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El detonador

Un blog sobre música

Calamaro carga contra Prisa

11 may 2009
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pecotmetrorock03.jpgNo tenía pensado escribir nada sobre el concierto de anoche de Andrés Calamaro en el Palacio de Congresos de Madrid, principalmente porque repitió el repertorio que viene tocando en las últimas giras y, señor Calamaro: hay que variar un poco las canciones, ¡que ya toca!

Lo más novedoso, créanlo o no, ocurrió entre canción y canción. Pocas veces se oye a un músico lanzar semejante ristra de críticas contra un medio de comunicación (grupo, en este caso), bastante aplaudidas por los 2.000 asistentes que llenaron el recinto. Lo explico:

Al parecer, a Andrés Calamaro no le sentó nada bien que “la revista de mierda de los viernes de El País”, como él mismo dijo, no anunciara su concierto de ayer en el Palacio de Congresos de Madrid como se merece.

Había pasado media hora de concierto y, tras interpretar ‘Media Verónica’ y recibir una brutal ovación con todo el público en pie, llegó el primer estacazo: “Gracias Madrid. Parece que esto no es suficiente para la revista de mierda de los viernes de El País, que al parecer ya no nos hace caso“. En este momento, el bajista Candy Caramelo le hace un gesto riéndose, como diciéndole que no se pase, y Calamaro se acerca de forma impulsiva al micrófono: “Perdón, perdón… pero lo tenía que decir“. Se da la vuelta, coge la guitarra, y antes de empezar con ‘Elvis está vivo’, otro latigazo (casi escupitajo): “Fascistas encubiertos”.

Calamaro estaba cabreado. Que venga a tocar a Madrid y no le dediquen un espacio suculento fue ofensivo para él (y para su ego). Y siguió lanzando pullas, estas bastante más objetivas: “Para El País, en un lado está Serrat y en el otro Amaral. Y en el medio no hay nada: ni Urrutia, ni Loquillo…”, dijo, obteniendo como respuesta otro aluvión de aplausos.

Siete canciones después, cuando el concierto llevaba más de hora y media y Calamaro había interpretado dos tangos, la anécdota de El País parecía olvidada. Pero el músico, terco y crispado, insistía: “Quizás a alguien le han incomodado las críticas al País, pero qué quieren que diga de una empresa que editaba los manuales de texto del franquismo”. Esa dolió.

Por momentos, Andrés Calamaro parecía estar a sueldo de Pedro J. Ramírez. Y eso que no había cantado el tango ‘Obsesión’. Incombustible, Calamaro se desahogó con esta última perla: “Quiero que me perdone el crítico de El País, él no tiene culpa de nada. Escribe para El País y luego escribirá para el Rockdelux. Hay cosas peores”, soltó. Darío Manrique, el único crítico de El País a la vista, se reía a mi lado, preguntándose cómo iba a contar lo ocurrido en su blog de El País.

Hoy Calamaro, en su propio blog, parece reafirmarse sobre lo dicho anoche. Corto y pego (las negritas son mías, las faltas de ortografía de Calamaro):

“Tambien se me fue la olla un poco, para “romper el hielo” no me me ocurrio nada mejor que despacharme contra los molinos de viento como un autentico don quixote, suponiendo que la gente podria pensar que estaba disgustado por alguna razon en concreto, insisti sobre el tema no dos si no tres veces para terminar de aclarar, o embarrar, lo que fue mi declaracion de principios mas alla de lo musical, que ya era suficiente (estamos de acuerdo que no fue un discurso progre ortodoxo)”.

Que siga el espectáculo.

La canción de la semana (11)

11 may 2009
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 Título: ‘Train song’

Artista: Feist & Ben Gibbard

Incluida en: ‘Dark was the night’ (4AD / Pop Stock!, 2009)

Una canción de Vashti Bunyan cantada por Feist y Ben Gibbard (Death Cab for Cutie, The Postal Service) es algo altamente recomendable incluso antes de oírla. Después de hacerlo ya ni te digo. La balada folkie de Bunyan se transforma aquí en una íntima tonada indie en baja fidelidad, con la voz desnuda de Gibbard y una instrumentación esquelética. La sensualidad de Feist y los coros eclesiales le dan un toque gospel-soul que termina por redondear esta fantasmal lectura de ‘Train song’. Está incluida en el recopilatorio ‘Dark was the night’, un disco benéfico más que recomendable en el que figuran grupos como Arcade Fire, Antony, Andrew Bird o Yo La Tengo. La recaudación se destina a Red Hot, una organización dedicada a la lucha contra el Sida.

