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El mapa del mundo

“En época de mentiras, contar la verdad se convierte en un acto revolucionario” (George Orwell)

Los chinos no son tan fáciles de engañar

25 ene 2009
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El cierre de Guantánamo, la ilegalización de la tortura y el castigo israelí a Gaza han monopolizado la atención del equipo de política exterior de Obama. Pero además de todos esos conflictos, lo cierto es que la Administración ha abierto un nuevo frente que no ha recibido tanta atención al menos de momento. Es un aviso al otro gran imperio del mundo.

El secretario del Tesoro, Tim Geithner, eligió la vía de las respuestas por escrito a las preguntas de los senadores que debaten su confirmación en el cargo para lanzar la bomba. Anunció que Obama cree que “China está manipulando su divisa”. No llegó a decir que lo estuviera haciendo de forma intencionada para favorecer a sus exportaciones, pero cualquiera se habrá preguntado: ¿es que hay otra manera de hacerlo?

Quizá sea sólo un amago. En unos meses, la Casa Blanca tiene que informar al Congreso y si convierte esa sospecha en una denuncia confirmada, está obligada a poner en marcha una confrontación que podría terminar en la adopción de sanciones.

Curiosamente, la Administración de Bush también inició sus días en el poder en 2001 con la intención de hacer frente con más decisión al creciente poder chino. Educados en los viejos tiempos de rivalidad con la URSS, los altos cargos de Bush creían ver en China una réplica del viejo enemigo. La retórica se vio primero confirmada y luego superada por la realidad. Dos meses después del estreno de Bush, un avión espía norteamericano fue interceptado y obligado a aterrizar en territorio chino. Pekín impuso las condiciones para la liberación de la tripulación y Washington se dio cuenta de que las amenazas no iban a hacer mella en el nuevo imperio oriental.

Hay algo de brindis al sol y de ironía no intencionada en las palabras de Geithner. Como es de rigor en la política de su país, el jefe del Tesoro ha dicho que el nuevo Gobierno asumirá como mandato una política en pro de un dólar fuerte. A menos que los rezos y el ayuno sean los instrumentos elegidos, hay que suponer que el Gobierno tendrá que recurrir a algún tipo de “manipulación” para obtener ese fin.

Y si a EEUU el prestigio le empuja a un dólar fuerte, en China ocurre lo contrario: el yuan débil beneficia su reputación de economía exportadora. Los chinos además no son inmunes al diálogo: desde 2005 el yuan se ha apreciado un 15%.

Tanto en el Senado como en su campaña electoral, Obama se colocó en el bando de los legisladores favorables a que Washington ate en corto la osadía exportadora de China. Claro que por entonces esa clase de gestos le salía gratis. Es más, le permitía ganar puntos entre sindicatos y empresas exportadoras.

Ya en la Casa Blanca, las opciones se reducen. Una guerra comercial en mitad de una recesión no sería una estrategia muy inteligente. En especial, porque a finales del año pasado China era ya el país del mundo que más bonos del Tesoro norteamericano tenía en su poder, en concreto por una cantidad superior a la espectacular cifra de 585.000 millones de dólares. La gigantesca deuda de EEUU se financia en buena parte gracias a los bolsillos de esos mismos chinos que tan hábiles son al “manipular” su divisa.

De ahí que periódicamente las amenazas vuelen en sentido contrario. Algunos dirigentes chinos han alertado en el pasado que si tuvieran que gastar dólares a gran escala para contrarrestar una hipotética revalorización excesiva del yuan, el valor de la moneda de EEUU como gran divisa del planeta se vería comprometido.

Aunque multitud de análisis estratégicos indican que EEUU y China están condenados a navegar en rumbo de colisión, a ambos les interesa impedir un enfrentamiento directo. Seguro que Obama tendrá la tentación, como otros presidentes, de adoptar una actitud exigente ante China. Pronto descubrirá que es mejor aconsejar a Geithner que no desenfunde tan rápido.

Iñigo Sáenz de Ugarte

La antorcha de la vergüenza

13 abr 2008
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Dos de las instituciones más secretistas y con un funcionamiento menos democrático en el mundo –el Gobierno chino y el COI– se han golpeado de bruces con la realidad. Vivimos en un planeta lo bastante pequeño como para que haya cada vez más gente que se preocupa, indigna o moviliza por sucesos que ocurren a miles de kilómetros. En definitiva, hay personas que se resisten a ser simplemente espectadores ante una pantalla de televisión.

Los Juegos Olímpicos son algo más que una serie de competiciones deportivas en las que participan los mejores en su especialidad. Sus propios organizadores los presentan como un acontecimiento que trasciende todas las divisiones sociales, culturales y económicas. El concepto que se repite constantemente es el de orgullo, uno de los sentimientos más difíciles de manejar.

