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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

El nuevo plan comienza con un viejo comodín

03 abr 2009
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Todos los expertos en Afganistán y en lucha contrainsurgencia coinciden en que el destino de esa guerra ya no se juega tanto en el Hindu Kush como en Pakistán. Algunos incluso sospechan que este último país lleva camino de convertirse en un Estado fracasado, despedazado por un cóctel de efectos letales: un Ejército todopoderoso, unos partidos dirigidos por políticos incompetentes, una minoría islamista fanatizada y varias décadas de retraso económico y cultural.

Y sin embargo, Barack Obama presentó su nuevo plan para ganar esa guerra con el recurso al comodín de costumbre: la carta de Bin Laden. Dos meses después de la salida de Bush de la Casa Blanca, hemos vuelto a escuchar a un presidente de EEUU decir a sus compatriotas que Al Qaeda pretende atacar en suelo norteamericano, y que puede hacerlo en cualquier momento si Occidente abandona a su suerte a Afganistán.

Resulta poco realista aspirar a que en poco tiempo EEUU cambie por completo una estrategia que ha fracasado. Tampoco se puede creer que un simple discurso tenga efectos inmediatos. Pero lo cierto es que el mensaje de Obama es casi más llamativo por lo que no dice que por la lista mencionada de tareas pendientes.

Más tropas extranjeras y más policías y soldados afganos son recetas que podría haber aplicado Bush. Enviar también expertos civiles en reconstrucción económica es una idea inteligente, pero –como se vio en Irak– se antoja irrealizable en un escenario de violencia. No limitarse a financiar al Ejército paquistaní y ayudar a la economía de ese país es imprescindible, y es algo que no ha hecho EEUU en esta década, aunque el retraso es tal que los beneficios tardarán muchos años en producirse en un país que, por ejemplo, tiene un 46% de analfabetos.

¿Qué tiene que ver Osama bin Laden en este panorama? No mucho. La Al Qaeda original, la que planeó y ejecutó el 11-S, ha sido probablemente erradicada. Su influencia en Pakistán y Afganistán es escasa por innecesaria. Los talibanes de los dos lados de la frontera son la principal amenaza y resulta improbable que tengan interés en continuar con la idea de yihad global que extendió Bin Laden. Su objetivo es derrocar a los gobiernos de Kabul e Islamabad. Pueden rentabilizar el suministro de mártires suicidas frente a objetivos mucho más cercanos a sus casas.

Obama dijo que Al Qaeda es “un cáncer que puede matar a Pakistán desde dentro”. En realidad, el virus es autóctono y por eso más peligroso. Ha crecido durante años con la complicidad del Ejército y los servicios de inteligencia locales. Romper esa alianza de conveniencia es imposible si continúa vivo el pensamiento estratégico de los militares paquistaníes, para los que India es el gran enemigo contra el que también se combate en el patio trasero afgano. Acabar con la hostilidad histórica entre India y Pakistán sería la mejor medicina, y sólo EEUU está en condiciones de recetarla, aunque Obama sólo hizo una referencia de pasada en su discurso. De otra manera, los militares se mantendrán en su idea de que a largo plazo los talibanes pastunes son su único aliado de garantías al otro lado de la frontera.

Las soluciones para Obama escasean. EEUU no tiene en Afganistán o Pakistán los aliados locales que en Irak fueron básicos para cambiar el curso de la guerra. Los líderes tribales tradicionales han sido eliminados en los últimos años por los yihadistas paquistaníes. La corrupción en Afganistán alcanza dimensiones espectaculares, y Washington ni confía en Karzai ni tiene una alternativa creíble para sustituirlo.

La idea de estrategia de salida, de la que se habló antes del discurso, es una quimera en la situación actual. Las nuevas (o viejas) ideas de Obama pueden necesitar hasta diez años para obtener resultados. Quizá sea inevitable pero los gobiernos europeos deben ser conscientes de ello cuando le den el sí a Obama.

