Opinion · El mapa del mundo

La maldición de la mascarilla

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El veredicto de científicos y políticos no deja lugar a dudas: “Media Europa cogerá la nueva gripe de forma leve”, dice un titular. La gran paradoja de esta noticia, como de otras relacionadas con la crisis sanitaria causada por la gripe porcina, es que su intención es tranquilizar a la gente, pero provoca el efecto contrario. Por decirlo en pocas palabras, mientras unos leen “de forma leve” otros prefieren fijarse en “media Europa” y se imaginan un apocalipsis de toses. Leen los periódicos, ven los informativos de televisión y comienzan a sudar sin que les haya atacado ningún virus.

Cuando se desencadenó en Asia el último brote de gripe aviar, los científicos nos avisaron: es cuestión de tiempo –dos años, cuatro, diez– que se produzca una epidemia de gripe que sea casi universal y para la que inicialmente no estaremos preparados. No será el fin del mundo aunque obligará a adoptar medidas sin precedentes. Y no, no será como la ‘gripe española’ que mató a decenas de millones de personas en una época, la Primera Guerra Mundial, en la que las condiciones de vida de soldados y civiles eran atroces.

Pasada la alarma, mucha gente llegó a la conclusión de que todo se trataba de una crisis inflada para ocultar otros problemas, aumentar los beneficios de las empresas farmacéuticas y, lo que se dice en estos casos, vender más periódicos. Gran error.

Ahora sufrimos otra crisis y el miedo vuelve a florecer. Los científicos utilizan con extremo cuidado conceptos cuya influencia no pueden controlar. Los ciudadanos piden más información y se enfrentan a otra paradoja: cuantos más datos asimilan, más ansiedad sufren. Es otro ejemplo de cómo las cifras, aparentemente frías e irrebatibles, ocultan la realidad y la deforman. Si los afectados son tantos y en tantos países, ¿cómo es posible que el problema no se haya solucionado ya? En este mundo tan avanzado y en el que el desarrollo científico no conoce límites (esto último es falso pero se repite con frecuencia), ¿por qué morimos de enfermedades que deberían tener cura? En definitiva, ¿por qué tenemos que morir?

No todos aceptan con facilidad los avisos de los científicos. No existe vacuna para un tipo de gripe que aún no conocemos, y aún menos para las que vendrán. Los médicos no tienen todas las respuestas a nuestras preguntas, o no las tienen todavía. Las medidas radicales son contraproducentes. No se puede declarar en cuarentena todo un país, sobre todo si la medida llega con retraso, porque nadie podía prever exactamente esta situación hace seis meses.

A eso se une la falta de credibilidad de muchos gobiernos, sobre todo en países como México, y las limitaciones de sus sistemas sanitarios.

Es cierto que los medios de comunicación (incluidos los de Internet) tienden a sobreactuar en las situaciones de emergencia y casi todos los gobiernos suelen hacerlo en las grandes crisis sanitarias. No hay nada peor que ser testigo de una cuyos efectos podrían haberse atenuado.

Quizá tener siempre presentes los hechos básicos ayudaría a reducir la tensión. El más importante es que a día de hoy, el H1N1 ha demostrado una virulencia mínima: los muertos son muy pocos y están a una distancia astronómica de los que causa cada año la gripe común. Sin embargo, las imágenes generan una alarma incontrolable. La profusión de mascarillas, personal sanitario en los aeropuertos e incluso policías armados cerca de pasajeros asustados nos evoca imágenes de películas de trama catastrofista.

El impacto visual de las medidas de prevención origina la paradoja definitiva: nos tranquilizan porque revelan que las autoridades están preparadas y nos alarman porque no hacen prever nada bueno. Y lo peor que nos puede ocurrir es que el miedo o el fatalismo nos hagan olvidar que lavarnos las manos con frecuencia es la mejor forma de mantener a distancia al virus.

Iñigo Sáenz de Ugarte