Incluida en: ‘Together through life’ (Sony BMG, 2009) (A la venta el 27 de abril)
‘Beyond here lies nothing’ es el primer single del nuevo e inesperado disco de Bob Dylan, que se titulará ‘Together through life’ y saldrá a la venta el próximo 27 de abril. Lo de inesperado es porque el viejo Bob nos tiene acostumbrados a espaciar mucho más sus lanzamientos. ‘Modern times’ todavía suena reciente. En este tema sigue cavando hondo y con dedicación en el surco del blues. En esta ocasión, reverberan ecos fronterizos y jazzísticos gracias a una trompeta que va dando la réplica a Dylan durante toda la canción, así como un aire cabaretero con ese cálido acordeón. Su voz sigue siendo bestial, prodigiosa: nocturna, aguardientosa y áspera como el papel de lija. ¿Hay algo mejor para cantar un blues?
No hay paridad en la música. Y estamos muy lejos de conseguirla. Hay más hombres que mujeres. Y hasta aquí no llega la mano de ZP para poner orden y concierto (nunca mejor dicho).
¿Que por qué hay más grupos de tíos que de tías? Ni idea. Es como preguntar: ¿Por qué hay más hombres en el gremio de taxistas? ¿O por qué hay más críticos musicales y cinematográficos que críticas? No lo entiendo. ¿La vida nos ha llevado a esto? Puede ser.
Se oyen teorías, eso sí, de todos los pelajes. Por ejemplo: que los tíos montan grupos de rock para ligar. Doy fe que es así (muchos me lo han dicho directamente). ¿Y las tías, no quieren ligar o qué? Al parecer, según esta teoría, ellas ya ligan sin subirse a un escenario.
Ha habido iniciativas como el Ladyfest, un festival donde sólo pueden tocar grupos formados por mujeres. El empeño es loable -hacer visibles a bandas femeninas y reivindicar el papel de las chicas en un mundo indudablemente masculino como el rock-, pero… ¿ha logrado concienciar al público de la discriminación que denuncian? Porque… ¿Hay una discriminación real y consciente? Y… ¿Se puede luchar contra ella?
Una de las quejas que se oyen es que, cuando una mujer alcanza cierto éxito, se construye una imagen negativa alrededor suya, indagando en su vida personal para desprestigiarla. Se recuerda entonces a Janis Joplin, a Courtney Love, a Madonna, a Amy Winehouse… Pero lo mismo ha ocurrido con Pete Doherty, ¿no? Por no hablar de los Rolling Stones, Iggy Pop o el mismo Lou Reed. Y por otro lado, yo no sé nada de la vida personal de, pongamos, Julieta Venegas.
Otra queja es que desde el mundo del rock se ha obstaculizado el paso a las mujeres. ¿Se sostiene esto después de Patti Smith, de Janis Joplin, de Siouxsie, de PJ Harvey, de Björk? Sólo pregunto.
También se dice que una cantante sólo triunfa si está buena. En fin, sólo hay que leer el párrafo anterior para derribar este argumento. Otra cosa es que desde determinados ámbitos, como las radiofórmulas y en general la música comercial de escaparate, se haga un uso descarado del físico y la sexualidad para vender a una cantante. Pero eso en realidad de música tiene más bien poco.
Lo que sí me ha llamado la atención es que dos cantantes como Chan Marshall (Cat Power) y PJ Harvey recurran al mismo esquema de banda para tocar en directo. Aparecen rodeadas de hombres fornidos, con pinta de mafiosos o macarras, una apariencia bastante estereotipada de lo masculino. ¿Es una forma de vengarse, poniendo a su servicio a los tíos para que toquen para ellas y hagan lo que ellas ordenen? ¿O acaso es que temen perder el protagonismo si ponen a otra chica en la banda?
Por cierto, que vaya dos temazos ambos (ver youtubes). El de PJ Harvey es el primer single del disco que acaba de publicar con John Parish (pura dinamita). El de Cat Power, el fabuloso ‘The greatest’, desde el festival Transmusicales de Rennes (yo lo vi allí en vivo; por cierto, un conciertazo).
La primera vez que escuché el nombre de Jackson C. Frank fue de boca de una chica en el Café Libertad 8 de Madrid, hará ya unos cinco años. Pocos días después, la chica en cuestión me pasó su primer y único disco, titulado también ‘Jackson C. Frank’ y publicado en 1965.
