Opinion · El mapa del mundo

El fin de la era del Botox

Los ministros de Finanzas y los gobernadores de los bancos centrales del G-7 piensan que no hemos tenido suficiente. La medicina del optimismo se ha administrado con implacable regularidad al paciente sin que los resultados hayan sido espectaculares. Antes al contrario. La peor crisis económica en décadas lleva camino de laminar la credibilidad de los gobiernos e instituciones financieras internacionales. Y sin embargo, ahí siguen, explicando que sólo hay que esperar un poco más para ver la luz.

“El documento del G-7 expresa indirectamente el punto de vista de que lo peor ha pasado posiblemente para la economía mundial”, dijo tras la reunión el ministro japonés. Todos los adverbios acabados en ‘-mente’ no pueden ocultar el hecho de que avisos anteriores en la misma línea fueron recibidos con esperanzas que se vieron frustradas con rapidez. Los gobernantes sostienen que existen algunos indicios que les sirven para anunciar que en los últimos meses de este año se apreciarán signos de recuperación.

Es posible que sea así. Pero lo que es evidente es que estamos de lleno en la fase más brutal de destrucción de empleo. En España, resulta evidente. En el Reino Unido, algunos profesores ya hablan del riesgo de que haya una “generación perdida” de jóvenes, nacidos en la década de los ochenta y principios de los noventa, abocados a carecer de oportunidades reales de encontrar un empleo acorde con su formación. La frustración social que generará ese fenómeno se sentirá mucho tiempo después de que las cifras macroeconómicas abandonen los números rojos.

The Economist dice esta semana que “lo peor que le puede ocurrir a la economía mundial es que asuma que lo peor ha pasado ya”. Algunas cifras positivas son susceptibles de ser magnificadas. Incluso entre 1929 y 1932 hubo periodos de tiempo en los que la Bolsa subió un 20%… antes de volver a caer. Si se produce, según la revista, la recuperación será lenta y débil, y tardará mucho tiempo en crear el empleo que se está destruyendo en estos momentos. Esa es de hecho la última previsión del FMI, que goza de la buena suerte de no tener que presentarse a las próximas elecciones.

Los gobiernos no disfrutan de ese privilegio y no se atreven a optar por la vía Churchill: no ven a los votantes con ganas de escuchar un mensaje realista basado en sangre, sudor y lágrimas. Nadie quiere enfrentar a la gente ante la evidencia de que los errores del pasado no se purgan con una inyección de fondos públicos por masiva que sea.

Quizá no haya que escandalizarse de tan poca sinceridad. Los contribuyentes raramente van a admitir que la época de euforia y consumo excesivos pudiera haber sido una aberración sostenida por datos ficticios. Lo malo de las burbujas no es que la gente no se crea que vive en una. Es que a veces ni siquiera admite después que ha vivido en una, y que por tanto buena parte de esa riqueza no volverá porque se basaba en una mentira. Por ejemplo, en viviendas sobrevaloradas que hay que pagar con hipotecas similares a cadenas perpetuas.

La columnista conservadora Peggy Noonan ha explicado que esta larga fase de estancamiento podría ser una buena cura de realidad para EEUU, una vez que queden claros los efectos de la borrachera y la resaca. Quizá entonces la gente ya no esté tan obsesionada con el culto al cuerpo, con vestir la última ropa de marca o conducir el coche con más prestaciones. El hedonismo desatado en forma de inyecciones de Botox y operaciones de cirugía estética –símbolo de los que aparentan lo que no son– será uno de los legados de una época marcada por el dinero fácil y la satisfacción inmediata.

Acuciados por las urgencias electorales, los políticos prometerán que muy pronto volverán los días de vino y rosas. Me temo que habrá una forma de descubrir si mienten: comprobar si mueven los labios.

Iñigo Sáenz de Ugarte