¡Qué solo está México en su humillación!

Ningún monstruo nos es ajeno en este convulso comienzo de siglo. De una u otra manera, ellos, los monstruos, reflejan la desmesura de nuestro miedo y nuestra inseguridad, concentrándola en una figura que devora todo resquicio intermedio, que polariza absolutamente, reclamando para su existencia el final de las historias de todos los demás, de todos los diferentes.

Reducido el imaginario neocom a su verdad final, habiéndose desvelado ya la imposibilidad del capitalismo popular que se ensayó en los 90, se trata de mantener las cotas de hiperconsumo por parte de las élites a costa de lo que sea: el planeta y la inmensa mayoría de su población.

Donald Trump, en cuanto a agente político de involución, no es un individuo, al igual que no lo fue Hitler, es la conclusión sinérgica de una sociedad a la deriva, liderada por una bulimia de complejos y pánicos. Ambos, complejos y pánicos, fueron emitidos de manera sincronizada en aquella revolución conservadora de finales de los 70 y comienzos de los 80. De todas las antipolíticas que emergieron en aquella época, quizá la de mayor impacto a lo largo del tiempo, fuera la establecer un modo cultural en el que la población planetaria debía absorber las utopías y antiutopías diseñadas desde Occidente. La traducción que de todo aquello se hizo en nuestro contexto fue el felipismo y lo que se conoció como cultura del pelotazo, así como las subsiguientes versiones que se encargaron de vaciar el alma colectiva, atiborrándola, eso sí, de autopistas, adosados y rotondas sin salida.

Un monstruo como Trump no habría arraigado sino se hubiera producido un contexto histórico que lo fabricara y lo posibilitara. Resulta especialmente doloroso que esto ocurra tras lo vivido por la humanidad en aquello que Eric Hobsbawm denominó “guerra civil europea” (1914-1945).

Para la Sociedad Trump los monstruos, claro está, son los demás. Una suerte de zombis que surgen de las tinieblas de la miseria para comérselo todo sin merecerlo, ya que no tienen ningún superpoder, salvo la masa famélica que insultantemente clama por su derecho a existir. Recientemente, el poeta Miguel Ángel Argüez, me regaló una joya de la serie b literaria, Guerra Mundial Z, de Max Brooks, en la que se describe con suma precisión el estúpido empecinamiento de la construcción de un muro incapacitado para detener el virus de la pobreza. ¡Qué solo está México en su humillación! ¡Que terrible el silencio de cómplices y atemorizados!

El comportamiento de la Sociedad Trump, por su parte, recuerda con suma facilidad a una variedad vampírica desprovista de la elegancia y el erotismo propios de los clásicos de esta especie. Parasitan los recursos de todo el planeta a partir de una concepción de ellos mismos que les sitúa en la cúspide trófica, lo que supuestamente les provee de una autoridad moral que justifica su saqueo y depredación sistemáticos.

Contra la Sociedad Trump no sirven el ajo, el agua bendita ni los crucifijos, pero si otras armas propias de la panoplia antivampírica. Los espejos serán una herramienta de vital trascendencia. No es verdad que los vampiros no se reflejen en ellos, lo que ocurre es que el reflejo de su propia monstruosidad les cuestiona y debilita. También habrá que utilizar la luz para acabar con su opacidad, la de la postverdad y los hechos alternativos, y deberemos apostar y creer en las posibilidades del resurgimiento de un periodismo ético que orille en sus redacciones las miradas más mercantilistas. Todo ello debido a la pérdida del superpoder social capaz de prevenir estos males: la memoria.