Llegué a casa y puse el CD. Me dejó anonadado, me liquidó (un verbo que me pega en la boca de Calamaro, por ejemplo). Una docena de canciones a voz y guitarra que parecían haber sido compuestas entre Bob Dylan y Nick Drake e interpretadas por un veterano bluesman. Lo primero que pensé: “Esto no puede ser un disco de debut, es demasiado bueno”. Pero sí, lo era. Y luego: “Este tío tiene que haber grabado algo más”. Pero no, no grabó nada más.
Es más: desde finales de los 60 nadie supo de él. ¡Es más! Los únicos 12 segundos que se pueden ver de él en vídeo son esos que tienes a tu izquierda. Esto es culto, señores.
A lo largo de los años circularon rumores de que había muerto en un accidente de avión en 1967 (estilo Buddy Holly), que se había casado con una sueca y vivía en Suecia (estilo Bebo Valdés) o que se había cambiado el nombre y regentaba una gasolinera en Montana (no sé qué tienen las gasolineras, pero no es la primera vez que un rumor de este tipo sitúa al protagonista en una estación de servicio).
¿Quién era y qué fue de Jackson C. Frank? Nació en Buffalo en 1943 y, tras unos años viviendo en Ohio, su familia se mudó a un pueblo del estado de Nueva York llamado Cheektowaga, muy cerca de su Buffalo natal. En esa localidad, cuando tenía 11 años de edad, ocurrió un suceso que cambiaría su vida.
Durante la clase de música, en la escuela local a la que asistía, estalló el sistema de calefacción, situado justo al lado de su clase. Murieron quince de sus compañeros (aquí se puede leer un reportaje sobre aquella tragedia) y él permaneció hospitalizado durante siete meses debido a las graves heridas que sufrió.
Durante ese tiempo, su profesor de música (también superviviente), visitó a Jackson habitualmente y siguió instruyéndole en el mundo de la música. El niño pidió una guitarra y en esos meses recostado en la cama aprendió a tocar. Ya recuperado, en la adolescencia, siguió los pasos de cualquier muchacho aficionado a la música: se compró una guitarra eléctrica y formó varios grupos de rock and roll, un género en plena efervescencia en la época. Sin embargo, Jackson sentía especial afición por la música folk, especialmente por las canciones de contenido histórico.
(A la izquierda, el español Pajaro Sunrise versiona un tema de Frank)
A los 21 años, le llegó el momento de decidir qué iba a hacer con su vida. La música estaba bien, pero no le iba a dar de comer. Cuando estaba a punto de matricularse en la facultad de Periodismo, un nuevo hecho relacionado con la tragedia de la escuela volvió a cambiar la dirección de su vida. El seguro le pagó 100.000 dólares en compensación por las heridas sufridas en el accidente. Y 100.000 dólares en 1964 eran muchos dólares: era una pequeña fortuna.
Lo primero que hizo con el dinero fue comprarse un Jaguar y recorrer el estado de Nueva York viendo conciertos con un amigo. Jackson era un fanático de los coches, así que al año siguiente, decidió viajar a Inglaterra, donde decían que fabricaban los mejores modelos de determinadas marcas. En el barco, compuso ‘Blues run the game’, canción que en pocos meses sería un éxito en el Reino Unido. Los primeros versos de la canción, conociendo los detalles biográficos, estremecen (más sabiendo lo que estaba por llegar):
“Cogeré un barco a Inglaterra, nena,
quizás a España,
allí donde he ido
allí donde he ido y estado
la tristeza ha ganado el juego”
Cuando llegó a Inglaterra y se encontró con el ‘Swinging London’ en plena ebullición lo de los coches se le quitó de la cabeza. Visitó los clubs de folk de la ciudad y no tardó en convertirse en un cantautor más de la escena. Conoció a Paul Simon y Art Garfunkel y el primero le ofreció producirle un disco. Grabó su disco en tres horas en un estudio de la CBS del centro de Londres. Al parecer, se colocó detrás de un biombo porque le daba vergüenza que le vieran cantar.
