Contra el autobús del odio

El autobús del odio, el que condena, el que tilda de enfermedad y corrupción la libertad sexual, el que estigmatiza y señala, el que rompe la máxima de la soberanía de la piel tan enfatizada por Escohotado; ese autobús de sectarios que dividen el mundo entre lo bueno (ellos) y lo malo (aquello que no comprenden), se mueve con la contaminante y visceral gasolina de la ignorancia a través de las espurias autopistas de la complicidad religiosa y política. Porque que nadie se lleve a engaño, ese autobús no se conduce solo. El odio social no se puede explicar sin una complicidad múltiple, en este caso el de la curia eclesiástica española y de sus adláteres políticos: PP y sus traducciones territoriales.

La curia española tomó hace décadas el camino del sectarismo más rancio, el de la involución más pavorosa, expulsando de su seno a miles de cristianos y desprendiéndose a marchas forzadas de aquellos valores de cambio, compromiso y justicia social que provenían de una iglesia renovada y fraguada en el ámbito de la Teología de la Liberación.

Enterraron el misticismo de aquel cristo enfrentado al poder político romano, o de aquel otro que a cadenazos expulsó a los mercaderes del templo. Pasaron de ser el apoyo dogmático del fascismo español, a, tras un breve lapsus de progresismo y curas rojos, retornar oscuros, alzándose sobre el púlpito de las condenas desde el que pontifican odio.

Muy silenciosos estos suministradores de la vedad con los cientos de casos de pederastia, tremendamente herméticos con los desvíos y las corrupciones económicas y muy agradecidos ante las patochadas de un ministro ultraderechista y alcantarillero que tiene un ángel de la guarda que se llama Marcelo.

Sin embargo, se rasgan las vestiduras y dan palio a los sectores más extremistas. Es el caso de Francisco Cases, obispo de Canarias, que escandalizado ante la actuación  en la gala de Drag Queen de los carnavales de Las Palmas de Gran Canaria,  no ha tenido empacho en decir: “Lamento la frivolidad blasfema. Estoy viviendo ahora el día más triste de mi estancia en Canarias. Se me han llenado los ojos de lágrimas”.

¿Qué se puede esperar de un obispo que estalla de pena ante la actuación de una drag mientras su curia mira para otro lado ante el drama de los refugiados, los desempleados de larga duración, las mujeres asesinadas? Debería estar más triste este obispo. Ojalá llorara a moco tendido ante algunas declaraciones especialmente repugnantes de sus compañeros de púlpito. Esos que han sembrado el odio mientras utilizan la técnica patética pero efectiva de la victimización. Lamentablemente no lo hará, porque las comparte.

Rosario del odio

Hagamos un somero repaso por algunas de esas afirmaciones, para comprobar quien condena la diferencia y azuza persecuciones:

 Bernardo Álvarez, obispo de Tenerife, sobre la pederastia por parte del clero: “Puede haber menores que sí lo consientan y, de hecho, los hay. Hay adolescentes de 13 años que son menores y están perfectamente de acuerdo y, además, deseándolo. Incluso si te descuidas te provocan”.

Francisco Javier Martínez, arzobispo de Granada, editor del libro “Cásate y se sumisa”, sobre el aborto, la violencia machista y la diferencia de género: “Si la mujer aborta, el varón puede abusar de ella”. “Hay una patología detrás de la ideología de género”.

José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, sobre la solidaridad ante el terremoto de Haití: “Existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo en estos días. Nos lamentamos mucho y ofrecemos nuestra solidaridad, pero deberíamos llorar por nosotros, por nuestra pobre situación espiritual, por nuestro materialismo, que es un mal más grande que el que esos inocentes están sufriendo”.

