Curiosa la tendencia de los argentinos para entronar la extravagancia, para beatificar la deriva psicológica, para convertir en héroes nacionales a sus inspirados locos. Curiosamente, sus dos tarados más geniales vuelven a estar de actualidad. Diego Armando Maradona, varón, futbolista y (para muchos) santo, acaba de meter, bronca mediante (por supuesto) a la selección argentina en el Mundial de Fútbol de Suráfrica. Que Argentina no se clasifique para un Mundial devalúa la competición, pero que Argentina, dirigida por Maradona, no lo consiga, habría sido una catástrofe. También para nosotros, claro (el espectáculo el próximo año promete). Bueno, a lo que vamos. El otro gran pirado es Charly García, el músico más descerebrado que ha dado el rock argentino (y capaz de mirar de tú a tú a cualquier otro a nivel mundial). ¿Conocen a algún músico que haya saltado desde un noveno piso a una piscina?Él hasta lo grabó. Ahora regresa con una canción sencilla, ningún clásico, pero Charly, con su actitud chulesca, una letra misteriosa y un vídeo cachondo, consigue elevarla por encima de la media. Además, prepara gira mundial.
Hoy para mí es un día grande. En primer lugar, porque me voy diez días de vacaciones (aunque esté lloviendo). Y en segundo lugar, no menos importante, porque voy a escribir, aquí mismo y ahora, sobre un disco mayúsculo, enorme, incomparable. Lo juro: una obra maestra, una casualidad entre un millón, un milagro escondido, un fenómeno paranormal… Discos como este hay pocos.
Ahora que blogs y revistas musicales se devanan los sesos con las listas de los mejores discos de esta década, sería altamente recomendable que no se olvidaran de un álbum grabado en Córdoba en 2004, publicado por el sello Eureka y firmado por un tal Miguel Bocamuerta. ‘Tú en Marte y yo en Plutón’, se llamaba el diamante. Para mí, el segundo o tercer mejor disco nacional de la década. Dicho está. Diez canciones, un mundo.
Ahora tengo una mala y una buena noticia. La mala es que Miguel Bocamuerta está muerto. Se suicidó después de grabar este “primer disco póstumo de un artista novel”, como lo presentaba con humor su discográfica. Rondaba los 30 años.
La buena es que, según me confirmó el otro día Fernando Vacas (director de Eureka, amigo íntimo de Miguel y descubridor, entre otros, de Russian Red), se han encontrado decenas de maquetas que Bocamuerta grabó de forma casera, más de 70. “¡Las cosas que dice ahí!”, me decía Vacas, con tono asombrado.
No intento en este post, que quede claro, hacer una oda al malditismo ni nada por el estilo. Las canciones, el sonido, las letras… la música que vibra entre Marte y Plutón es lo que cuenta. Lo que le pasara al pobre Miguel es otra cosa, sobre la que sólo queda guardar silencio.
A Miguel le gustaba que le llamaran Alarota. Nació en Córdoba, vivió en Madrid y terminó estudiando contrabajo en Barcelona, pero su lugar no estaba señalado en los mapas. “Donde siempre pasan las cosas es en los rincones oscuros”, solía decir él. Por ahí van los tiros del disco.
La mayoría de los grandes músicos han hurgado en el abismo. Unos, como Nick Cave, Lou Reed o Miles Davis, se consagraron a ello; otros, como Dylan, Young o Springsteen, descendieron unos pisos y contaron lo que vieron. Y lo que vieron no era bueno, pero (y esto es lo importante) era.
En España tenemos unos cuantos de estos: Javier Corcobado, Fernando Alfaro, Nacho Vegas… Todos ellos saben lo que es el peligro. ¿Se puede hacer música de verdad sin haber bajado hasta ahí?
Alarota bajó y nos lo contó en, por ejemplo, ‘La tentación por existir’:
“Queda como un ruido emergiendo desde el centro de mi cuerpo,
un zumbido en el desierto,
el último aliento de alguien muerto,
un dios surcando el espacio exterior,
un trozo de cielo congelado
derritiéndose bajo el sol
o un barco sin tripulación…
Un mal de amores sin amor,
un sí peleando con un no,
un rey que llora a su bufón,
un ciego que sueña en color”
Un disco para reír y para llorar, como la vida misma, en el que Alarota nos envía diez postales desde un paisaje oscuro, sórdido y congelado.
Da en el clavo. Sabe qué es lo importante y de eso habla. Mirad lo que dice en ‘Moby Dick’:
“Hoy he abierto mi cerebro
y no he visto nada dentro de él.
Noto que en mí algo ha cambiado,
me siento un tanto extraño,
no pongo pasión en nada de lo que hago
y me hace tanto daño”
Buscaba, no hay duda. Puede que se equivocara de sitio…
Hay mucho humor (las historias de ‘La noria’, ‘Viva Yankee’ o ‘Como un perro’ -ver vídeo arriba- son descacharrantes), pero cuando se pone firme y serio aumenta todavía más su bestial efecto. Además, no hay rastro de dramas afectados, sino relatos lúcidos que constatan la destrucción, como en la escalofriante ‘Por enésima vez’, donde deja entrever su final:
“Todo mi pasado y mis errores quiero enterrarlos ya,
coleccionar mil errores, ¿de qué me ha servido hasta ahora?