Bill Callahan: Sublime, excelso, inmaterial

06 may 2009
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Puedes conocer a Bill Callahan (EEUU, 1966) por su grupo Smog. O por su grupo (Smog), así, entre paréntesis, como también lo llamó. ¿Quién sabe? Quizás te hayan contado que fue novio de Chan Marshall, más conocida como Cat Power, y que le rompió el corazón. O que luego se lió con Joanna Newsom, la arpista cabecilla del nuevo-folk. ¿O acaso escuchaste una canción suya, ‘Cold blooded all times’, en la película ‘Alta fidelidad’? Si después de esto ni flores, por favor, sigue leyendo y espabila, leñe.

Es broma: en realidad, no es necesario conocer a Bill Callahan para ser feliz, ¿verdad? Incluso todo lo contrario: escuchar sus canciones puede hundirte en el fango como no te andes con cuidado. El amigo Callahan no es la alegría de la huerta, precisamente. Su música es fría, cerebral, matemática, un tanto tétrica…

Y aún así, absolutamente bella. ¿Cómo es posible? Lo es y lo demuestra en su nuevo disco, una plato delicatessen que ni El Bulli (me río del Bulli, en serio). El disco se llama ‘Sometimes I wish we were an eagle’ y es una obra maestra. ¡Ala, ya lo he dicho!

Y eso que en las dos primeras escuchas pasó por mis oídos sin pena ni gloria. Yo le echo la culpa a que era una copia promocional en la que una bocina de automóvil sonaba cada minuto (una estrategia anti-piratería del sello bastante chunga. Drag City: ¿así se respeta un disco?). En todo caso, no hay disculpa que valga: no me enteré de la misa la media…

Es lo que tienen los grandes discos: necesitan varias escuchas hasta que entras en ellos.

Hasta que, ya sin bocina, escuché ese tema que tenéis arriba en el YouTube, ‘All thoughts are prey to some beast’, y entonces entré en el esplendoroso jardín que Callahan había cultivado para nosotros. ¡Vaya que si entré! Días llevo dentro. ¡Os escribo desde él en estos momentos!

(En el vídeo de la izquierda, Bill Callahan toca ‘Jim Cain’, tema de apertura del disco, en una tienda de discos)

Quizás ‘All thoughts are prey to some beast’ sintetice todo lo que nos encontramos en el álbum: la guitarra repetitiva e hipnótica, los diálogos de cuerdas y vientos -mucho más que adornos-, la base rítmica primitiva, los arrebatos de ruido y su voz psicótica de barítono, entre la profunda afección y la sobriedad más absoluta.

En realidad es el disco de un cantautor que, de tan personal, no parece un cantautor. Nada en este disco se apoya en lo establecido, sino que parece construido nota a nota en el vacío sonoro hasta edificar canciones totalmente propias, originarias de Bill Callahan. Maestro.

Tres cosas que me gustan especialmente:

1) El ritmo: fundamental en las canciones de este tipo, que parecen recorridas por una columna vertebral en continua pero perfecta convulsión. Escuchad ‘Eid ma clack shaw’ o la tremenda ‘My friend’ y lo entenderéis.

2) La interpretación: Bill Callahan tiene fama de tipo sobrio, pero si prestas atención a cómo canta, en muchas ocasiones parece a punto de romperse. Por otro lado, la estructura de la voz no suele seguir un patrón fijo, sino que está ceñida al contenido de la letra. ¿Que qué quiero decir? Pues por ejemplo, que si dice algo especialmente importante, lo puede llegar a repetir varias veces y a destiempo para recalcarlo. Todo esto le da un aire de misterio e imprevisibilidad muy chulo.

3) Los estribillos: Pese a que sus canciones carecen de esqueleto reconocible, suele llegar un instante en el que dibuja un emocionante estribillo. En este disco suenan románticos, delicados y preciosistas.

Es posible, ya aviso, que cuando escuchéis el disco penséis que es un coñazo. Tened paciencia. Ablandad el corazón. Abandonaos un poquito.