El disco fue un éxito en Inglaterra. John Peel le invitó a su programa de radio para que grabara unos temas en directo, apareció en varios programas de televisión y vendió miles de discos. En esa época, Jackson compartió piso con Al Stewart y salió con Sandy Denny, una de las más célebres cantantes folk de la época.
Entre 1965 y 1967, Jackson C. Frank fue uno de los grandes nombres de la escena folk británica, dando conciertos por todo el país y abriendo el camino a artistas como Nick Drake, que llegó a versionar una de sus canciones. Pero en 1968, cuando era el momento de consolidarse con su segundo disco, el sello de Jackson rechazó sus nuevas canciones. Esto le sumió en un estado depresivo que no era extraño en él, probablemente relacionado con la tragedia de la escuela. El cantante se fue a Nueva York y allí se le perdió la pista. Estamos en 1970.
Su idea al viajar a Nueva York era encontrar a Paul Simon, pero en lugar de eso acabó durmiendo en la calle como un vagabundo. Tras deambular por varias casas de acogida estatales, su estado mental se deterioró tanto que acabó ingresado en un psiquiátrico.
Esta entrada de blog podría haber terminado así: no sabemos donde está Jackson C. Frank, pero tenemos su música y eso es lo importante. Pero no: sabemos bastante más gracias a Jim Abbott.
Jim Abbott es un melómano de Nueva York que había oído hablar de la historia de Jackson C. Frank. Un día de 1993, rebuscando en una tienda de discos de segunda mano de Nueva York, encontró un disco de Al Stewart que llevaba tiempo buscando. Al llegar a casa, lo estrajo de la funda y en el interior encontró una dedicatoria: “To Jackson, all the best, Al Stewart”.
Abbott volvió a la tienda y descubrió que el tal Jackson era Jackson C. Frank y que iba de vez en cuando a vender discos viejos. Pocas semanas después, logró conocerle. “Yo le había visto en las fotos de los años 60, un chico alto y guapo. Cuando le vi llegar, un hombre gordo dando tumbos por la acera, no me podía creer que era él. Parecía el hombre elefante“, dijo Abbott tras verle por primera vez.
Abbott le sacó de la casa de acogida e ingresó a Jackson en un asilo de Woodstock. Además, le ayudó a recuperar los royalties que su disco había generado desde 1965, que no eran pocos, y logró una pequeña pensión para los últimos años de vida del músico.
La última desgracia de Jackson, poco tiempo después de ser encontrado, es que le pegaron un tiro en un ojo. Ocurrió en un parque y al parecer fueron unos niños que andaban jugando con una pistola, por lo que la agresión fue totalmente casual.
Ciego y con serios problemas psicológicos, en 1995 grabó una maqueta y durante los siguientes años tocó en bares de la zona de Woodstock con asiduidad.
Murió de una neumonía el 3 de marzo de 1999. Tenía 56 años. Descanse en paz, Jackson C. Frank.
Abraham Boba. Llámenle así o llámenle el Richard Hawley español. Voz torrencial, romanticismo decimonónico y sonoridad exquisita. Publicó su primer disco hace un par de años. Desde entonces, recorre la península dando conciertos y compatibilizando su carrera en solitario con sus labores como pianista de Nacho Vegas. Ahora lanza su segundo álbum, ‘La educación’, donde pule los excesos dramáticos y líricos de su debut, descartando el efecto y mordiendo lo esencial. Un ejemplo del brillo de las nuevas composiciones de Boba es ‘Hagamos algo antes de morir’, el primer single del disco. A falta de vídeo oficial, he colgado la versión que el músico hizo de esta preciosa balada para la serie Videotapas (altamente recomendable). Ensanchad los corazones. Boba quiere entrar.
No sólo de Obama viven los Estados Unidos. América (como les gusta decir a ellos) también vive de Deerhunter. Son cuatro y vienen de Athens (Georgia), la capital del indie mundial (recuerden a R.E.M., Cat Power, Neutral Milk Hotel…). Meten ruido y te hipnotizan (como la televisión, pero de otra forma). Sus barullos están ordenados (más o menos) y quieren liberarte, no alienarte. Son dos cosas muy distinas. Ellos mismos se etiquetan: dicen que hacen ‘punk ambiental’. Nos lo ponen fácil.
