Es muy poco verosímil la versión oficial sobre el modo en que se produjeron los hechos que llevaron al
detenido Igor Portu al Hospital Donostia con importantes lesiones por todo el cuerpo.
Se me hace difícil creer que un grupo de policías bien entrenados tenga que dar tantos y tan contundentes golpes a un detenido desarmado para conseguir que no escape. Se le inmoviliza, se le esposa y ya está. Pero me cuesta todavía más creer que el detenido en cuestión siga durante horas sin quejarse de algo tan lacerante como que una costilla rota le ha perforado un pulmón, por citar sólo uno de los desastres que le fueron diagnosticados en el centro médico donostiarra.
¿Por qué hemos de creer que los golpes los recibió en el momento de la detención, y no más tarde, cuando empezó a ser interrogado? ¿Porque lo dicen quienes le pegaron? La Policía asegura que ya ha sacado provecho del interrogatorio y que ha encontrado un escondrijo en el que Portu y su compañero guardaban explosivos. ¿Será que han confesado por arrepentimiento espontáneo?
Afirmó el lunes Pérez Rubalcaba que todo se hizo “de acuerdo con la legislación antiterrorista”. Curioso lapsus, porque donde se establece cómo hay que tratar a los detenidos no es en la legislación antiterrorista, sino en la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
No oculto la razón de mis reservas: me mostraría mucho menos suspicaz si no estuviéramos hablando de los servicios especiales de la Guardia Civil que convirtieron en célebres los tétricos calabozos del cuartel de Intxaurrondo y si no recibiéramos las explicaciones de boca de un político que en su día hizo lo imposible para maquillar las complicidades de su partido con los GAL.
Pero el asunto central no es ése. Lo decisivo es que en España a un detenido relacionado con ETA se le puede hacer cualquier cosa porque a la casi totalidad de los políticos, de los medios informativos y de la opinión pública les importa un bledo. Y si se le tortura, pues peor para él. Es la ley del “todo vale”.
Como le dijo un famoso juez de la Audiencia Nacional a una detenida: “Vete a quejarte a tus amigos de Amnistía Internacional”. A ellos me dirijo yo también.
El Rey, que ha optado por celebrar con sobriedad su septuagésimo cumpleaños organizando una fiesta para sólo 450 personas, decidió mostrar su humanidad navideña viajando por sorpresa a Afganistán el 31 de diciembre para saludar a los soldados españoles allí destacados, con los que estuvo el tiempo imprescindible para acudir a Kuwait a tomar las uvas y ser agasajado por su amigo el emir jeque Sabah al Ahmad al Sabah, demócrata de toda la vida.
El presidente del Gobierno, dispuesto a no ser menos, voló también por sorpresa el 5 de enero a Líbano para pasar un rato con el contingente militar español y brindar con los soldados a la salud del Rey, como buen socialista.
Esto de viajar por supuesta sorpresa para agasajar a tropas propias desperdigadas por el mundo aprovechando tal o cual fecha señalada se ha convertido en una especie de manía. Ahora lo hacen todos. (Por cierto: Rajoy ha demostrado su falta de reflejos políticos y su vocación de perdedor no yendo a visitar, en plan alternativo, a los españoles que están de misión en la Antártida, lo que hubiera quedado la mar de ecológico.)
La pregunta es: ¿a cuento de qué esos viajes? ¿Por qué nunca el Rey o el jefe del Gobierno aprovechan estas tan entrañables fiestas para ir a tomarse una copa de cava en alegre francachela con, por ejemplo, los obreros de un andamio de la costa de Alicante, o con los sudadores de una plantación plastificada de El Ejido, a 50º bajo el sol, o con las limpiadoras del Metro de Madrid? No me digan que los soldados tienen superior mérito por el riesgo que corren: hay muchos más muertos por accidentes laborales que por misiones militares en el exterior. Tampoco pretendan que es por la importancia de la misión que cumplen: el ejercicio de la globalización militar todavía no ha demostrado que sirva para nada mejor que lo realizado por la gente que trabaja.
La explicación es sencilla, aunque deprimente: poner ladrillos, soportar los rigores de un invernadero o limpiar basura en un andén son tareas que en esta España de hoy no pueden venderse como patrióticas. Es mucho más patriótico hacer el pasmarote en cualquier rincón del mundo al servicio de los intereses de los EEUU.