Iñigo Sáenz de Ugarte

El cerco a la impunidad y la invasión de La Haya

05 mar 2009
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LUÍS MATÍAS LÓPEZ

Es una magnífica noticia, por muchas chispas que levante en el mundo árabe y aunque pueda tener repercusiones negativas en la guerra civil y la desastrosa situación humanitaria en Sudán. Tal como evoca la orden del Gobierno de Jartum, conocida ayer mismo, de que Médicos sin Fronteras abandone Darfur, escenario de las matanzas y atrocidades que, al menos en teoría, pueden sentar en el banquillo a Omar al Bashir.

Lástima que el fiscal de la Corte Penal Internacional (CPI), Luis Moreno Ocampo, no haya logrado que la orden de detención incluya la acusación de genocidio, pero las imputaciones de crímenes de guerra y contra la humanidad convierten en un proscrito al presidente sudanés, máximo responsable (habrá que decir presunto) de centenares de miles de muertos y millones de desplazados.

El estatuto de la CPI, aprobado en Roma en 1998, permite actuar al tribunal incluso cuando no haya garantías de que se hará justicia en el país en el que se cometieron los crímenes. Al Bashir tendrá que andarse con pies de plomo antes de salir de su país, si no quiere terminar entre rejas, como el liberiano Charles Taylor o el serbio Slobodan Milosevic.

Es un paso importante, que se une a los esfuerzos de los tribunales internacionales especiales (Ruanda, Yugoslavia, Camboya…) para poner cerco a la impunidad, pero el camino será largo y espinoso. Desde Moscú se hablaba ayer de un “precedente peligroso”, nada extraño al no ser Rusia uno de los 108 países (incluidos todos los de la Unión Europea) que han suscrito el Estatuto de la CPI.

El siniestro frente de rechazo tiene como socios destacados a China, India, Pakistán, Israel (cuyos dirigentes están en el punto de mira del fiscal Ocampo por los excesos en la reciente invasión a Gaza) y Estados Unidos. Bill Clinton firmó el estatuto del tribunal, pero George Bush lo desfirmó. Incluso promovió la vergonzosa ley de invasión de La Haya, que legitimaría un ataque a la ciudad holandesa para rescatar a cualquier militar norteamericano acusado y encarcelado por la Corte.

¿Un chiste? Ojalá, pero lo segundo que debería hacer Barack Obama sería abolirla. Como jurista, debería repugnarle. ¿Y lo primero? Adherirse a la CPI.

Electoralismo y demagogia en un país torturado

18 nov 2008
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Muy desesperado ha de estar Hamid Karzai para ofrecerle salvoconducto y diálogo al mulá Omar, en desafío a la doctrina del Pentágono, reiterada el mes pasado, de que el fugitivo líder talibán no puede tener papel ninguno en un hipotético proceso de reconciliación nacional en Afganistán.

Karzai es plenamente consciente de que su vida política (incluso la física) pende del hilo de respiración asistida que le dan sus padrinos exteriores. Todo el país sobrevive gracias a los cuidados intensivos de la intervención extranjera, pero su Ejército y sus instituciones siguen en estado de coma.

En cambio, los talibanes recuperan la salud por momentos. Hace cuatro días, el principal portavoz talibán, Zabihullah Mujahid, se permitió mantener durante casi una hora una entrevista con la BBC, hablando por teléfono satelital desde un lugar secreto, en la que incluso respondió sosegadamente a las preguntas de los oyentes del World Service.

Mujahid aseguró que la insurgencia talibán controla más de la mitad del territorio de Afganistán, y hasta hizo demagogia, alardeando de que en las áreas bajo su dominio ya no impera la barbarie integrista del régimen anterior. Si hemos de creerle, ya no decapitan ni mutilan a los reos, e incluso educan a las niñas.

Un electoralismo similar es el que motiva ahora a Karzai, sabedor de que las presidenciales del próximo otoño pueden marcar el final de su carrera, tras haber fracasado en la misión de hacer que sus compatriotas conocieran la paz. Su gesto no va dirigido al mulá Omar, sino a los afganos decepcionados por la evidente corrupción e ineficacia del Gobierno de Kabul.