El capitán del grupo se llama Bradford Cox, el frontman más enclenque del rock mundial, pero un huracán cuando su cerebro se pone a maquinar canciones. Formó el grupo con otros tres amigos a principios de siglo. Desde entonces sólo quedan él y el batería. Uno de los fundadores murió en accidente de skateboard, suceso que marcó el primer disco del grupo, ‘Turn it up, faggot’ (2005).
La última en llegar al grupo, curioso, es la guitarrista Whitney Petty, antigua cheerleader en el instituto de Bradford Cox (para los más impulsivos/as: ha perdido bastante).
Cox es un científico perverso que se hace fuerte cuando llega la noche (mirad el segundo vídeo para ser testigos de sus experimentos en directo). En su laboratorio hay tres probetas: una pone ruido, otra eco y la tercera oscuridad. En ellas, las tres, van introduciendo guitarras, voces, baterías y teclados para ir creando un magma sonoro tan oscuro, tenso, hipnótico y denso como el futuro de Bernie Madoff.
Meten miedo. Te sumergen en la misma fosa de la Marianas o te sacan a deambular por el espacio, pero en ningún caso te quedas donde estás (ni cerca de dónde estás). Por algo Nine Inch Nails se los llevó de teloneros en su última gira.
No inventan nada. Van por surcos ya trillados por My Bloody Valentine (mucho), Brian Eno (bastante), Pixies (un poco) o Cocteau Twins (sí, sí, también ellos), pero hay buenas razones para dejarse atrapar por su propuesta, y una de ellas es su último álbum doble, titulado ‘Microcastle / Weird Era Continued’. Dos discos en uno.
Los dos sirven raciones de rock cósmico y experimentos sonoros a partes iguales. Digamos que el ‘Kid A’ al lado de esto es pura radiofórmula. Pero ojo, que entre el conglomerado de atmósferas oníricas y acoples siderales (sí, hay varios temas tostón que, bueno, se dejan escuchar si uno es lo suficientemente generoso) hay pequeñas catedrales como ‘Agoraphobia’ (pura sensualidad), ‘Nothing ever happened’ (un latigazo sutilmente bello y anguloso) o ‘Twilight at carbon lake’ (fluye con un gusto exquisito, para paladares exigentes).
Yo creo que si Radiohead firmaran la canción que hay colgada al principio de este post sería un éxito instantáneo. Su resurrección.
Nos pasa a todos: el rechazo, el fracaso. A mí, sin ir más lejos, cuando mi jefe me tira abajo un reportaje: se desploma mi creación como lo hace un castillo de naipes ante el más leve soplido… Lo que parecía tanto, no es nada. Todo se vuelve frío y oscuro: es la frustración. Nos pasa a todos.
También les ha pasado a The Klaxons. Sí: el grupo que ganó el prestigioso Mercury Music Prize, el que dinamitó el Festival de Benicàssim con una explosiva actuación en 2007, el que apabulló haciendo un dueto con Rihanna en los Brit Awards… Un grupo que tocó la gloria con la yema de los dedos… Y que ahora sufre como sufrimos nosotros, gente llana y rasa de este mundo, populacho.
Vamos al caso: su discográfica, Universal, ha escuchado su nuevo disco, continuador del exitoso ‘Myths of the near future’, y les ha dicho, parafraseando a Xoel López: “que no, que no, que no”. Al parecer, el disco es un laberíntico psicodélico sin un sólo single a la vista que ha cambiado totalmente el sonido ‘punk-rave’ del grupo.
Desconocemos el tamaño del ladrillo, pero, tras escuchar las tímidas declaraciones del cantante Jamie Reynolds a New Musical Express, la cosa debe ser voluminosa: “Hemos hecho un disco realmente pesado y eso no es bueno para nosotros. No podemos olvidar que somos una banda de pop”. Un ladrillaco, no hay duda.
La cuestión es que los Klaxons ni son los primeros ni serán los últimos a los que su compañía discográfica les para los pies, algo que desde el punto de vista del melómano siempre se ha considerado como un sacrilegio. ¿Corromper la libertad creativa del artista? ¡Nunca!
Pero claro, no conviene olvidar que la compañía pone la pasta con intención, claro está, de recuperarla. No es una ONG. Y se supone (es un suponer como otro cualquiera), que los que la dirigen entienden de música. Por eso, ¿no está legitimada para ordenar al artista que cambie su creación?
Veamos algunos ejemplos, unos más conocidos que otros.