Hay organizaciones no gubernamentales que se están volviendo cada vez más gubernamentales, o más estatales. No me refiero a todas (hay tantas que resulta imposible englobarlas en casi nada, y algunas me merecen el mayor respeto), pero sí a bastantes de ellas.
Para empezar, sus estructuras administrativas –sus burocracias particulares– se mantienen en buena medida gracias a lo que reciben de las arcas públicas. En segundo lugar, se ponen de acuerdo con los gobiernos de turno para fijar sus propias prioridades de acción, convirtiéndose en una especie de aparato subsidiario de los Estados.
En algunos casos, su dependencia económica y política de las administraciones públicas es tal que parece un sarcasmo que se presenten como “no gubernamentales”. Aunque rara vez se entregan a un gobierno en exclusiva. Me sé de alguna que tiene el cazo puesto en las oficinas de todos los gobiernos: del central, de los autonómicos, de los municipales… Allí donde hay una institución, pública o privada, que concede subvenciones para lo que sea, allí están ellos haciendo cola.
Es comprensible el entusiasmo de los gobiernos occidentales por este género de organizaciones, que se dedican a suplir algunas de las más llamativas carencias asistenciales de los poderes públicos, buscándoles personal voluntario y pidiéndoles a cambio sólo lo necesario para la manutención de sus directivos y el funcionamiento básico de su maquinaria. Pero resulta lastimoso que haya tanta gente que acepte someterse a lo que de hecho funciona como una doble contribución. Porque paga al Estado, vía impuestos, para que éste cubra las funciones sociales que le son propias, y luego vuelve a pagar, con sus aportaciones económicas o en trabajo voluntario, para que el Estado pueda desentenderse de una parte de sus obligaciones.
Conozco a unos cuantos dirigentes de supuestas ONG que llevan ya varios decenios viviendo de su muy cacareado desinterés solidario. Alguno de ellos presenta una particularidad llamativa: según han ido modificándose las modas gubernamentales y mediáticas, ellos han ido reconvirtiendo su ONG, cambiándole de nombre y de objetivos.
Pero manteniéndose ellos siempre como jefes, claro.
En materia de regalos navideños hay dos escuelas principales. Una es la de quienes prefieren que la entrega de los obsequios se produzca en los primeros días de las fiestas y toman como referentes míticos a San Nicolás, a Papá Noel, a Santa Claus… o al modesto Olentzero, en tierras de tradición vasca. La otra es la de quienes defienden que los presentes deben venir de la mano de los Reyes Magos, tal día como hoy.
Algunos se toman esta opción como una batalla en la que se dirimiría nuestra capacidad para defender las costumbres locales frente a los intentos extranjeros de colonizarnos culturalmente. Triple error. Primero, porque entre nosotros hay costumbres locales navideñas para todos los gustos: los Magos de Oriente no tienen el monopolio de los regalos. Segundo, porque, puestos a resistirse a la colonización cultural, hay frentes infinitamente más importantes que éste, que es tan insulso e intrascendente como el de la eñe de los teclados y el del toro de Osborne de las carreteras. Y tercero, porque la colonización cultural de España está consumada desde hace ya muchos decenios.
Cuando fui crío –cosa que puedo demostrar que se produjo, aunque ciertamente hace mucho–, envidiaba a los niños franceses vecinos nuestros, a los que les ponían los juguetes el día de Navidad, lo que les daba la posibilidad de romperlos antes de volver al cole. No tenía nada en contra de que hubiera regalos también el día de Reyes, e incluso varios días más, pero, de tener que elegir una sola fecha, prefería una que pillara al comienzo de las vacaciones.
En los últimos años, alcanzada mi edad provecta, he cambiado de costumbres. Ya no me apunto ni a la Navidad ni a los Reyes. No regalo nada en estas “tan señaladas fechas”, que diría Su Majestad, el otro Rey. Me parece mucho más divertido hacer regalos cualquier otro día del año. Estás paseando, ves en un escaparate algo que piensas que podría venirle bien a alguna persona querida y se lo compras. Precisamente porque no tienes ninguna obligación de hacerlo. No sé si la receptora del regalo imprevisto lo agradecerá más o menos, pero de lo que no podrá dudar es de que es espontáneo y sincero.
Son las 6:00 de la mañana. Me dispongo a afeitarme.