Lo único que salva a Karzai (además de 70.000 soldados extranjeros) es que no tiene recambio. Nadie en ese torturado país podría sustituirle. Un logro demasiado exiguo para merecer nuestro apoyo.

Carlos Enrique Bayo

Un monstruo llamado Talibanistán

11 nov 2007
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La peor pesadilla de Estados Unidos se ha cumplido. Un país que cuenta con un arsenal nuclear está dirigido por un dictador cuya única prioridad es mantenerse en el poder. Está dispuesto a encarcelar a cualquiera que ose cuestionar su poder y alberga intenciones hostiles sobre su vecino. El Ejército es un gigante con pies de barro y corre el riesgo de desmoronarse ante una insurgencia yihadista similar a la de los talibanes. Es probable que en algún lugar de ese país se encuentre escondido Osama Bin Laden y lo que quede de la plana mayor de Al Qaeda.

Ese país no es Irak ni Irán. Se llama Pakistán y nunca como hasta ahora había preocupado tanto a los Gobiernos occidentales. La declaración del estado de emergencia –una ley marcial encubierta– esconde una realidad mucho más preocupante. Lo peor no es lo que ha ocurrido sino lo que está por ocurrir.

Para estar a tono con los mensajes habituales en Washington a cuenta de la “guerra contra el terrorismo”, el general Musharraf ha dicho a sus compatriotas y a sus aliados que el autogolpe era imprescindible para hacer frente a los violentos grupos yihadistas que desafían la estabilidad del país. Sin embargo, los que se han llevado hasta ahora los palos y han acabado en celdas han sido los abogados de chaqueta y corbata que defienden la Constitución.

Más al norte, en las zonas fronterizas con Afganistán, la ley marcial no ha tenido ninguna repercusión. Y no es que el Ejército no esté necesitado de ayuda. Allí, por primera vez en su historia, los militares parecen estar en el bando perdedor.
Los medios de comunicación especializados de la India ya están diciendo en voz alta lo mismo que los políticos occidentales dejan escapar en unas pocas frases y de forma confidencial.

El Ejército paquistaní está cerca del colapso. 92.000 soldados enviados a las zonas tribales se muestran impotentes ante un enemigo al que superan en número y armamento. Centenares de soldados han desertado, algo inaudito en una institución que se precia de ser la única que está en condiciones de sostener al país. Otros se han rendido ante fuerzas inferiores. La vergüenza es tan grande que Musharraf ha llegado a decir que los soldados liberados tras un intercambio de rehenes con la insurgencia serán procesados por alta traición.

Todo ello ha ocurrido en la Provincia de la Frontera del Noroeste. Con este poco inspirado nombre se conoce desde hace un siglo a la región fronteriza de Pakistán con Afganistán. En 1901 el virrey británico, Lord Curzon, se desplazó a Peshawar con la intención de poner fin a un error histórico. La protección del imperio en la India había obligado a emprender dos guerras afganas, con su inevitable cuota de heroicas derrotas. Los acuerdos con el rey de Afganistán habían permitido asegurar ese frente y trazar una línea divisoria, y los británicos no ganaban nada inmiscuyéndose en los asuntos de las tribus pastunes de la frontera.

La formación de la provincia tenía como principal objetivo permitir a esos bárbaros –porque así los veían los británicos– que siguieran ocupándose de sus propios asuntos.

Cuando Pakistán obtuvo su independencia en 1947 hubo que hacer algunos ajustes, pero en lo básico las condiciones de no intervención aceptadas por Curzon continuaron en vigor. El Estado paquistaní mantenía una presencia formal, pero la autoridad en muchos asuntos jurídicos y económicos residía en los códigos tribales. Todo eso empezó a cambiar en el 2002 cuando las tropas paquistaníes, con o sin asesores norteamericanos, empezaron a hacerse ver en la zona.

