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El dedo en la llaga

El día a día de Javier Ortiz

Las razones de Rajoy

13 mar 2008
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No me resulta fácil ponerme en la piel de Mariano Rajoy –seré sincero: me es por completo imposible– pero su decisión de mantenerse al frente del PP me parece bastante sensata.

En primer lugar, si dimitiera vendría a aceptar que su partido ha perdido las elecciones porque él lo ha hecho mal, y que otro candidato podría obtener un resultado mejor. Lo cual, aparte de que no le apetezca nada, por razones obvias, es francamente dudoso.

Para mí que Rajoy ha recolectado casi todos los votos que moviliza hoy por hoy la derecha española. Toda ella, desde la más contenida a la más extrema. Un candidato más centrista tocaría las narices a los ultras a machamartillo, pero le votarían igual (¿a quién, si no?). Y al revés: un candidato más ultra disgustaría a la derecha menos desmesurada, pero ésta no le negaría su respaldo en las urnas. Viven en régimen de partido único y se comportan de acuerdo con ello.

La consideración de que con Rajoy la derecha española se ha acercado –si es que no ha tocado– su actual techo electoral, y de que no por cambiar de líder iba a mejorar sus expectativas a corto plazo, se vuelve casi evidente cuando esta última hipótesis se plantea como posibilidad concreta, práctica. Abierta la puerta a la sucesión, el navajeo dentro del PP se volvería inevitable. Y, total, ¿para qué? ¿Qué podría ganar con ello? ¿Que al final saliera Esperanza Aguirre como gran jefa? ¿Que se impusiera Acebes tras una aparatosa purga inquisitorial? ¿Que Gallardón gastara sus energías chocando contra la fortaleza de Génova y dejando al partido con el trasero al aire? Un pan con unas hostias.

Rajoy ve que ya ha reducido en 385.000 votos la distancia que Zapatero le sacó en 2004, pese a que su rival se ha beneficiado de los trasvases procedentes de IU, ERC y el tripartito vasco. A la vista de ello, hace cábalas y se pregunta por qué no podría vencer a la próxima.

¿A la tercera, como González y como Aznar? Puf. Cualquiera sabe. Hay demasiado tiempo de por medio. Demasiadas variables.

De momento, mira al futuro inmediato ateniéndose a la máxima ignaciana: nada de grandes cambios en tiempos de tribulación. Y en eso no patina.