La retórica nunca se queda corta. Cuando la antorcha de los Juegos de Atenas de 2004 pasó por la capital china en junio de ese año, el presidente del Comité Organizador de los JJOO de Pekín pronunció unas palabras premonitorias: “La llama olímpica sembrará las semillas de la paz, amistad y progreso en los corazones del pueblo chino”, dijo Liu Qi.

Había más semillas dentro de esa llama que China y el COI no llegaron a descubrir. Creían que el llamado “viaje de la armonía” iba a blanquear la tenebrosa reputación del Gobierno chino y al final ha ocurrido todo lo contrario. La antorcha se ha tornado en símbolo de la represión, en un objeto que sólo puede pasear por nuestras calles si es protegido por la máxima seguridad. Ahora más que nunca los aros olímpicos tienen forma de esposas, como aparecen en el cartel de Reporteros sin Fronteras.

Nada representa mejor este penoso recorrido que la imagen de los ya célebres guardianes del chándal, los policías chinos que forman una coraza en torno a la antorcha. Definidos por Sebastian Coe como “matones” y acusados de comportarse como amenazantes robots que gritaban órdenes a los policías locales y a los portadores de la llama, son en realidad miembros de la Policía Armada del Pueblo.

Este cuerpo policial, con 700.000 integrantes, tiene como principales misiones la protección de la frontera, la vigilancia de las embajadas en Pekín y la represión de los disturbios, como los que tuvieron lugar recientemente en el Tíbet y otras provincias chinas. Igual que si en los Juegos de 1980, hubieran sido agentes de KGB de aspecto patibulario los que protegieran el recorrido de la antorcha.

En las etapas pendientes del relevo, los responsables de seguridad ya saben que tendrán que adoptar medidas similares a las puestas en práctica en San Francisco. El alcalde admitió que la única manera de impedir disturbios incontrolables era cancelar el recorrido nada más comenzar y trasladar la antorcha de forma casi clandestina al punto de llegada.

Los chinos están orgullosos con razón por la elección de su capital para los Juegos Olímpicos. Los demás también podemos estarlo por la reacción popular contra el paseo de la llama a mayor gloria de la represión. Una vicepresidenta del COI llamada Gunilla Lindberg ha dicho que los que protestan contra la antorcha son algo parecido a terroristas o al menos a los manifestantes violentos de las cumbres del G-8. “Nunca nos rendiremos a la violencia”, ha dicho esta señora.

No es extraño que los jerarcas del COI muestren una ceguera tan pronunciada. Para ellos, la reciente condena a tres años y medio de prisión a Hu Jia –conocido por su participación en campañas para la lucha contra el sida y sus críticas a la falta de libertades– es un asunto interno en el que no debemos inmiscuirnos. Podría poner en peligro el negocio.

La opción de boicotear los Juegos Olímpicos no es justa ni con los deportistas ni con la población china, que tiene ahora la oportunidad de mostrar al mundo el nivel de su desarrollo como país. Ellos tienen tanto derecho a los Juegos como los españoles, británicos o norteamericanos. Pero cualquier contacto oficial con las autoridades chinas durante la celebración del acontecimiento nos convierte en cómplices de los carceleros de Hu Jia.

Vivimos en un mundo imperfecto en el que no podemos negar que existen regímenes despreciables con los que tenemos que mantener relaciones. Asistir a sus fiestas o elogiar sus logros es un paso más que no debemos dar. La asistencia de cualquier representante oficial español a las ceremonias de apertura y clausura de Pekín 2008 sería una forma de agasajar a las autoridades chinas y olvidar el destino de gente como Hu Jia.

La causa que protegen los guardaespaldas chinos es la que encarcela disidentes, ejecuta sin garantías a centenares de personas y responde con fuego real a manifestaciones. Si el COI ha decidido unir el símbolo de la antorcha olímpica a esa realidad, es su problema. Nosotros no estamos obligados a cometer el mismo error.

Iñigo Sáenz de Ugarte

Exilios íntimos

13 mar 2008
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Al calor de las Olimpiadas se vuelve a poner de moda hablar del Tíbet. El Gobierno chino contribuye a que sea una actividad cool: convierte a cineastas y cantantes en malditos; a los expedicionarios del Everest en perseguidos y a los turistas espirituales que acuden a sus templos en activistas holísticos. En medio de la desaparición de la identidad, la colonización demográfica y la violación de derechos humanos, las tibetanas pobres se refugian en los templos. Comen, aprenden a leer y escribir con los textos sagrados, hasta convertirse en monjas (dispuestas al martirio).

Si en vez de Buda hablaran de Mahoma, quizás perderían ese glamour del que ahora gozan en Occidente. En la versión laica, otras analfabetas, tan míseras como las primeras, acaban ejerciendo la prostitución. Cada vez son más. Según los expertos, se debe a la economía de mercado, que promueve la prosperidad de unos pocos (en su mayoría emigrantes chinos). Buscar otros empleos tampoco garantiza su bienestar.

