Opinion · El mercado de los votos

Relevo generacional en los partidos y nueva aritmética política del 26-J

Salvador Giménez

Por segunda vez, Felipe VI ha decidido remangarse para defender sus números. Con la inusitada declinación de Rajoy en primera ronda, no tuvo más remedio que arriesgar para desbloquear y encargarle a Pedro Sánchez la formación del nuevo gobierno. Primer arremangue. Ese día empezamos a entender que esta novísima España estaba más verde de lo que nos podíamos esperar. Sánchez empezó a deslizarse por los pasillos del Congreso, levitando a dos palmos del suelo. Se vio presidente, para finalmente fracasar y quedarse sólo con el apoyo nada desinteresado de Ciudadanos. Pasaron los días y el insistente Sánchez nos quiso convencer que llegaba con la suficiente ventaja hasta el final de meta, el 3 de mayo. Pero esto no ha sido así porque ha habido segundo arremangue. El Rey ha convocado una tercera ronda, definitiva, para decirles a todos que, aunque vayamos a elecciones, hasta el rabo todo es toro. Así que, señores, vayan asumiendo responsabilidades y déjense de buscar culpables, porque Felipe VI controla el proceso. Ciertamente, derrapó en el mensaje de Navidad, pero aprendió rápido a liderar este escenario inéditamente pluripartidista.

¿Qué pasaría si Rajoy pide la vez el 26 de abril? Con menos diputados, Sánchez obtuvo el encargo del Rey para fracasar, aunque también es cierto que Rajoy declinó con los mismos escaños que ahora reivindicaría para tener la iniciativa. Demos un paso más. ¿Qué pasaría si el Rey le da la vez a Rajoy? ¿El Rey puede perseverar con el fracasado Sánchez, que sólo cuenta con el acuerdo con Ciudadanos y con el previsible voto en contra de las bases de Podemos? ¿El sistema puede permitirse no darle a Rajoy ni tan siquiera una oportunidad de última hora y con solo siete días por delante, cuando fue el partido más votado el 20D?

¿Cuál sería el siguiente paso si Rajoy obtiene el encargo real? Convocar inmediatamente a Sánchez para ofrecerle la gran coalición que por otra parte dicen los que entienden que atraería inversiones internacionales y pondría punto final a la transición. Es de sentido común pensar que esta cimera Rajoy-Sánchez tendría lugar por cortesía, pero también que Sánchez se levantaría del mismo modo que Iglesias se lo hizo a él. ¡Qué cosas le tocan vivir a Sánchez! Tres meses de encargo real, henchido con ese traje de presidenciable, para cerrar la última semana con un sonoro portazo a Rajoy, como paso previo para quedarse sin campaña.

Sánchez, que viene pactado de casa con el IBEX, se ha mostrado incapaz de llegar a acuerdos con la izquierda, Podemos, pero sin ser tampoco lo contrario, gran coalición. Es cierto que ha ganado la batalla por ser nuevamente candidato de su partido, pero debería ser consciente de que unas nuevas elecciones van castigarle con un millón de votos menos, una pérdida de por lo menos 12 diputados y nuevamente con la aritmética que fracasó el 20D, la de PP y Ciudadanos. Podrá consolarse con que Rajoy también perderá otro millón de votos. Hasta incluso puede que se alegre porque Ciudadanos pida la cabeza de Rajoy para sentarse a hablar, lo cual sería inteligente. Pero debería recordar lo de las barbas del vecino, porque unas nuevas elecciones no serán una segunda vuelta, sino otra etapa del proceso de reemplazo generacional en la política española, que se debería de llevar por delante a los líderes de los partidos que han retrocedido.

Hace poco nos enteramos de que la Justicia no va juzgar a Iglesias y Errejón. El Supremo ponía las cosas en su sitio. Lo mismo está sucediendo con este mercado de los votos. Sin ir más lejos, el último fin de semana empezamos a ver el remonte de Podemos en las encuestas tras ese hundimiento repentino. Fue distanciarse del PSOE y empezar a ganar terreno. Pero es que antes tampoco estuvieron tan hundidos y nos lo vino a explicar Metroscopia, con su encuesta en la provincia de Barcelona. Nos dijeron que En Comú Podem defendía el millón de votos en Catalunya. Al mismo tiempo vino el CEO y el Euskobarómetro (y otras encuestas que están por publicar) para certificar que Podemos y sus confluencias, en todos estos territorios plurinacionales o con singularidades (según Sánchez) se mantenían exuberantes. O lo que es lo mismo, que no bajando en Catalunya, País Vasco, Galicia, etc, es imposible que pudiera perder hasta un millón y medio de votos, que es lo que el sistema nos venía a decir con sus trabajos demoscópicos. Podemos y confluencias defienden ese 25% en todos esos territorios y eso es consolidar un 20%, pase lo que pase, para España.

Y, en este sentido, puede que pasen más cosas, como el pacto entre Podemos e Izquierda Unida. En términos de negocio este pacto podría ser como las confluencias para el 20D y sobrepasaría al PSOE con la misma elegancia que el cubano Javier Sotomayor nos deletió con su flosbury flop en Barcelona 92. O también puede que pase que Democracia i Llibertat aterrice nuevamente en la política real y con su defensa de un referéndum empiece a cambiar los números en Catalunya, para garantizarles un liderazgo en el campo nacionalista que, momentáneamente, ha perdido. Aquel encuentro entre Puigdemont e Iglesias nos vino a decir que en España empieza a cambiar.

Todo esto ya vendrá y cambiará la aritmética actual, en donde pierden los viejos, Podemos resiste y Ciudadanos, con su progresión, garantiza unos números menos endemoniados para esta España que ya ha cambiado pero que es demasiado verde aún.