La lucha contra Al Qaeda y la progresiva talibanización de la zona han terminado por tragarse la autoridad del Ejército paquistaní. Su eficacia no ha ido a la zaga. En los últimos años, EEUU ha entregado 10.000 millones de dólares a Pakistán y, según cálculos independientes, el 60% de ese dinero ha ido directamente a las arcas del Ejército. La última y fracasada campaña contra la insurgencia ha sido costeada por el contribuyente norteamericano. Quién iba a decir a EEUU que estaba financiando a un tullido.

Los yihadistas han impuesto su control sobre el valle del Swat, una zona turística que cuenta con la única estación de esquí del país. En el colmo de la ofensa, han arriado la bandera de Pakistán e izado la de su movimiento. A lomos de un caballo negro, literalmente, su líder, Mullah Fazlullah, impone una visión teocrática que enorgullecería a los talibanes.

El Estado ha pedido su credibilidad en la provincia hasta niveles difíciles de creer. Algunas tropas han llegado a recibir la escolta de talibanes afganos que les protegían de los ataques de los grupos yihadistas locales.

Antes se podía decir que Afganistán estaba contaminando a toda Asia central. Ahora es más correcto decir que el virus es Pakistán.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Pactar con el diablo

21 oct 2007
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El ministro de Interior de Pakistán estaba absolutamente encantado cuando recibió las noticias procedentes de Kandahar. Corría el año 1994 y casi nadie había oído hablar de los talibanes. El general retirado Naseerula Babar tenía más información que la que se disponía en Washington o en Kabul. Sabía que un grupo de antiguos muyahidines de la guerra contra la URSS habían conseguido en sólo dos semanas hacerse con el control de la segunda ciudad de Afganistán. Muchos se preguntaban de dónde habían salido estos milicianos que tomaban el nombre de los estudiantes de las escuelas religiosas.

El ministro Babar estaba al tanto de todo. Los nuevos amos de Kandahar, que dos años después lo serían de todo el país, estaban en condiciones de cumplir las promesas hechas al Gobierno paquistaní presidido por una mujer llamada Benazir Bhutto. Por eso, Babar alardeaba en privado ante los periodistas de la repentina irrupción de “nuestros muchachos”.

23 años después, la semilla plantada entonces ha estallado a pocos metros del camión que transportaba a Bhutto por las calles de Karachi en su vuelta triunfal a Pakistán. La ex primera ministra cree saber quién está detrás de la explosión que mató a 136 personas. La lista de sospechosos no es corta. La integran Al Qaeda, los talibanes, los grupos extremistas paquistaníes o los propios servicios de inteligencia (ISI).

En los años noventa, Bhutto, el Ejército y el ISI formaban los tres vértices del triángulo del poder en Pakistán. Ninguno se fiaba del otro, pero todos coincidían en algo. El Estado necesitaba extender su influencia en un Afganistán dominado por milicias y con un Gobierno en el que Islamabad no confiaba. Estaba en juego un gasoducto, el comercio con Asia Central y la integridad de Pakistán. La gran recompensa era el proyecto de gasoducto que podía llevar a Pakistán y la India el gas del yacimiento de Dauletabad, en el sur de Turkmenistán. Tenía que atravesar el sur y el este de Afganistán, agujereado por una pléyade de señores de la guerra que tenían la costumbre de instalar decenas de aduanas en las carreteras. Sin una autoridad central, la idea era una quimera.

Toda esa zona había formado parte de la mítica Ruta de la Seda, aunque ahora ya no era otra cosa que la mayor autopista de contrabando del mundo. La mafia del transporte de la ciudad paquistaní de Quetta estaba harta de que sus miles de camiones fueran extorsionados por los señores de la guerra. Bhutto y Babar tenían la solución. Enviaron un cebo, un convoy de camiones con 80 conductores, todos ellos ex militares, y un coronel del ISI. Cuando los vehículos fueron detenidos en Kandahar, los talibanes –que ya habían tomado la localidad fronteriza de Spin Boldak gracias al dinero de los transportistas paquistaníes– entraron en acción.