El día que a Bruce Springsteen le pidieron un single: Esto le pasó con, ¡ojo!, ‘Born in the U.S.A.’, un disco no con uno, sino con once singles potenciales. Pues bien, Columbia (ahora Sony BMG), dijo que querían la canción que abriera la hucha, no de cientos de miles de personas, sino de millones de personas. Y Springsteen, no sin montarles una gran gresca, se fue a su casa y compuso ‘Dancin’ in the dark’. ¿Podríamos decir que sin Columbia no tendríamos ‘Dancin’ in the dark’? Podríamos decirlo.
Algo parecido les pasó a Los Planetas, pero los granadinos resolvieron el asunto con su habitual peculiaridad. Ocurrió en 1998, cuando presentaron ‘Una semana en el motor de un autobús’ a RCA (hoy también Sony BMG). El sello no sólo les exigió un single, sino que además les invitó a que quitaran dos canciones que eran demasiado largas y lentas.
Jota, cantante, les concedió escribir una canción más a cambio de dejar esos dos temas en el álbum. El sello accedió, Jota se fue a casa, puso una canción de Etienne Daho titulada ‘Promises’ y calcó la melodía en ‘Segundo premio’ (fue primer single, se convirtió en un himno y, hasta día de hoy, Daho no ha dado señales de vida).
Cuando la cuestión es añadir o quitar una canción las cosas llegan a buen puerto, pero cuando el fallo (llamémoslo de alguna manera) es más bien estructural, la cosa cambia. Es lo que le pasó a Wilco con ‘Yankee hotel foxtrot’, rechazado por Reprise al considerarlo poco comercial (la banda abandonó el sello, publicó el álbum con Nonesuch y vendió medio millón de copias, su disco más exitoso).
¿Más ejemplos? A Mónica Naranjo le pararon un disco entero por ser demasiado experimental y transgresor; a los directivos de la discográfica Geffen les empezaron a temblar las manos cuando oyeron ‘In utero’, de Nirvana (finalmente, los chicos de Kurt Cobain tuvieron que cambiar la producción de un par de canciones, grabadas inicialmente con Steve Albini) ; y a los chicos de La Excepción les intentaron meter mano en un dueto que habían grabado con Rosendo.
¿Tienen derecho las compañías a cambiar la obra de los artistas? ¿Es legítimo? ¿Conocéis algún otro caso de este estilo? Ale, a detonar.
Debajo del hype había chicha. Yeah Yeah Yeahs publican el 6 de abril su tercer disco, ‘It’s Blitz!’ (aunque parece que ya lo tiene medio planeta, porque desde hace semanas está en Internet), pero antes sorprenden con este bombazo llamado a figurar entre los candidatos a mejor canción de 2009. Se llama ‘Zero’ y lo tiene todo: potencia para ponerte las pilas, ritmo para la pista de baile y melodía para tararear una y otra vez. La canción termina con un subidón bastante importante, donde se pierde la estructura del tema y sólo queda la invitación (machacona) a la fiesta. Aunque circulan vídeos piratas, este es el oficial, consagrando el esquema “cantando-y-caminando-por-la-calle” como uno de los clásicos de los vídeos de rock. Disfruten de Karen O y sus chicos.
No he podido evitar compartir esta pequeña joyita que encontré rastreando la web en este domingo soleado de marzo. Vídeos de este estilo suelen estar muy forzados. Éste está más que conseguido (te partes, vamos).
Yo era un descreído. Había perdido la esperanza. No había luz en el horizonte. U2 era sinónimo de vacuidad, de nimiedad, de un gran y redondo y gordote cero patatero.
Pero ‘No line on the horizon’ ha abierto mis ojos. Me ha gustado y voy a explicar por qué en 10 razones:
1. Suenan inquietantes. Mientras sus dos anteriores discos eran más predecibles que un capítulo de ‘El Equipo A’, en este te ponen alerta desde la primera nota. Crees que intuyes, pero te despistan. El inicio de ‘No line on the horizon’ despliega misterio y tensión. La instrumental ‘Fez’, pegada a ‘Being Born’ (esta es puro ‘Achtung baby’) juegan contigo. No es poco.