Enciendo la radio. Hago un barrido del dial. Casi todas las emisoras emiten programas rituales, propios de estas fechas blandengues. A falta de noticias, recalo en un coloquio religioso que por lo menos es en directo.
Uno de los participantes, que se confiesa periodista, afirma que está muy enfadado con los medios de comunicación porque –dice– sólo se ocupan de los aspectos lúdicos de la Navidad: de las fiestas, los regalos, las diversiones, las comilonas, los viajes, etcétera, olvidándose de lo que la Navidad es “en realidad”. “Porque la Navidad, en realidad, es una conmemoración hondamente religiosa”, proclama.
Despierta mi fervor de polemista infatigable. “No”, le respondo mentalmente, mientras me embadurno el cuello con espuma de afeitar. “En realidad, la Navidad actualmente es eso: los regalos, el consumismo y todo lo demás. Otra cosa es que a ti te parezca mal. Pero tus deseos no son más realidad que la realidad”.
Es una querencia típica también en el terreno de la política. “¿Socialista el PSOE? ¡El socialismo es otra cosa!”, suelta el uno. “¡La Unión Soviética nunca fue realmente comunista!”, clama el otro. “¡Los liberales de hoy en día no tienen nada que ver con el liberalismo de verdad!”, sentencia el de más allá. El ejercicio es el mismo: se decide que lo verdadero, lo realmente real, es lo proclamado en el plano de las ideas, de los ideales, y que, en la medida en que lo que sucede en la práctica no coincide con esos ideales, lo existente es falso, irreal, meramente aparente. Se invierten los términos: las ideas toman el lugar de lo real, y los hechos, el espacio de lo imaginario.
Pero la Historia no funciona así. Hay ideas que ayudan a poner en marcha determinados movimientos sociales, pero luego éstos siguen su propio rumbo, sin contar con el guión inicial.
La Historia carece de moral. Se limita a ser.
No tengo nada en contra de quienes se esfuerzan porque la realidad tome el rumbo de sus deseos. Yo también lo pretendo. Pero hemos de aceptar el limitado papel que juegan nuestros deseos. Incluso los más nobles.
O no: sobre todo los más nobles.
El Gobierno español ha obtenido en 2007 dos éxitos parciales a los que atribuye particular importancia, según hemos podido oír una y otra vez a sus voceros: se han reducido las víctimas mortales producidas por accidentes de tránsito sucedidos en vías interurbanas y ha disminuido el número de personas que fuman tabaco. En ambos casos, los avances se deben –eso es lo que dicen– al endurecimiento de las medidas represivas.
Estoy convencido de que, si el Gobierno ahondara en esa línea de actuación, obtendría aún mejores resultados. Por ejemplo, si sacara adelante una ley que dictamine que quienes infrinjan el Código de la Circulación serán recluidos durante cinco años en un penal de máxima seguridad, y otra por la que aquel que fume en un espacio no habilitado al efecto vea confiscados todos sus ingresos por un periodo mínimo de dos años.
No me afectan personalmente esos supuestos, puesto que no fumo y, ya desde hace algunos años, conduzco mi coche con una prudencia que hasta a mí mismo me sorprende. Pero no acabo de entender –o entiendo, pero me cabrea– por qué las autoridades se ceban en cierto tipo de infracciones, como los que acabo de citar, y se muestran de una benevolencia insondable con otros. ¿Es un crimen que un particular atufe a los cercanos con el humo de un cigarrillo pero, a cambio, resulta aceptable que un ayuntamiento cuente con una flota de autobuses urbanos que van sembrando el terror atmosférico a su paso? O bien: ¿qué clase de burla es ésa que tanto repiten ahora de que “el que contamina paga”? No, señor: al que contamina se le suspende el negocio hasta que resuelva el problema, y además va a juicio y, si el delito lo merece, se le encarcela. No basta con que pague: a casi todos los que contaminan a lo bestia les sale más barato pagar multas que someterse a la legalidad.
La gracia está en darle caña al pobre capullo que va con su cochecito a 140 o que se fuma un pitillo en los lavabos del hospital, porque a fin de cuentas no es nadie (un voto, como mucho), pero respetar reverencialmente a las grandes empresas, que son, en último término, las que controlan el cotarro. Todos los cotarros.
