La magia de Merkel ya no funciona

El mapa del mundo

Nadie duda de que la principal virtud política de Angela Merkel siempre ha sido su brillante manejo de las artes maquiavélicas de la lucha del poder. La hija de un sacerdote tiene el mérito de haberse erigido en la líder indiscutible de un partido conservador que siempre había sido dominado por hombres y en el que las mujeres representaban poco más que un guiño a la modernidad. Tras el fin traumático de la era Kohl en 1998, los posibles delfines prefirieron dejar el campo a esa mujer de Alemania del Este.

Desde entonces, el principal objetivo de Merkel ha consistido en manifestar su poder absoluto en la CDU, eliminando uno por uno a sus potenciales rivales. Primero fue la defenestración del rey de Baviera Edmund Stoiber, jefe de la CSU, el partido hermanado con la CDU de Merkel.

Tras la victoria electoral en septiembre pasado, traspasó a Karl-Theodor zu Guttenberg, la joven y flamante estrella del campo conservador, al Ministerio de Defensa, una cartera donde es muy difícil hacer méritos pero que está lleno de trampas, y más con la impopular guerra en Afganistán.

Otras víctimas eran los poderosos barones regionales. El primer ministro de Hesse, Roland Koch, acaba de tirar la toalla y se retira de la política. La inesperada dimisión del presidente Horst Köhler hace un mes, le brindó la oportunidad de deshacerse de Christian Wulff, primer ministro de Baja Sajonia, con una patada hacia arriba. La victoria por los pelos de Wulff ha dañado seriamente la autoridad de la canciller.

Hace tiempo que la magia de Merkel ya no funciona. Ante las cruciales elecciones en Renania del Norte Westfalia en mayo, optó por la indefinición, aparcó las reformas e incluso puso en peligro el rescate europeo de Grecia por miedo a perder. Y perdió no sólo el Gobierno regional sino también su mayoría en la Cámara Alta.

Para recuperar el liderazgo, Merkel decidió encabezar el nuevo rumbo de los recortes sociales. Con esta movida no sólo contrarió a sus aliados en Europa y Washington. Sus socios liberales en el Gobierno tuvieron que aceptar que su principal –por no decir único– reclamo electoral, la bajada de impuestos, se fue al basurero.

Muchos alemanes –también dentro de la CDU– se preguntan hace tiempo qué programa político quiere vender la jefa del Gobierno. Wulff, de alguna manera, era un símbolo de esa estrategia vacía de contenidos. Tras la debacle de ayer, Merkel se ha quedado más sola que nunca y parece que la coalición tiene los días contados.

Thilo Schäfer