Creo que ha llegado el momento de cambiar el rumbo de esta historia sin sentido,
llevo media vida ya persiguiendo a mi destino
y al borde de la locura
y un pie puesto en las cimas de la desesperación
y el otro en algún rincón cerca de tu corazón”
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Musicalmente el círculo se cierra. El sonido crudo de guitarra, contrabajo y batería, como un esqueleto aterido de frío, es sencillamente lo que cuenta transformado en música. Los arreglos (cuerdas, algún piano, ruidos) parecen esparcidos al azar, a la ligera, pero nada sobra (y nada falta).
Hay rock descarnado, vómitos de blues zarrapastroso e incluso latigazos de jazz. Pero el género está por debajo, porque por encima está él: Miguel Bocamuerta, Alarota. Todas las piezas del puzzle encajan. Y no se puede hacer mejor.
El domingo escribí un reportaje titulado “El despertar del videoclip español” sobre el trabajo de jóvenes directores y nuevas productoras que están haciendo trabajos innovadores, arriesgados y muy personales en nuestro país.
Lamentablemente, debido a una novedad en el ‘caso Roman Polanski’ hubo que recortar el artículo. Lo que os perdisteis fue la parte en que varios protagonistas del reportaje elegían y comentaban su videoclip favorito. No os preocupéis. Aquí los tenéis: los vídeos (que tendréis que ver desde YouTube) y los comentarios.
El primer videoclip lo recomienda, nada más y nada menos que Juan Antonio Bayona, director de ‘El orfanato’ y de más de 40 videoclips (entre ellos, unos cuantos de Camela).
‘Coffee & tv’, de Blur (Hammer & Tongs, 1999)
«Me gusta por el sentido del humor, que es más corriente ahora que hace 10 años. Destacaba por aplicar efectos especiales de una manera inteligente. La historia del cartoncito de leche tiene mucho desparpajo. Utiliza sabiamente la técnica, no alardea».
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El segundo videclip llega de la mano de Luis Cerveró, director de videoclips para Christina Rosenvinge, Marlango o Joe Crepúsculo, entre otros.
‘Heroes’, de David Bowie (Nick Ferguson, 1977)
“Muchas veces nos complicamos demasiado. Y este vídeo es una lección de que con tres luces, un poco de humo y un travelling puedes conseguir un resultado cojonudo. Es uno de esos vídeos que puedo ver millones de veces. Claro que es Bowie y es ‘Heroes’, que sólo con eso hay que ser muy burro para hacer algo malo. Pero la sencillez de la propuesta me parece la mejor elección precisamente por eso. ¿Qué vas a añadir? ¿Qué más necesitas? Y lo que consigue Ferguson es elevar al músico a un valor iconográfico casi totémico. Además, como en todos los trabajos tocados por la magia, está la perfección que sólo puede dar la suerte, con esas entradas de luz entre las piernas siempre sincrónicas con un cambio musical. Obra maestra absoluta por su sobriedad, contención y precisión”.
El tercer vídeo lo ha elegido Susana Blas, comisaria de la exposición ‘Mundo aparte: Nuevo videoclip español’, en el Instituto Cervantes.
‘Tenía tanto que darte’, de Nena Daconte (Marc Lozano, 2008)
“Me interesa esta pieza porque detrás de su aparente sencillez y de su resultado festivo hay un inteligente trabajo sobre la textura de la imagen que se logró imitando los videos musicales clásicos de los 80. Lozano utilizó las cámaras de entonces, en concreto la SONY PD 150, y un estilo de rodaje calculadamente descuidado para recrear ese ambiente”.
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Y por último, el zaragozano Samuel Zapatero, director de uno de los videoclips del año (‘She’s my man’, de Bigott).
‘Ya Mama’, de Fatboy Slim (Colectivo Traktor, 2001)
“No sé, siempre me acuerdo de la primera vez que lo vi, nada más empezar el vídeo, en los primeros bailes, me entró una risa nerviosa, mi cuerpo hacía espasmos intentando seguir el ritmo de aquellos atípicos bailarines, no lo puedo evitar, me pasa cada vez que lo veo, luego me empezaron a caer algunas lágrimas al ver los movimientos de los primeros clientes que escuchan la cinta en el mercado y terminé llorando de risa en el sofá e intentando imitar aquellos movimientos, es cierto que había tomado un par de gintonics pero también es cierto que es muy difícil que un simple videoclip consiga algo así”.
Joe Crepúsculo es bajito, regordete, tiene cara de pan, barriguita cervecera y ‘look’ taciturno. Cuando le veo, siempre me acuerdo de un amigo del instituto que leía a Nietszche, bebía demasiado y, de cuando en cuando, se dedicaba a vagabundear por las calles de León, sin rumbo, a altas horas de la madrugada (buscando Dios sabe qué). Luego era un cachondo, pero con amargura. En todo caso, Crepúsculo, al que no conozco personalmente, no tiene por qué tener nada que ver con esta descripción. Joe Crepúsculo canta con voz de niño travieso (o poseído) canciones de pop ochentero (a mí a veces sus temas me recuerdan a Rafaela Carrá) con letras pobladas de referencias inconexas y surrealistas. Es un cachondo, como mi amigo, pero en lugar de amargura, desprende escepticismo. Lo que más le gusta a la gente a la que le gusta Crepúsculo, las letras y su humor, a mí me parece lo menos interesante. Me quedo con su genio para fabricar melodías notables y por la singularidad y atrevimiento de su propuesta. ‘Toda esa energía’ es el primer single de su tercer disco. Ver el vídeo no es perder el tiempo.
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