El detonador

Un blog sobre música

Miguel Bocamuerta quiere contarte algo

08 Oct 2009
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Hoy para mí es un día grande. En primer lugar, porque me voy diez días de vacaciones (aunque esté lloviendo). Y en segundo lugar, no menos importante, porque voy a escribir, aquí mismo y ahora, sobre un disco mayúsculo, enorme, incomparable. Lo juro: una obra maestra, una casualidad entre un millón, un milagro escondido, un fenómeno paranormal… Discos como este hay pocos.

Ahora que blogs y revistas musicales se devanan los sesos con las listas de los mejores discos de esta década, sería altamente recomendable que no se olvidaran de un álbum grabado en Córdoba en 2004, publicado por el sello Eureka y firmado por un tal Miguel Bocamuerta. ‘Tú en Marte y yo en Plutón’, se llamaba el diamante. Para mí, el segundo o tercer mejor disco nacional de la década. Dicho está. Diez canciones, un mundo.

Ahora tengo una mala y una buena noticia. La mala es que Miguel Bocamuerta está muerto. Se suicidó después de grabar este “primer disco póstumo de un artista novel”, como lo presentaba con humor su discográfica. Rondaba los 30 años.

La buena es que, según me confirmó el otro día Fernando Vacas (director de Eureka, amigo íntimo de Miguel y descubridor, entre otros, de Russian Red), se han encontrado decenas de maquetas que Bocamuerta grabó de forma casera, más de 70. “¡Las cosas que dice ahí!”, me decía Vacas, con tono asombrado.

No intento en este post, que quede claro, hacer una oda al malditismo ni nada por el estilo. Las canciones, el sonido, las letras… la música que vibra entre Marte y Plutón es lo que cuenta. Lo que le pasara al pobre Miguel es otra cosa, sobre la que sólo queda guardar silencio.

A Miguel le gustaba que le llamaran Alarota. Nació en Córdoba, vivió en Madrid y terminó estudiando contrabajo en Barcelona, pero su lugar no estaba señalado en los mapas. “Donde siempre pasan las cosas es en los rincones oscuros”, solía decir él. Por ahí van los tiros del disco.

La mayoría de los grandes músicos han hurgado en el abismo. Unos, como Nick Cave, Lou Reed o Miles Davis, se consagraron a ello; otros, como Dylan, Young o Springsteen, descendieron unos pisos y contaron lo que vieron. Y lo que vieron no era bueno, pero (y esto es lo importante) era.

En España tenemos unos cuantos de estos: Javier Corcobado, Fernando Alfaro, Nacho Vegas… Todos ellos saben lo que es el peligro. ¿Se puede hacer música de verdad sin haber bajado hasta ahí?

Alarota bajó y nos lo contó en, por ejemplo, ‘La tentación por existir’:

02-miguel_bocamuerta-la_tentacion_por_existir.mp3

“Queda como un ruido emergiendo desde el centro de mi cuerpo,
un zumbido en el desierto,
el último aliento de alguien muerto,
un dios surcando el espacio exterior,
un trozo de cielo congelado
derritiéndose bajo el sol
o un barco sin tripulación…
Un mal de amores sin amor,
un sí peleando con un no,
un rey que llora a su bufón,
un ciego que sueña en color”

Un disco para reír y para llorar, como la vida misma, en el que Alarota nos envía diez postales desde un paisaje oscuro, sórdido y congelado.

Da en el clavo. Sabe qué es lo importante y de eso habla. Mirad lo que dice en ‘Moby Dick’:

03-miguel_bocamuerta-moby_dick.mp3

“Hoy he abierto mi cerebro
y no he visto nada dentro de él.
Noto que en mí algo ha cambiado,
me siento un tanto extraño,
no pongo pasión en nada de lo que hago
y me hace tanto daño”

Buscaba, no hay duda. Puede que se equivocara de sitio…

Hay mucho humor (las historias de ‘La noria’, ‘Viva Yankee’ o ‘Como un perro’ -ver vídeo arriba- son descacharrantes), pero cuando se pone firme y serio aumenta todavía más su bestial efecto. Además, no hay rastro de dramas afectados, sino relatos lúcidos que constatan la destrucción, como en la escalofriante ‘Por enésima vez’, donde deja entrever su final:

“Todo mi pasado y mis errores quiero enterrarlos ya,
coleccionar mil errores, ¿de qué me ha servido hasta ahora?
Creo que ha llegado el momento de cambiar el rumbo de esta historia sin sentido,
llevo media vida ya persiguiendo a mi destino
y al borde de la locura
y un pie puesto en las cimas de la desesperación
y el otro en algún rincón cerca de tu corazón”

Musicalmente el círculo se cierra. El sonido crudo de guitarra, contrabajo y batería, como un esqueleto aterido de frío, es sencillamente lo que cuenta transformado en música. Los arreglos (cuerdas, algún piano, ruidos) parecen esparcidos al azar, a la ligera, pero nada sobra (y nada falta).

Hay rock descarnado, vómitos de blues zarrapastroso e incluso latigazos de jazz. Pero el género está por debajo, porque por encima está él: Miguel Bocamuerta, Alarota. Todas las piezas del puzzle encajan. Y no se puede hacer mejor.

Descanse en paz, Miguel, un muerto muy vivo.