Opinion · El mapa del mundo

Santo subito

El Comité Nobel no necesita pruebas ni argumentos. Su decisión de conceder a Barack Obama el Nobel de la Paz es una canonización laica pero con la misma loca pasión habitual en los procesos religiosos. Obama recibe el Nobel porque es Obama. Sin más.

No han pasado ni siquiera nueve meses desde que llegó a la Casa Blanca. En ese tiempo poco ha podido hacer. De hecho, lo que ha quedado patente es que el carisma y las ideas brillantes no siempre dan como resultado una política exitosa. A veces, los obstáculos pueden más que las mejores intenciones.

Los grandes conflictos continúan estando en la misma posición anterior al advenimiento de Obama. Ha reiterado el compromiso de EEUU con la guerra de Afganistán sin ninguna idea nueva que permita entrever el final de los combates. Ha presionado a Israel para que negocie la paz con los palestinos, pero hasta ahora Netanyahu ha neutralizado esos movimientos. Ha hablado en favor de un acuerdo internacional con el que luchar contra el calentamiento climático, y de momento lo único que hay son palabras.

Deberían haberle entregado hace tiempo el Premio Nobel de los Discursos. Para conseguir el de la Paz, tendría que haber hecho algo más. Los integrantes del Comité Nobel han obviado este requisito básico y se han comportado como un club de fans. Al menos, podrán hacerse una foto con Obama. Eso ya lo tienen ganado.

Íñigo Sáenz de Ugarte, corresponsal en Londres