Un contable, un secuestro exprés y Silvio Berlusconi

Opinión

Giuseppe Spinelli. Reuters

Cada vez que necesitaban algo llamaban a Spinelli. Dinero en efectivo, pagar una factura o hasta el alquiler de sus pisos en el número 65 de Via Olgettina. El contable llamaba a Papi, éste le daba el visto bueno y todo quedaba solucionado. Entregaba un sobre lleno de billetes y hasta la próxima. Cuando el efectivo no bastaba, Spinelli, raudo y veloz, ordenaba una transferencia.  En otras ocasiones, el contable, para calmar los ánimos, compraba 13 coches de lujo y los ponía a su nombre.

Ese ha sido durante años -y sigue siendo- el trabajo de Giuseppe Spinelli, tesorero personal de Silvio Berlusconi. El hombre ejercía de intermediario entre el drago y las jóvenes que frecuentaban las “fiestas elegantes” de Arcore. Las llenaba de lujo y comodidades y así compraba su silencio. De ahí que juegue un papel clave en la investigación por el caso Ruby, el affaire en el que Il Cavaliere está imputado por abuso de poder y prostitución de menores.

Los fiscales de Milán intentaron por activa y por pasiva que el Parlamento les diera permiso para registrar sus oficinas. El blindaje que la Cámara proporcionó a Berlusconi era tal que nunca lo consiguieron. Pero Spinelli tenía un punto flaco.

Esta mañana, los medios italianos se despertaban con una noticia de impacto. El contable y su mujer sufrieron un secuestro exprés en su propia casa el pasado 15 de octubre. Un grupo de seis hombres entraron en la vivienda y amenazaron a punta de pistola a la pareja exigiéndoles 35 millones de euros de Berlusconi.

Lo curioso del caso no es que se los pidieran a cambio de no acribillarlos a balazos. Ofrecían un informe con el que supuestamente Il Cavaliere conseguiría que el Tribunal Supremo anulara la indemnización de 560 millones de euros  que tuvo que abonarle en el verano de 2011 al empresario Carlo de Benedetti por haberle birlado la editorial Mondadori.

La defensa de Berlusconi en el caso Mondadori fue derrotada en dos ocasiones.  En primera instancia, el exmandatario fue condenado a pagar 750 millones de euros. Ante el tribunal de Apelación consiguió una rebaja hasta esos 560 millones de euros pero los fiscales daban por probados los sobornos que pagó Il Cavaliere a través de Finninvest para devorar la editorial y mandaron a la cárcel a algunos de sus más estrechos colaboradores.

Berlusconi.Reuters
Silvio Berlusconi. Reuters

Resulta extraño que un informe vaya a salvarle la cara en el Supremo. Tanto como que Spinelli tardara más de un día en denunciar el mal trago y que la noticia salga a la luz ahora, con Mediaset navegando a duras penas en la tormenta financiera.

De momento, los sospechosos ya han sido detenidos. Se trata de tres italianos y tres albaneses con un amplio historial delictivo. Según la declaración del propio Spinelli a los fiscales, los secuestradores le contaron una historia demasiado rocambolesca incluso para la fábrica de bulos berlusconiana.

Por una parte, los captores aseguraban tener documentos que probaban que el presidente del Parlamento y archirrival de Berlusconi, Gianfranco Fini, convenció en una cena a los magistrados de que debían condenar a Il Cavaliere. Por otra,  que tenían un archivo de vídeo de siete horas con información que pondría en apuros a De Benedetti.

Spinelli, mientras era encañonado, les dijo por teléfono a Berlusconi y a su abogado de cabecera, Niccolò Ghedini,  que merecía la pena pagar por ello.

“Evidentemente, Berlusconi, que me conoce de toda la vida y que sabe que yo no me permitiría el lujo de insistir tanto, se quedó un poco perplejo y me dijo que le pediría al abogado Ghedini que se pusiera en contacto conmigo”. Según el contable, Ghedini nunca le llamó.

Pero los fiscales empiezan a preguntarse si Berlusconi pagó. Ya sean  los 35 millones, un 6% de los 560 de De Benedetti, u otra cifra.  “Aquí lo único que está claro es que Spinelli pasó una mala noche”, dijo Ghedini esta mañana a los periodistas.

Barbara Guerra, modelo, vedette, bailarina de Arcore y receptora de los sobres, coches y alquileres de Spinelli, parecía sufrir un poco más por la suerte del contable: “Pobre Spinellino, tesoro mío”. Y tanto.

Ella y otras jóvenes reconocieron en la última vista del juicio por el caso Ruby seguir cobrando de Il Cavaliere. Es una sana costumbre de Berlusconi la de pagar a sus testigos. Así ninguno se equivoca delante del juez. Pero esa es otra historia.

Daniel del Pino