización bursátil. Donde antes había compañías petroleras y automovilísticas, ahora hay plataformas tecnológicas digitales. Estas empresas son a las que Eugeny Morozov* denomina plataformas Big-Tech, refiriéndose a las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), principalmente, aunque también destacando algunas potencias tecnológicas emergentes en China, como Alibaba. Silicon Valley, la Meca de las GAFAM, ha sustituido a Wall Street como centro neurálgico del capital. Es el lugar desde el que se propaga al resto del mundo -occidental, al menos- la doctrina hegemónica actual, el tecnoutopismo. Es a lo que Morozov llama ‘solucionismo tecnológico’, es decir, la creencia de que las tecnologías digitales son y serán capaces de ofrecernos soluciones a todos los problemas del mundo y, por tanto, debemos depositar nuestra fe ciega en ellas, y en los nuevos amos que las dominan.

Estas empresas han alcanzado tal posición de poder, y la mantienen, mediante dos factores elementales. La extracción y acumulación masiva de datos generados por los usuarios, el Big Data; y la posesión de las infraestructuras que median, cada vez más, nuestras relaciones sociales, políticas y económicas. La venta de estos datos para insertar publicidad micro-segmentada -Google y Facebook-, la venta de software y hardware -Apple y Microsoft- y el abaratamiento de costes en el comercio electrónico -Amazon- son los más obvios. Sin embargo, los modelos de negocio de la economía digital han ido evolucionando y diversificándose más allá de la publicidad y el comercio online. Con ellos, las implicaciones del capitalismo digital han ido mucho más allá de cuestiones como la privacidad y la vigilancia masiva -como demostraron las filtraciones de Edward Snowden- y la micro-segmentación, ya no solo comercial si no electoral, como ejemplifica el caso de Cambridge Analytica.

Capitalismo digital expandido

Los algoritmos que hacen de motor de la economía digital toman muchas más decisiones de las que nos imaginamos. Cada vez más, son responsables de decidir si una persona recibe un crédito en un banco, si puede contratar un seguro, si tiene acceso a una universidad, o si es contratada por una empresa. Con el objetivo de reducir costes y maximizar la eficiencia, se emplean algoritmos capaces de procesar mucha más información que un ser humano, con la ventaja añadida de que no precisa de un salario -ni se va a quejar por ello- y otorga un aura de neutralidad e imparcialidad a la toma de decisiones. Esto último es un mito que es necesario rebatir, pues este modelo de toma de decisiones ‘objetivo’ responde a los sesgos introducidos por los humanos que los programaron. Además, la falta de transparencia alrededor de su funcionamiento evita que se pueda revisar ese proceso para evaluar si se hace correctamente. Así, los algoritmos se convierten en generadores de desigualdad, lo que la matemática Cathy O’Neill llama ‘Armas de Destrucción Matemática’.

En la expansión de la utilización de algoritmos en amplios sectores de la sociedad encontramos el modelo de negocio del futuro (y ya del presente) para las plataformas Big-Tech, el de la Inteligencia Artificial (IA). El Big Data es utilizado para alimentar estos algoritmos, desarrollando así la rama de la IA denominada ‘aprendizaje automático’. De este modo, las corporaciones que ya controlan gran parte de las infraestructuras que hacen posible el entorno digital pueden colonizar el mundo físico. Con un sistema público enormemente degradado, especialmente con las políticas de austeridad impuestas durante la última década, la IA se presenta como la mejor solución para optimizar los -escasos- recursos, mediante la predicción de patrones de comportamiento en ámbitos como la educación y la sanidad, entre muchos otros.

Como estas empresas son, por el momento, las únicas con capacidad para extraer masivas cantidades de datos de los usuarios y de utilizar su trabajo voluntario para alimentar a sus máquinas predictivas, la competencia para ellas es prácticamente inexistente, dándose la formación de ‘monopolios naturales’. Así, van progresivamente copando y centralizando todas las infraestructuras y servicios generando una extrema dependencia de ellas por parte, no solo de la ciudadanía, sino de otras empresas y de los estados.

¿Qué hacer?

Ahora bien, ¿que podemos hacer ante este, ya no futuro, si no presente distópico en el que nos encontramos? Las propuestas de Morozov pasan por el cambio de propiedad y estatus legal de los datos, y por la creación de infraestructuras públicas -no necesariamente estatales- que sean capaces de ofrecer una alternativa a las corporaciones privadas digitales.

Partiendo de la base de que la propiedad de los datos pase a ser de las personas que los producen es un elemento fundamental para revertir la actual situación, de este escenario surgen dos caminos bien distintos. Resumidamente, o tratar a los datos como una mercancía o como un bien común. La primera opción, la que propugnan personas como Steve Bannon (jefe de campaña de Trump y uno de los fundadores de Cambridge Analytica), desembocaría en un capitalismo digital aún más salvaje y ni siquiera lograría que los datos revirtiesen en beneficios para la gente, pues es en su agregación donde tienen más valor. La segunda opción eliminaría la posibilidad de hacer negocio con los datos para, en lugar de eso, darles usos que no busquen el lucro privado sino el beneficio comunitario. Para ello, es imprescindible la construcción de infraestructuras que estén sometidas un control democrático de la ciudadanía. Es aquí donde movimientos sociales, organizaciones civiles y partidos políticos que verdaderamente aspiren a la emancipación tienen que empezar a generar discursos y acciones para llevarlo a cabo, pues es donde el capitalismo se encuentra en mejor estado de forma.

Este es un planteamiento de macropolítica, certero e inspirador, pero también lejano y utópico si no somos capaces de pensar en qué podemos hacer aquí y ahora, en la micropolítica que está a nuestro alcance y nos acerca a ese horizonte. Lo que pretende este artículo es proponer un camino que complemente a las propuestas de Morozov. Podemos comenzar por adoptar la filosofía/ética hacker. La figura del hacker es la de la persona curiosa, crítica, activa, que se preocupa por conocer cómo funcionan las tecnologías digitales mediante las que nos dominan, y compartir ese conocimiento.

Frente al discurso religioso del tecnoutopismo, la figura del hacker es la del hereje (significa ‘el que elige’) que se atreve a pensar por sí mismo/a y con los demás, a cuestionar la fe en la tecnología para convertirlo en conocimiento crítico y a dejar de tratar a las tecnologías digitales como objetos sagrados para desmontarlos y reprogramarlos. Sin necesidad de grandes cambios legislativos ni multimillonarios desembolsos de dinero, todos/as podemos empezar ya -a nivel individual y/o colectivo- a recuperar el control sobre nuestros datos, a subvertir las infraestructuras actuales, o crear otras nuevas. Las comunidades de (auto) aprendizaje, los centros sociales y los hacklabs son los lugares y el software libre la herramienta para ello.

Estas prácticas y conocimientos son las que pueden comenzar a proporcionarnos la soberanía tecnológica que, transformada en soberanía política, eventualmente puede desembocar en cambios a gran escala que nos permitan recuperar la propiedad de nuestros datos, cambiar su estatus legal y construir infraestructuras tecnológicas públicas y democráticas que nos liberen de las plataformas Big-Tech. Así, en último término, podremos organizar colectivamente una fuerza que ponga en crisis al capital, sea cual sea su forma.

*Este autor estuvo recientemente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía para inaugurar el ciclo ‘Seis contradicciones y el fin del presente‘ con una conferencia y un taller bajo el título de ‘El Capitalismo digital y sus descontentos’ en el que se debatieron las cuestiones que recoge este artículo.