Por su parte, el cardenal de Valencia, Antonio Cañizares, no se mostró demasiado cristiano cuando sobre los refugiados y los migrantes se preguntaba si “¿en la invasión de emigrantes y de refugiados es todo trigo limpio? ¿Dónde quedará Europa dentro de unos años? (…) Muy pocos de los refugiados que vienen a Europa son perseguidos”. Para este medieval, que advierte gravemente que “viene la noche oscura del ateísmo”, los no creyentes “sólo buscan sexo y dinero”. También es tremendamente explícito cuando considera que “no es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios de Irlanda (pederastia masiva sistematizada) con los millones de vidas destruidas por el aborto”.

La idiocia llega a niveles antonioburgosianos cuando el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig, clama que “aquellas personas llevadas por tantas ideologías acaban por no orientar bien la sexualidad humana; se corrompen y se prostituyen, o van a clubs de hombres nocturnos donde encuentran el infierno”. Resulta muy llamativo, la vedad, que alguien sin práctica habitual del sexo de lecciones sobre algo tan alejado de su cotidianidad. O eso, o que realmente ha tenido experiencias en esos clubes de hombres nocturnos.

Ante el hedor de estas declaraciones, que son solo muestra de un interminable rosario, no puedo evitar esta reflexión: si la degeneración ideológica de los obispos, con su homofobia, su sectarismo y su xenofobia edulcorada de rancio paternalismo, representa el cielo, me quedo de manera voluntaria en zonas más cálidas e infernales.

Contexto para el estigma

 La iglesia se ha dedicado a apuntar y a estigmatizar al “enemigo a abatir” y el PP, en consecuencia, ha hecho lo propio: legislar para entorpecer la evolución natural de la sociedad, que pasa, entre otras cuestiones, porque la gente decida libremente sobre sí. Es decir, sobre lo que cree, sobre lo que piensa, sobre lo que siente.

Sin embargo, el PP y otros acompañantes ideológicos no sólo se han dedicado a una silente labor de oposición a la expansión de derechos, también han apostado por hacer públicas opiniones que de manera evidente llaman al odio al diferente.

Xavier García Albiol, destacado dirigente del PP, enarbolaba, no hace mucho, la bandera xenófoba y racista al soltar perlas como estas: “Los inmigrantes irregulares de Badalona no deben sentirse cómodos”. “El colectivo rumano no se quiere integrar, por tanto con estos colectivos no caben, no tienen éxito las políticas de integración. Con estos colectivos lo que se tiene que tener es firmeza y contundencia policial”.

Andrea Hermida, de Nuevas Generaciones del PP de Vigo: “¿Respetar a los homosexuales? Por supuesto que los respeto. No hacen daño a nadie, solo a sí mismos. A ver si algún día descubren la cura”.

Pablo Casado, la imagen joven y enrollada del PP, fue también muy claro cuando puso un tuit con un contenido ciertamente repulsivo: “Metes a un moro, un negro y un gitano en un coche…  ¿Quién conduce?… la policía”.

Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno fue claro, para variar, cuando vomitó esto: “La ley de matrimonio entre parejas del mismo sexo desnaturaliza la institución básica del matrimonio”. Muy edificante. En la misma línea, el brillante intelectual José María Aznar sostenía que “La unión entre homosexuales no puede ser llamada matrimonio porque esto ofende a la población”. En fin, luego vendría lo de Ana Botella y sus dos peras y dos manzanas, que vienen a demostrar que tienen una pésima compota ideológica.

Jorge Fernández Díaz, como recordamos antes, de oficio alcantarillero gubernamental, ha dejado una muestra inmisericorde de fascistadas. Aquí una: “El matrimonio homosexual no debe tener la misma protección por parte de los poderes públicos porque no garantiza la pervivencia de la especie, por ejemplo, que no estaría garantizada”.

Lluís Fernández, exalcalde del PP en Pontons, subrayó el grado de intolerancia a todo un colectivo cuando dijo que: “No casaré homosexuales porque son personas taradas”.

Tras todo lo cual es evidente que el autobús del odio no habría sido posible sin un halo protector que lo indujera, lo financiara y lo legitimara. Nos encontramos ante el síntoma de una involución que habrá que combatir con urgencia, sin dilación, con todos los medios democráticos necesarios.