Por ejemplo, entre las pruebas de selección, las aspirantes a un puesto de trabajo deben de pasar la “prueba de virginidad”. Con el tacto vaginal sus empleadores aseguran que su vida sexual no las alejará de sus labores. Las casadas reciben la visita periódica de oficiales, a las que deben demostrar que siguen menstruando, de lo contrario serán forzadas a abortar. Expulsadas de su cuerpo, no disponen de noble residencia ni de tumba digna. Involuntariamente, encarnan el destino de su país: se diluyen.

Martha Zein

Personaje del 2008: Hu Jintao

30 dic 2007
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Pidan al vecino del piso de abajo o a su compañero de trabajo el nombre del dirigente internacional más importante del planeta. La lista no será muy larga. Bush, Sarkozy, Ahmadineyad, Chávez…

Casi seguro que no aparecerá el hombre cuyas decisiones más han influido en los últimos meses en la vida de su interlocutor. Se llama Hu Jintao y dirige, sin ser emperador, los destinos del último gran imperio que ha entrado en la escena internacional: el imperio chino.

La celebración en 2008 de los Juegos Olímpicos de Pekín ayudará a despejar las dudas. Será el año de China, aunque en el fondo el 2007 también lo ha sido. La elección de Hu quizá sea la típica licencia que hay que tomarse al confeccionar la lista de los personajes del año.

En realidad, el personaje del 2007 y de años venideros es ese ciudadano chino de clase media, habitante de una ciudad en expansión, que está en condiciones de aspirar a lo inimaginable: gozar del mismo nivel de vida de europeos y norteamericanos.

Los recursos del planeta son limitados, así que no debe sorprendernos que el suministro del petróleo y los alimentos se haya visto afectado por la irrupción de centenares de millones de chinos en el mercado. Y además, necesitan casas, coches y otros bienes de consumo.

En el plano político, la influencia es más sutil, menos traumática y para nada irrelevante. Sin estar tan preocupados por amenazas como la de Al Qaeda que consumen a Occidente, China extiende sus lazos por medio mundo bajo un principio preocupante: hagamos negocios sin hacernos preguntas.

No es que la tendencia de colocar los derechos humanos en el centro del debate político –impuesta por europeos y norteamericanos en los años 90– haya sobrevivido a esa década, pero no es aventurado suponer que la desinhibida relación de China con las dictaduras del Tercer Mundo servirá para dejarla pronto obsoleta.

China necesita materias primas y mercados. No gana nada con impartir lecciones sobre un asunto –la libertad y la democracia– en el que tampoco tiene un expediente académico del que pueda presumir.

Hu ha sido reelegido este año al frente del Gobierno y del Partido Comunista Chino sin estridencias ni debates acalorados. El consenso de la élite parece ser el principal requisito del comportamiento de las autoridades del país. Su principal legitimidad no proviene de ningún texto revolucionario, sino del crecimiento económico. Lo primero provocaría algo peor que rechazo entre la población china: sopor.

Pero lo segundo es motivo de orgullo para los chinos. Convertirse en millonario es su gran aspiración, no luchar por la democracia. Eso es especialmente cierto en el caso de la juventud, que ha abandonado cualquier aspiración reformista. Hu y sus compañeros del Politburó lo tienen fácil. Sólo deben preocuparse por que los desequilibrios económicos que ya son evidentes no terminen por dañar las bases del sistema.

Muchos llevan años anunciando que Pekín fracasará en el intento. No se ve en el horizonte nada que lleve a pensar que esos malos presagios vayan a cumplirse. Ni ahora ni probablemente dentro de 12 meses.

Iñigo Sáenz de Ugarte

El destino de la presión es China

27 sep 2007
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Algunos gobernantes occidentales se apresuran a anunciar sanciones contra el régimen militar de Myanmar. Es el típico juego de las apariencias. Que parezca que estoy indignado. Todo es inútil. Si de verdad pretendemos presionar a una de las dictaduras más antiguas del planeta, el embajador chino en Madrid debería recibir una llamada de nuestro ministro de Exteriores.
Como todo imperio, China necesita mantener un flujo estable de materias primas para su industria y de mercados para sus productos. Todo lo demás, incluidos los derechos humanos en esos países clientes, es prescindible. Pekín protege a los militares birmanos porque rechaza por principio las injerencias en materia de derechos humanos. Por el principio de autoprotección. Hoy es Myanmar, mañana puede ser Tibet y al mes siguiente la propia China. Además, tal y como está haciendo en África, juega el papel de benefactor de muchas dictaduras: hagamos negocios juntos, pero sin hacernos preguntas.
Por primera vez en décadas, China es vulnerable a las presiones del exterior y la razón son los Juegos Olímpicos. Cada gobernante de EEUU y la Unión Europea que condene los sucesos de Myanmar debería escuchar estas preguntas en una conferencia de prensa. ¿Qué mensaje recibirá Pekín de su Gobierno en relación a las violaciones de derechos humanos en Myanmar? ¿Son más importantes las relaciones comerciales con Pekín que los crímenes de la dictadura birmana?

Iñigo Sáenz de Ugarte