Tanto Babar como la mafia de Quetta tenían lo que querían. Los camiones pagaban una única tasa de 150 dólares para viajar desde Peshawar, en Pakistán, hasta Kabul. El Gobierno de Bhutto contaba con un aliado prometedor. Entregó a los talibanes armas, munición y combustible, y hasta permitió que soldados paquistaníes combatieran al otro lado de la frontera. Su objetivo: instalar en Kabul un Gobierno fuerte dominado por pastunes.

Pakistán siempre ha mirado con preocupación hacia su vecino del oeste. La Línea Durand, impuesta en 1893 a lo largo de 2.640 kilómetros por los británicos para separar el reino afgano de la India, se convirtió después en la frontera entre Pakistán y Afganistán. El pueblo pastún quedó cortado por la mitad. Cualquier proceso de disgregación de Afganistán, como el que asomaba en aquellos años de caos responsabilidad de muyahidines reciclados en la delincuencia común, proyecta malos augurios sobre Islamabad. Los pastunes de los dos lados podrían encontrar un punto en común que pusiera en peligro la integridad de Pakistán.

El historiador francés Olivier Roy no se equivocaba cuando apuntó que “Pakistán podría pagar muy caro su éxito en Afganistán”. Así ha sido. Pensaron que podían controlar y moderar a los talibanes, y lo que ocurrió fue lo contrario. Los seguidores del mulá Omar conocían muy bien la sociedad paquistaní. En sus años del exilio, habían tendido puentes con los sectores más radicales del país vecino, reclutado adeptos en sus madrasas y finalmente talibanizado Pakistán.

Bhutto dice que puede ser la mejor aliada de Occidente en la guerra contra Al Qaeda. Es cierto que el régimen autoritario de Musharraf ha tenido éxito en su alianza con EEUU y ha fracasado por completo en su propio país. El partido de Bhutto es el único movimiento de masas en Pakistán que puede hacer frente a la marea yihadista que, de forma inconsciente, ella y su general Babar alentaron en 1994.

Confiemos en que esta vez Bhutto haya aprendido la lección.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Atrapados en Afganistán

07 oct 2007
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Los máximos dirigentes de la Unión Soviética escuchan preocupados las palabras del jefe del KGB, Yuri Andropov. Es el 17 de marzo de 1979 y el Politburó tiene sobre la mesa un asunto en el que todas las opciones son malas. Uno de sus aliados, el Gobierno de Afganistán se tambalea. En la ciudad de Herat, los muyahidines de Ismaíl Khan han eliminado a una decena de asesores soviéticos y a sus esposas e hijos. La respuesta de Moscú es espeluznante. La aviación arrasa la ciudad. Los muertos se cuentan por miles.

Andropov, la persona que mejor información tiene sobre el estado del país y de sus satélites, es rotundo: “Está completamente claro que Afganistán no está preparada en este momento para resolver todos los problemas a través del socialismo. La economía está atrasada, predomina la religión islámica y casi toda la población rural es analfabeta. Conocemos las lecciones de Lenin sobre las situaciones revolucionarias. Con independencia de lo que sea que esté ocurriendo en Afganistán, está claro que no estamos ante ese tipo de situación”.

La revolución puede esperar, pero el imperio ruso tiene otras prioridades. Nueve meses después, la URSS invade Afganistán.

Casi 30 años después, hay tantas cosas que han cambiado que las comparaciones pueden resultar ridículas. Pero hay otras realidades que llaman la atención. Afganistán continúa sin estar preparada para el destino que se espera de ella. El Gobierno en Kabul no está en condiciones de imponer su autoridad sobre todo el país. Existe una insurgencia capaz de las mayores atrocidades, pero que despierta el apoyo de los que pertenecen a su misma comunidad étnica. Y hay una gran potencia extranjera que no es capaz de escribir el capítulo final de una guerra que, con distintos protagonistas, se ha prolongado durante décadas.