La canción de la semana (10)

04 may 2009
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Título: ‘Rising’

Artista: Lhasa

Incluida en: ‘Lhasa’ (Audiogram / Warner, 2009) a la venta hoy 4 de mayo

¿No os pasa que oís una canción e inmediatamente pensáis que es un clásico? Eso ocurre con ‘Rising’, de Lhasa. Suenan unas notas fantasmales de un arpa y, cinco segundos después, ya entra la voz, urgente: “Me cogió la tormenta y me llevó de aquí, / me dio la vuelta. / Me cogió la tormenta /eso es lo que me ha pasado / y no llamé / y tú no me viste durante un tiempo”. Y a la vez, una batería en primerísimo plano, un bajo exuberante y una maraña de guitarras que crean una atmósfera atemporal, líquida y misteriosa. La voz parece salir del estómago: grave, levemente varonil, tersa y concreta. Está claro que no cuenta cualquier cosa. Se trata del primer single del nuevo disco de Lhasa de Sela, una cantante nómada de padre mexicano y madre estadounidense que deslumbró hace ya seis años con el espléndido ‘The living road’. Lhasa se lo toma con calma, pero cada disco, este es el tercero, es un nuevo mazazo absolutamente recomendable. Es el primer álbum que graba íntegramente en inglés y el resto de canciones están a la altura de este single atemporal y diría que estremecedor. Una joyita para empezar la semana. Se puede escuchar dos veces (si se quiere).

Michael Jackson se llama Peaches

02 may 2009
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No, no es que Jacko cambie de nombre, estilo Prince. En realidad, Peaches es una cantante canadiense que ayer puso una bomba de espectáculo, diversión y potencia en el festival con el nombre más feo de todos los que se celebran en España (y probablemente del mundo): el SOS 4.8 de Murcia.

Antes de nada, decir: sorprendente festival. En su segunda edición, ha agotado las 40.000 entradas con un cartel bastante más modesto que los grandes festivales españoles. Además, es muy cómodo (se celebra dentro del casco urbano de Murcia) y conjuga con gracia y sin exceso de pretensiones rock y electrónica.

A lo que íbamos: si hoy tuviéramos que decir quién es el Michael Jackson de nuestros días, yo diría Peaches. Lo demostró ayer: baila como una posesa, canta como un ángel (demoniaco, claro) y ofrece un espectáculo (con pocos medios) de muchos quilates. Electro-clash a palo seco, sin sal ni limón, para gritar unas cuantas guarradas a la cara de un público que, al principio se asustó, y al final terminó entregado.

Peaches y sus tres músicos aparecieron disfrazados y enmascarados. Canción tras canción, la cantante se iba quitando capas de ropa y descubría nuevos disfraces, a cada cual más delirante (terminó con un bañador color carne para aparentar que estaba desnuda).

Presentó algunas de las canciones de ‘I feel cream’, su nuevo disco, que publica el lunes 4 de mayo, y repasó algunos de sus hits (‘Set it off’ o ‘Kick it’, entre otros). No paró quieta: saltó, gritó, corrió, se subió a la valla de seguridad del público, se arrastró por el suelo…

Todo con ese toque glam-gay que no necesita de la tontería para afirmarse. Si Alaska supiera cantar y bailar y se dejara de petardeos, sería nuestra Peaches.

Un huracán de baile y sexo que liberó a un festival un tanto abotargado después de certificar, one more time, la defunción de Prodigy, uno de los, a priori, platos fuertes del SOS 4.8. Seguro que a una pelea Peaches puede con el trío británico, auténtica caricatura de lo que un día fueron.

Sonaron anacrónicos, embarullados, aburridos y escleróticos. La gente respondió, por supuesto, pero en algún tema, si te quedabas escuchando atentamente, sólo oías un raca-raca sordo.

Antes había pasado por el escenario principal un imprevisible Pete Doherty con sus Babyshambles, que ofreció un concierto tan irregular como su propio repertorio. Capaz de lo mejor y de lo peor, acabó rompiendo el micrófono y lanzándose al público. Fue, como poco, divertido, y la gente reaccionó a sus canciones como si de un concierto de Estopa se tratara: cantando los “oh-oh-ohs” y bailando agarrados en grupos.

Pero la reina de la noche fue, cómo no, PJ Harvey, que junto a John Parish abrió el festival en un concierto en un auditorio para 1.800 personas. Si no fuese por su corta duración, una hora escasa, sería un serio candidato a mejor directo de lo que llevamos de temporada.

Si queréis saber más detalles del concierto, hoy sábado 2 de mayo se publica la crónica en ‘Público’.