2. Regresan a sus inicios, pero con fundamento. ¿Recuerdan aquellos U2 descarnados, gélidos y electrizantes de ‘War’ y ‘The unforgetable fire’? Han vuelto, pero sin sonar a revival. Si ‘All that you can’t leave behind’ fue una traumática regresión, un mal viaje a los tiempos de ‘The Joshua Tree’, ahora reavivan la llama del pasado post-punk (ojo a esos teclados siniestros de ‘Magnificent’) sin parecer un pastiche.
3. La canción ‘Moments of surrender’. El inicio es la cosa más hermosa y contenida que han creado desde ‘Love is blindness’. Se ha dicho que Bono ha perdido voz, pero en este tema, cantado altísimo, se exhibe. Como lo hace, ojo, Adam Clayton: lo bello, si simple, dos veces bello. Dicen que es la nueva ‘One’, pero a mí me parece mucho más compleja y profunda.
4. Sus mejores canciones desde ‘Zooropa’. Las cinco primeras (‘No line on the horizon’, ‘Magnificent’, ‘Moments of surrender’, ‘Unknown caller’ y ‘I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight’) son de notable. Luego llega el plastazo del single ‘Get on your boots’ (mala elección), jarrazo de agua fría. Al que vuelva a compararla con ‘Subterranean homesick blues’, de Bob Dylan, le prohibiré la entrada al detonador.
5. Brian Eno y Daniel Lanois. ¿Deberían haber puesto su nombre en la portada: U2 & Brian Eno & Daniel Lanois? Puede que sí. No es únicamente que la producción del disco sea de una altura estética alpina, sino que también co-escriben las canciones. Y se nota, claro. El estribillo de ‘No line on the horizon’ y el inicio de ‘Unknown caller’ suenan a Eno por los cuatro costados.
6. No buscan el hit de estadio descaradamente (‘I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight’ es lo más parecido aquí). Si durante los 90 parecía que su deriva electrónica iba a terminar con los cuatro miembros de U2 en plan Kraftwerk -cada uno detrás de un ordenador portátil-, en el siglo XXI se lanzaron a una loca y delirante carrera en busca del nuevo hit para seducir a las masas. ¿Miedo a Coldplay, Bono? En este disco las atmósferas, la búsqueda de la intensidad y las estructuras sólidas de las canciones sobresalen por encima del estribillo perfecto que sólo llega cuando él quiere, como una novia.
7. Sana y consistente madurez. Es verdad: a este disco le falta pegada, garra, electricidad, locura. Pienso en ‘Zoo station’ y ‘Lemon’, por ejemplo. Pero tiene algo a lo que muchos aspiran y que pocos consiguen: se aproxima a una unidad. Las canciones combinan con fluidez entre ellas y parecen intercambiarse mensajes y sonidos. Casi no hay parches.
8. No quiero pasarme de redicho, pero hay algo en este disco que me gusta especialmente: es un disco que busca las esencias. Casi no hay recursos sin sentido, gratuitos. Todo o casi todo lo que hay grabado encaja en su sitio. Por ejemplo: ‘Elevation’ me parece una cosa súper-estrambótica y aparatosa en medio de ‘All that you can’t…’. Aquí no hay de eso.
9. Hay relleno, lo reconozco: ‘Stand up comedy’ y ‘Breathe’ son como bocadillos de plástico. Pero se compensa con la intensidad y la templada solemnidad de ‘White as snow’ y ‘Cedars of Lebanon’.
10. Las letras. Se ha dicho que la poesía trascendental de Bono es una catedral de aire. Bien, Bono no es Bob Dylan ni Morrissey, está claro. Pero a mí me parece que en este punto, cuando menos, cumple.
Creo que no me dejo nada. Y ahora, su turno.
PD: El vídeo de YouTube está muy chulo. Es una especie de ensayo y la canción está cruda como una patata. En el Camp Nou 360º seguro que pierde mucho.
Hablar sobre música es como comer pipas: empiezas y ya no puedes parar.
El detonador va por ahí: un lugar para hablar sobre música.
¿Qué música? La que no sale en la radio ni en la tele, pero sí en la Red. Internet es una bomba musical y el detonador la hará estallar. De entre los restos, sacaremos las mejores piezas que encontremos (y alguna de las peores, por supuesto).
Lo haremos entre todos, vosotros y yo. Si no puedes vivir sin música, activa El detonador.