Me cuentan que el Vaticano, que está en plena fiebre santificadora, hace acopio de todos los presuntos milagros que arropan las biografías de los muchos candidatos que tiene en la lista de espera del santoral y que ya no duda en certificar como portentoso casi cualquier suceso que le relaten, a nada que resulte un poco chocante.
No tengo nada en contra de que la Iglesia Católica canonice a tanta gente como quiera. Cada club privado cuenta con sus propias normas de admisión. Pero tengo un par de dudas sobre los milagros que quisiera exponer a vuestra consideración, por si os resultaran de algún interés.
La primera afecta a la extraña temporalidad que manifiestan casi todos los milagros de los que se tiene noticia.
Pongamos, por citar un caso bien conocido, el de la resurrección de Lázaro, el de Betania, que protagonizó Jesucristo, según se cuenta en el Evangelio de San Juan.
Pregunta: ¿dónde está hoy en día ese buen hombre? Porque lo lógico sería que, si el Hijo de Dios decidió que viviera, siguiera vivo, ¿no? ¿O es que lo resucitó un día para dejarlo morir a la vuelta de la esquina, como si nada?
Lo mismo cabe decir de las curaciones milagrosas. Le desaparece por ensalmo hoy la lepra a uno, oh maravilla, gracias a la intercesión de San Pito Pato, pero al ex leproso le da un infarto el año que viene, y San Pito Pato no mueve ni un dedo. Así que al hoyo con él. No sé. Es raro.
La segunda perplejidad que me producen los sucesos milagrosos se refiere a su mosqueante falta de creatividad. Por respeto a los derechos de autor –espero que la SGAE lo tenga en cuenta–, he de dejar constancia de que esta observación se la debo al difunto Massimo Troisi, quien se refería a la frecuencia con la que los milagros sirven para que un hombre con las piernas inmovilizadas vuelva a caminar, por ejemplo, pero cómo apenas se tiene noticia de que a alguien a quien le hubieran amputado ambas piernas le brotaran las dos enteras a partir de sus muñones, con sus pelos y todo, y echara a andar.
Bueno, sólo quería hacer este par de observaciones marginales, sin ninguna pretensión teológica. Para ilustrar que la falta de fe mueve montañas.
Muchas felicidades.
Casi todos los años, por estas fechas, se las deseo a las personas que me leen.
Me gusta esta costumbre, tan hispánica, de desearnos felicidades, en plural. Y muchas, por añadidura.
Los hay que piensan que nos pasamos. “¿Muchas? ¡Con tener una sola felicidad, vas que chutas!”, dicen. No se dan cuenta de que el trasfondo de nuestro pensamiento apunta en la dirección diametralmente opuesta.
Quienes deseamos “muchas felicidades” partimos –aunque sea en nuestro inconsciente– de la convicción de que la felicidad, como estado permanente, es imposible. De que sólo cabe sentir felicidad en contraste con estados de infelicidad, sea mayor o menor: tristeza, aburrimiento, hastío, abatimiento, enfado, ira.
De la misma manera que sólo apreciamos los contornos de los objetos por la combinación de las luces y las sombras, sólo sentimos que somos felices porque nos acordamos de cuando somos infelices. “En la claridad absoluta no se ve nada”, decía Hegel. El razonamiento es impecable: si todo es luz, ¿cómo percibir los perfiles? Pero yo, más hegeliano que Hegel, sospecho que la claridad absoluta, sencillamente, no existe. Si fuéramos permanentemente felices no sabríamos que somos felices.
De hecho, cometemos un error cuando decimos que somos felices. Deberíamos moderar nuestro entusiasmo y conformarnos con constatar que estamos felices. Circunstancialmente felices. La vida nos proporciona –a quienes nos proporciona– instantes, momentos de felicidad. Algunas felicidades.
Hay horas en los que nos sentimos pletóricos, gozosos, encantados. Felices. Pero eso se pasa. Por fortuna. Porque, de no ser así, la felicidad sería también un aburrimiento, una rutina. Es la idea que tengo del Paraíso que prometen los Rouco Varela y consortes: un beatífico peñazo. Todo el día disfrutando de cosas tan estupendas como la contemplación de Dios. Y encima para toda la eternidad, sin posibilidad de escaparse.
Yo, que no tengo nada de sádico, os deseo a vosotros, amigos y amigas que leéis, disfrutáis y criticáis Público, que 2008 os proporcione muchas pequeñas parcelas de felicidad. O sea, y por volver al origen: muchas felicidades.