La guerra de Afganistán acaba de entrar en su sexto año. Pocos pensaron que duraría tanto tiempo. Este año está siendo el más sangriento desde el comienzo de las hostilidades. Ya lo fue el 2006 y el 2007 está siendo peor. Según un informe de la oficina en Kabul de la ONU, ha habido una media de 525 “incidentes de seguridad” mensuales (atentados, asesinatos, secuestros…) en el primer semestre. La media de todo el 2006 fue de 425. Han muerto 188 militares extranjeros. En todo el 2006, murieron 191.

Los talibanes han cambiado de estrategia. Ya no intentan grandes ofensivas que sólo conducen a la aniquilación de sus hombres. La guerra de Irak les ha dado ejemplos muy valiosos. Atacan a los militares y policías afganos con coches bomba y atentados indiscriminados. Cuando las tropas extranjeras estrechan el cerco en una provincia, se retiran y ejercen su presión sobre otra. Es un juego del gato y del ratón que se puede prolongar durante años.

Como dicen los manuales, cualquier fuerza insurgente gana cuando no pierde. Y el Ejército pierde cuando no gana. Ya lo decía el director de la CIA, William Casey, en los años ochenta cuando observaba entusiasmado las cifras de bajas del Ejército soviético en Afganistán: “Se necesitan muchas menos personas y armas para poner un Gobierno a la defensiva que para protegerlo”.

El propio alto mando militar de la OTAN y su secretario general admiten que no hay una solución militar. La alternativa es la reconstrucción y el desarrollo, dignos objetivos difíciles de alcanzar en un país en guerra, que es además el mayor productor de opio del mundo.

Mientras todo esto ocurre, en España Afganistán es sólo una pieza más en el juego político. El Gobierno se niega a utilizar la palabra “guerra” para describir una situación típicamente bélica y sólo habla de “terrorismo”, como si eso fuera un alivio. El único objetivo del PP es precisamente que los socialistas empleen el término maldito con la intención de que quede así absuelta la alianza de Aznar con los neocon. Olvidan que el origen de la guerra de Irak fue un cúmulo de mentiras y propaganda. La guerra de Afganistán comenzó con el asesinato de 3.000 personas en Nueva York y Washington. Nuestros aprendices del imperio ni siquiera son capaces de apreciar la diferencia.

La opinión pública se merece que Gobierno y oposición tracen una estrategia –consensuada si es posible– sobre la misión de las tropas españolas en Afganistán. No podemos volver a los tiempos en que ministros como Trillo y Bono hicieron lo posible para ocultar los riesgos reales que nuestros soldados afrontaban en Irak y Afganistán.

Cuando José Antonio Alonso asumió la cartera de Defensa, de inmediato se notó un cambio en el mensaje. Se acabaron las referencias a las “zonas hortofrutícolas” o a “misiones humanitarias”. Hubo un intento por presentar la realidad tal y como es, sin esconder que el conflicto dista mucho de estar solucionado.

Eso ya no es suficiente. El Gobierno está obligado a explicar a la opinión pública por qué es necesario que las tropas continúen allí. No es imposible. Sólo tiene que recordar los trenes de Atocha, porque el 11-M no habría ocurrido si Osama bin Laden no hubiera tenido la oportunidad de lanzar desde Afganistán un mensaje que aún se oye en medio mundo. Al Qaeda dista mucho de estar derrotada.

Los que mandan deben también explicar cuál es la estrategia de victoria. La OTAN aún no la tiene. Cada año que pasa el número de víctimas aumenta, incluidas las de civiles aniquilados por los bombardeos norteamericanos, y también crece la influencia de la droga en la economía afgana.

Si no estamos dispuestos a poner más soldados, si no destinamos a ese país el dinero que necesita para su reconstrucción –lo que no estamos haciendo–, si no conseguimos impedir que los aviones de la OTAN dejen de ser una amenaza para la población civil, entonces habrá que pensar en la retirada de las tropas. Porque a partir de ese momento, nuestros soldados no serán ya parte de la solución, sino del problema. La misma situación en la que han terminado atrapadas las tropas de EEUU en Irak.

Iñigo Sáenz de Ugarte